Paris

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París

–La ville de la lumière et de l'amour–

I

El cielo es un lago espléndido. Las nubes aborregadas y los tonos cálidos del sol naciente mueven las aguas del inmenso azul. Los campos, tras la helada nocturna, lucen una tersa blanca piel. La emoción florece, pues todo forma parte de un regalo especial, de una nueva aventura: vuelvo a viajar para conocer, en esta ocasión, una tierra cercana pero nueva para mí, una tierra para enamorados a juzgar por los nombres con los que se la conoce –“la ciudad de la luz”, “la ciudad del amor”–: París.

El tren que vuela esta soleada mañana madrileña me lleva hasta el metro, donde me uniré a mi compañero de aventuras y amigo: Javi. Juntos, si a Dios le place, arribaremos al aeropuerto y volaremos hasta la capital de Francia, donde, previsiblemente, nos recibirá un mediodía regado por la famosa pluie.

Fina es la Providencia: para avivar la ilusión de este viaje, para ir metiéndome en el cuadro, me ha regalado dos vivaces pinceles franceses. Uno nuevo, melodioso, joven, volador: Mireille Mathieu, el ruiseñor de Avignon. El otro, ya lo conocía pero es siempre nuevo, asombrosamente nuevo: Christian Bobin, el lirio de Le Creusot –en tres abanicos de colores: Elogio de la nada, Negro claro y La más que viva, tres libros más profundos que esta Tierra, más sencillos que una brizna de hierba, tan bellos como una flor–. Estos dos fenómenos han ido haciéndome el paladar al sabor de Francia.

Ya en el avión, subimos alto por los cielos del mundo, pudiendo contemplar un mar espectacular de nubosas aguas blancas. Y aterrizamos…: ¡bajo la pluie!.

Una chica con uno de los nombres más bonitos del mundo hizo saltar por los aires el cartel que me habían mostrado, antes de viajar, apercibiéndome sobre la falta de amabilidad parisina: Victoria nos acoge, nos pega su sonrisa y nos entrega los billetes de tren y metro que necesitamos. ¡Estamos en casa!.

Desde el tren hacia el cogollo de la ciudad, observamos que los árboles han llorado prácticamente todas sus lágrimas de colores. Las casas de las afueras, aun tratándose de barrios modestos, infunden calidez, lucen hogareñas.

Tras algún que otro percance –“las cosas de Javi”–, llegamos a la urbe y al IX Distrito de París, a nuestro hotel, donde, nuevamente, es echada por tierra la advertida acritud de los lugareños. Un joven nos regala un cercano atendimiento –con generoso cambio de habitación a mejores vistas, por petición de mi camarada, incluido.

Recorremos los aledaños del hotel y, ya bajo la luz de las farolas, nos colamos por algunos de los típicos passages –con tiendas, restaurantes, cafés…– y decidimos cenar en un pequeña e infantilmente colorida pizzería, antes de lanzarnos a… la nuit de Paris!.

Poco a poco, calle a calle, bajo el paraguas donde la pluie toca su son, comenzamos a sabernos seducidos por la sugestiva voz de la ciudad: la majestuosa elegancia de los edificios, las buhardillas soñadoras, las farolas –de las bonitas, de las de película–, las graciosas luces y adornos navideños, los cafés y restaurantes vivamente iluminados… Y entonces…, los ojos se sobresaltan sobresalientemente por vez primera: oh, qué monumental fineza, la gran Ópera de París.

Despegándonos del hechizo de tan magna obra, seguimos caminando hasta la siguiente sorpresa: la plaza Vendôme, magnífica, estilosa, clásica, desplegando un juego espectacular de buhardillas y adornada con lucientes abetos artificiales.

La tercera epifanía estupenda de la noche es la grandiosa fachada de la iglesia de la Madeleine.

La pluie, la media luz, la artista mano del hombre sobre la piedra: la piel romántica de París…

Tras el primer baile con la ciudad, despiertas nuestras antenas por el canto de sus encantos, plegamos los ojos deseando amanecer para seguir soñando…

 

II

Bonjour et bon soleil!.

En el portal de enfrente del hotel, escuchando sólo los gestos, descubro de nuevo la amabilidad y, en este caso, además, la empatía parisinas. Unos policías despiertan a un clochard que duerme en el umbral del señorial portal. Sin prisas y sin brusquedad, amenamente, le hablan, y en unos minutos, como dándole tiempo a que se desperece, esperan a que se levante por sí solo, cruzan palabras cercanas y se despiden amistosamente. El hombre hace un gesto de agradecimiento con la mano y camina tranquilo por el boulevard Montmartre, Dios –que camina a su lado– sabe hacia dónde.

El desayuno del hotel es un éxito, especialmente los huevos en tortilla del país –cremosísimos– con bacon y los croissants y las napolitanas –sabrosos y crujientísimos–; también el queso emmental y el brie – sauvage.

Despiertas las papilas y animada la panza, nos acercamos a la recepción para avisarles de que el agua de la ducha se estanca. La mujer que nos atiende…¡porta una sonrisa como le soleil!, ¡impresionante!, ¡tan acogedora!. Toma nota y nos transmite que eso estará rápidamente solucionado; al subir, tan sólo unos pocos minutos después, nos cruzamos con un hombre que tiene toda la pinta de ser del personal de mantenimiento. París nos sigue sonriendo en palabras de la risueña mujer: bonne journée!.

Ya con las botas en la calle, ponemos rumbo al barrio de Montmartre, donde se alza, esplendorosa, la basílica del Sagrado Corazón –Basilique du Sacré-Coeur–. Sabemos de la proximidad del barrio a pie y vamos avanzando algunas calles, pero no tenemos claro si verdaderamente nos estamos acercando, así que decidimos sacar el mapa. Y no conseguimos aclararnos, cuando una mujer se acerca –animada por su ángel y los nuestros– con ganas de indicarnos el camino correcto. No contenta con mostrárnoslo en el mapa y, tal vez, viéndonos no del todo enterados con la explicación, decide acompañarnos andando un buen tramo hasta colocarnos donde ya no hay lugar para el rumbo errar. La señora es parisina, simpática y amabilísima. Nos despide enamorada, sonriente, justo donde comienza la calle de los Mártires –Rue des Martyrs– y se halla la iglesia de Nuestra Señora de Loreto –Notre-Dame-de-Lorette–, que aprovechamos para visitar y saludar al Hijo de la Reina de Francia, a los pies de una preciosa tierna talla de mármol de dicha Dama.

Subiendo por la calle de los Mártires, volvemos a degustar la gracia de París: los edificios con sus vistosos chaflanes, los variopintos cafés, las fruterías y pescaderías perfectamente atildadas, las irisadas floristerías, los vistosos e ingeniosos escaparates, los anchos bulevares…; todo resulta limpio y armonioso, todo luce sugerente.

Llevados por el aroma de las calles, nos descubrimos cerquita de un cementerio –según el mapa–. Decidimos acercarnos, pasearlo y contemplarlo: es el cementerio Montmartre. Antiguo, del siglo XIX, ha envejecido con belleza y está decorado con magníficos árboles, y parece que se renueva constantemente con mayor número de flores vivas que artificiales. Viste grato contraste de colores –los envejecidos de las lápidas y los nuevos de las flores– y despide buenos olores.

Aquietados por la paz del campo santo, salimos confortados y dispuestos a continuar la aventura. Las 13:55 en Francia es hora más que avanzada para manducar. Pronto damos con el restaurante Le Basilic –La albahaca–, al que ya habíamos echado el ojo al caminar hacia el cementerio, por su bonita entrada acristalada en chaflán. Por dentro: amaderado, pequeño y acogedor, luminoso, con acertados detalles decorativos, con mucho encanto. Y la comida, a la altura del hogar, cariñosa y en perfecta sazón: arenques con patatas dibujando una flor, muy sabrosos; sándwiches con suculento Camembert; dorada con espinacas en linda salsa; y jugosos muslos de pato. Todo a muy buen precio para lo que se acostumbra en la ciudad en lo que a cocina del país respecta.

Cuando salimos para alcanzar definitivamente la zona más alta y bohemia del barrio donde late el Sacré-Coeur, comienza a cantar la pluie con dulce voz, para que la llegada sea todavía más romántica... Ya en el mencionado lugar, inopinadamente, avistamos, por encima de los edificios…, ¡la cúpula de la gran basílica!, pero no es hasta el final de una corta calle cuando nos vemos sorprendidos, a bocajarro, por la magnificencia de tamaña presencia. Rodeamos el templo, lo encaramos para asombrarnos más ante su soberana fachada y lo fotografiamos desde la escalinata que se tiende a sus pies, al tiempo que la lumière del día le entrega el testigo de la magia a la nuit.

Antes de adentrarnos en el “Corazón de Francia”, aprovechamos el rastro de la luz del sol en retirada para acercarnos a la Place du Tertre –lugar del montículo–, donde viven –respiran su arte– les peintres –los pintores–. Con algunas de sus obras expuestas –a resguardo de la lluvia, bajo paraguas cuidadosamente colocados–, alguno ultima la caricatura de un turista. Rodeada de cafés y salpicada de árboles iluminados navideñamente, quedando a la vista por una de sus esquinas la basílica, la placita está encantada.

Tras saborear, con la última claridad, las calles lindantes, decidimos colarnos, por fin, dentro del Corazón. Si por fuera embelesa, por dentro…, oh, qué grandiosa sobriedad, qué profunda intimidad. Siete monjas como siete flameantes llamas azules, como siete estatuas plegadas sobre sus rodillas, bajo sus hábitos, en el suelo, adoran al Amante de ese Corazón de puertas abiertas, se dejan conquistar por Él...; a ellas nos unimos en la felicísima acción de la adoración. ¡Qué a gusto se está en la basílica, qué a gusto hemos estado “dentro” del Vivo Corazón!.

Al salir, flamante el espíritu y asentada ya la noche, volvemos a llevar nuestros pasos hacia “la place des peintres”, donde la tranquila lumière de los cafés y de los árboles y el reflejo de la pluie sobre el piso nos regalan algunas fotos deliciosas.

Por una de las largas escaleras que conectan los bajos y altos de Montmartre, nos dejamos caer hasta dar con la estación de metro Anvers, desde la que viajamos hasta la de Concorde.

Al poner el pie en la calle, nos recibe la emblemática plaza de la Concordia. En su amplitud, da cobijo a notables monumentos: el magnífico hotel de la Marina –centenaria joya arquitectónica–, la noria de la ciudad –la Grande Roue– iluminada con los tres colores de la bandera del país y el obelisco de Lúxor –regalo egipcio–, enmarcado por dos fuentes de estructura romana. Tras recorrerla despacio con la mirada, nos dirigimos hacia la avenida de los Campos Elíseos en dirección al famoso Arco del Triunfo. Toda ella está custodiada por dos hileras de árboles elegantemente iluminados por luces azules y blancas. Pronto aparecen nuevos imponente edificios: el Palacio del Descubrimiento, el Petit Palais y el Grand Palais. Antes de llegar al Gran Arco –que tendríamos oportunidad de visitar más adelante–, tomamos una calle que nos cautiva por su iluminación –esta vez, las luces prenden cada una de las ramas– y nos lleva hasta… ¡el río de París, el Sena, y su célebre torre, la Eiffel!. Por la ribera del primero, nos vamos acercando a los pies de la segunda, con los ojos bien abiertos y bien fijos en ella. Esbelta y estilosa, espléndida, se eleva –cómo no, en la ciudad de la luz, iluminada– la “A” que ideó Gustave Eiffel: A, como no puede ser de otra forma, de Amor. Tras observarla desde varios ángulos, nos despedimos de ella en Trocadero y volvemos a Ópera, al barrio de nuestro hotel.

Este es el día en el que vamos a probar un plato típico del país, de origen medieval: les crêpes. En una popular crêperie, catamos los salados, con diferentes quesos, champiñón y salsa provenzal, y uno dulce, de postre: el crêpe Chambery, con arándanos y helado de vainilla y nata. Resulta una experiencia grata. La digestión la hacemos paseando por las animadas cercanías del hotel, donde comprobamos –tras haber recorrido diferentes barrios– que los parisinos gustan de salir para tomar algo y charlar cualquier día de la semana –corroborado ayer lunes y hoy martes.

Antes de que se haga tarde, volamos hacia el hotel para descansar y mañana la jolie lumière al máximo aprovechar.

Bonne nuit!

 

III

Bonjour à tous!

El sol brilla fuerte deshaciendo las nubes y dándole protagonismo al celeste, así amanece le mercredi à Paris. Desayunamos, de nuevo, espléndidamente y salimos ilusionados a seguir descubriendo rincones de la ciudad; ilusionados y apropiadamente aprovisionados: gorro de piel, bufanda, cámara y paraguas.

Tomamos rumbo oeste por el boulevard Montmartre y pronto pasamos a su prolongación, el boulevard Haussmann. La luz lo invade todo. A la altura de los almacenes Lafayette, desde el fondo de la rue de la Chaussée d’Antin, nos cautiva la presencia de una blanca esbelta fachada –rosetón, torre  y cruz en lo alto–. Decidimos acercarnos a ella. Si desde lejos atrae por su silenciosa elegancia, desde cerca impone por su primorosa grandeza –34 metros de anchura y 65 de altura, incluyendo la torre–. Es la fachada renacentista de la iglesia de la Santa Trinidad. Por su puesto, nos adentramos en ella. El interior es grandioso, luminoso, dorado, para albergar a la Cálida Presencia adecuado. Abrimos nuestro corazón y lo calentamos, en un beso, para volver garbosos a pie de calle, a ritmo de explorador.

Regresamos hacia los almacenes Lafayette por la misma calle y volamos como niños por sus espectaculares escaparates –una mezcla de originalidad, cromatismo y animación–, antes de colarnos en su interior para hallar sus tesoros escondidos: su fastuosa, acristalada y colorida cúpula, que se asienta sobre unos arcos y balcones palaciegos: toda una fiesta de luz y color; su gigante árbol de globos que se eleva desde la planta principal hasta casi hacer cosquillas a la cúpula; sus globos colgantes, de diferentes formas y colores, que suben y bajan cada cierto tiempo para abrir las bocas y encender los ojos de los niños de 0 a 120 años; y su amplia azotea desde donde contemplar París desde arriba: la trasera del palacio de la Ópera –a tiro de piedra–, la popular Eiffel, la noria, las buhardillas, los tejados, las cúpulas, las agujas…

Tras volar por los cielos, aterrizamos de nuevo en la tierra, bordeamos el palacio de la Ópera y lo encaramos para, esta vez a plena luz del día, admirar su prestancia y brillantez. Proseguimos por las calles engalanadas de adornos navideños hasta la plaza Vendôme, pudiendo apreciar, también en todo su esplendor, su escueta elegancia. La siguiente parada es otra exhibición de grandeza, ejemplo de la arquitectura neoclásica: la iglesia de la Madeleine –María Magdalena–. No tiene la clásica forma de cruz en planta de las iglesias católicas, debido a que, en principio, fue creada como arquitectura conmemorativa. Es un templo períptero, similar, por ejemplo, al Partenón de Atenas. Su cierta austeridad exterior contrasta con su barroca exuberancia interior, donde impera el mármol. Cuenta con un fantástico órgano y numerosas esculturas, pinturas y mosaicos. Y, sí, también en ella, a la mano del ser humano, está presente el Rey del Mundo. Saliendo por sus monumentales puertas de bronce, avistamos al fondo el obelisco de la plaza de la Concordia y hacia ella nos dirigimos. El cielo se nubla y aclara intermitentemente a merced del frío viento, que se siente vivamente en la diáfana amplitud de la plaza. Tomamos la rue de Rivoli y pronto nos adentramos en el jardín de las Tullerías, deslucido por la época del año –los árboles están prácticamente desnudos–. Lo paseamos hasta llegar al arco del Carrusel, puerta que nos sitúa ante el palacio del museo nacional de Francia: el Louvre. Una preciosidad arquitectónica lamentablemente emborronada por el vidrioso y birrioso conjunto de pirámides. Desoyendo el estridente grito de la ultramodernidad, podemos saborear la exquisitez del barroco palacio.

Contenta la panza tras una frugal comida, continuamos con la degustación arquitectónica. Detrás del magnífico palacio –de la que fue capilla real en el siglo XIV–, hallamos la medieval iglesia de Saint-Germain l'Auxerrois – en honor del obispo y santo Germán de Auxerre, que combatió la herejía del pelagianismo en el siglo V y curó a enfermos–. Hermosa es su torre-campanario de estilo neogótico florido y hermoso es su juego de arcos, columnas y vidrieras. Continuamos por Rivoli –paralelos, aunque sin verlo, al Sena–, calle de elegantes edificios abuhardillados donde la armonía sólo se altera en los bajos por los rótulos y las reformas de los comercios modernos; la mayoría de los pisos más altos siguen manteniendo la majestuosidad y el buen gusto que caracteriza a esta ciudad. Entre calle y calle, no es extraño ver cúpulas extraordinarias y construcciones monumentales, como la que nos encontramos en la misma Rivoli: la blanca torre Saint-Jacques –de Santiago el Mayor, como revela la estatua erigida en su cúspide–, un soberbio campanario gótico flamígero que fue punto de reunión y partida de los peregrinos que tomaban la Via Turonensis –la ruta hacia Santiago de Compostela que pasa por Tours–. El esbelto espectáculo no es sino el aperitivo de un pantagruélico festín: ¡la fachada del Hôtel de Ville, el Ayuntamiento de París!. Mientras abrimos la boca ante semejante obra de arte, los ángeles mueven las nubes para que el sol, antes de retirarse, realce para nosotros la perla neorrenacentista. París, arquitectónicamente, no deja de asombrar.

En cuatro pasos, arribamos a uno de los puentes del Sena para alcanzar una panorámica espléndida: bajo un puente, las quietas aguas, y sobre él, dos señoriales edificios y el sol engullido por un sumidero de nubes en remolino. Lo cruzamos y andamos por la ribera acercándonos y bordeando los magnos edificios. Uno, el de la elegante cúpula, es el Tribunal de Comercio de París. El otro, fortificado con sus torres y chapiteles militarmente disciplinados, es el Palacio de Justicia de París, que guarda en su patio un prodigio gótico, la Sainte Chapelle, y la Conciergerie, un edificio histórico que fue, otrora, primero residencia real y luego prisión del Estado, durante la Revolución.

Junto a los citados edificios, se encuentra el mercado de flores de París, que acoge a los apasionados de estas desde 1830. A él nos acercamos y en él nos inundamos de sus colores y aromas, y nos entretenemos también con sus creaciones navideñas.

Paseando por esa parte de la ribera, conocida como el muelle del Reloj –por el precioso artilugio que adorna y da nombre a la más alta de las mencionadas torres del palacio–, declina el día y despiertan las farolas de París que, arrojando su luz sobre las aguas del Sena y sobre las fantásticas fachadas y en comunión con los puentes sobre el río y la mágica gama de azules que danza en el firmamento, encantan silenciosamente la ciudad y nos ofrecen unas fotos “super, Monsieur”.

La oscuridad ya profunda del cielo sirve de perfecto fondo para el extraordinario hallazgo, la subyugante visión: la altiva fachada de la gran catedral de Notre Dame –Nuestra Señora–, gigante antorcha dorada en la noche. El espectáculo gótico –con tintes de románico– es realmente impresionante. Pero más sobrecogedor todavía es el silencio que impera en su voluminosísimo interior, pese a la afluencia constante de visitantes y peregrinos. La voz clara y dulce de un coro de jóvenes cantores nos acoge en un emocionante concierto en directo. Y nada más terminar, regalo gratuito e improvisado, podemos asistir al Mayor de Todos los Espectáculos: el Banquete del Pan de los Fuertes. Comemos, nos robustecemos y agradecemos el Manjar. La catedral tiene una sala –denominada Tesoro– donde se custodian preciosísimas reliquias: un clavo de la crucifixión de Jesucristo, el hierro de la lanza que atravesó Su costado, un fragmento de la Vera Cruz y la Corona de espinas –símbolo de la realeza del Rey-Salvador de todos los hombres–. Los gigantes vitrales, los espléndidos rosetones y la hermosa Piedad de Coustou, que corona el altar mayor, enriquecen nuestra imaginación.

 

Y la catedral no era sólo su compañía, era su universo, era toda su naturaleza. No soñaba con otros setos que los vitrales siempre en flor, con otras umbrías que las de los follajes de piedra que se abrían, llenos de pájaros, en la enramada de los capiteles sajones, otras montañas que las colosales torres de la iglesia, otro océano que París rumoreando a sus pies

Nuestra Señora de París, Víctor Hugo

 

Después de tan potente hito, qué mejor podemos hacer para divertirnos que en el universitario Barrio Latino introducirnos. O eso pensábamos, pues más bien, a esas horas de la tarde, se trata de un mar atestado de tiburones que tratan de engancharte y casi introducirte en su restaurante. Conseguimos zafarnos de las continuas dentelladas y damos con una calle más tranquila, donde nos gusta la fachada de un restaurante de comida francesa en el que paramos a descansar entre platos y vasos. La comida no es nada del otro jueves, mas, como es posible siempre en cualquier vivencia, rescatamos un par de alegrías: las dos camareras mejicanas que nos atienden, nos regalan ese calorcito latino que nos hace descansar y estar a gusto.

Sofocados los ruidos, paseamos disfrutando por las calles románticamente iluminadas como Gene Kelly o Leslie Caron en “Un americano en París” y tomamos el métro  hasta la última parada del día: la compagnie des anges.

À demain!

 

IV

Último de noviembre, fiesta de san Andrés –pescador de peces y de hombres–. Antes de que los vientos hablen, el cielo de la capital luce hoy la mayor claridad desde que aterrizamos, a pesar de la acostumbrada presencia de les nuages. Tomamos nuestro petit déjeuner –café, croissant  y más tortilla rica– y nos lanzamos al mar de París, a seguir descubriendo tesoros. O más bien a su río, pues la aventura que hemos planeado para este día es navegar por el Sena. A medida que nos acercamos a los aledaños del río, el cielo se cubre, el frío amenaza y la voz fiera del viento se alza. No parece tornarse el día ideal para el idílico plan, mas ya se sabe que “perro ladrador poco mordedor”… Al viento se le va la fuerza por la boca y da paso a un breve momento emocionante, propicio para el gozo y para el recuerdo: comienza a sonar la música de blanca piel y un millón de copos caen sobre el Sena. Un beso de Dios. Suena de nuevo la trompeta del viento y las nubes se dispersan, quedando a la vista retazos celestes. Es mediodía cuando el barco, por supuesto climatizado –los pingüinos iban con trenca–, parte.

Uno de los turistas del grupo lleva una de esas típicas camisetas con frases cuyo contenido suele ser trivial. Sin embargo, en este caso, por lo menos en un sentido, tal vez no se trate de un mensaje baladí: “LA CERVEZA ES LA PRUEBA DE QUE DIOS EXISTE Y NOS QUIERE FELICES”. Dejando a un lado la mentecata interpretación de vivir tragando barriles, se me ocurre una escena que pudiera acercar a la solución del gran misterio de la vida, o sea, la felicidad: Dios y el hombre saboreando un par de jarras de la sabrosa mezcla de cereales y plantas sentados en una terraza o en la barra de una taberna, esos lugares donde las personas se juntan para esparcirse, disfrutar de la vida y quererse; Dios y el hombre cara a cara, evaporada la distancia entre el Cielo y la Tierra, dos amigos… Al menos a mí, la sencilla reflexión me hace sonreír.

Mientras nos deslizamos por las reposadas aguas del Sena, vamos escuchando la historia –de la mano de una voz poética entreverada de excelente música clásica– de la monumental primorosa melodía que embellece ambas orillas: ¡todo un ballet de l’eau!.

Una vez en tierra, nos dejamos caer, paseando, por una de las riberas. El sol, en su deseo de cobijarnos, consigue escabullirse de las nubes una y otra vez. Pronto llegamos al flamante y famoso puente de Alejandro III y nos recreamos en él con la cámara; el sol, de nuevo, nos ayuda, en este caso sacándole todo el brillo a los colores para nuestras fotos. Aunque el auge de la lumbrera mayor tiene lugar unos minutos después, cuando, en un magnífico estallido, vierte su impoluta luz sobre el Palacio Nacional de los Inválidos y su verde explanada, acentuando la solemnidad de la estampa.

Dando media vuelta y cruzando el ostentoso puente, nos esperan, antes de llegar a los Campos Elíseos, el Grand Palais –el Gran Palacio de las Bellas Artes– y el Petit Palais –el pequeño palacio que alberga el Museo de Bellas Artes de la Ciudad de París–, otras dos maravillas de la resplandeciente arquitectura de esta ciudad. Siendo sensacionales sus dos fachadas, nos enamora la del pequeño, con su formidable pórtico con corona de cúpula.

Tras contemplar las dos joyas enfrentadas, proseguimos hasta la gran avenida de París. En ella, matamos las ganas de comer con un bocadillo con vistas al variopinto trasiego elíseo y, esta vez sí, nos aproximamos al Gran Arco. A sus pies, se revela su grandeza, y bajo él, podemos reconocer de nuevo la armonía urbanística de la ciudad: desde el corazón del arco, se disparan varias calles en todas direcciones, formando, junto con la gran avenida, una estrella limpia y elegante. Hablando de estrellas, la principal y más luminosa, se ha retirado silenciosa mientras nos entreteníamos con “el arco y sus flechas” y comprábamos unas postales para sembrarlas de besos. Tras su estela, un bello añil se impone en el firmamento. Las luces decorativas de las dos hileras de árboles que flanquean la avenida están ya prendidas y se reflejan en el empedrado, produciendo el efecto de aguas en movimiento. Los coches, con sus luces encendidas, parecen barcos de pesca. La noria, al fondo, astro tricolor, es la guinda de una sugerente fotografía nocturna.

La siguiente parada del camino es –por invitación de un amigo– la capilla de Nuestra Señora de la Medalla Milagrosa; queremos visitar el lugar donde María vino a ver a sus hijos en la persona de santa Catalina Labouré. Para ello, cogemos el metro hacia el corazón de la ciudad: la rue du Bac. En el vagón, podemos percibir y recoger una caricia: una deliciosa belleza multirracial.

Nos acoge un barrio apacible, donde la gente camina serena. Las tiendas, todavía abiertas, están navideñamente animadas, perfectamente compuestas e invitadoras –una nota común en cada barrio que hemos transitado–. En el corazón de los románticos cafés iluminados laten tranquilas conversaciones. Ya en la rue du Bac, en una pequeña frutería, le  compramos cuatro vivaces mandarinas a un amable tendero. Las saboreamos mientras seguimos acercándonos a la capilla y sonreímos: ¡qué suculentas piezas!. Nos clavamos ante la cristalera de una flamante chocolatería y los ojos se nos vuelven locos; los colores, las formas y las texturas de los caprichos nos hacen fabricar saliva y nos llenan de niñez y sueños glotones. Con la feliz sonrisa de chocolate, llegamos a la puerta de entrada al solar donde se encuentra la capilla. Ya en el patio, contemplando el bonito mural de piedra en relieve con distintas etapas de la visita de María a la joven borgoñona, la excitación del chocolate da paso a otra emoción nueva, más honda y más viva… Emoción que estalla al pasar al otro lado de la puerta, dentro de la capilla: un puñado grande de las hijas de la Caridad –que allí viven–, mezcladas con gentes de la calle, están sumergidas en diálogo enamorado con el perenne Huésped del Sagrario; el silencio es ardiente, el calor de todos esos corazones llena la atmósfera, la media luz contribuye a la adoración. La capilla es realmente preciosa: una floresta de azul, dorado y blanco. Un fantástico arco frontal con la imagen de Catalina arrodillada sobre el regazo de su Madre, rodeada de un concierto de ángeles, y dos esculturas hermosamente enmarcadas a los lados cobijan el retablo:  en este caso, una escultura blanca con la imagen de la Medalla. Las albas elegantes flores de los anturios atavían el Sagrario en sutil reverencia. Globos de tenue luz abrazan las columnas blancas sobre las que se asienta el techo. Los velos y hábitos de las hermanas forman una sola alegría azul con el arco y con el vestido de María. Instantáneamente, estamos también nosotros zambullidos, con los labios llenos de amores y el corazón en acción. Hemos traspasado la barrera del tiempo. Todos comienzan a cantar himnos de alabanza; algunas decenas de bocas para una sola voz apasionada: qué sublimes cantos. Qué a gusto. Qué catarsis. Qué encuentro. Qué revolución del corazón. Qué Hogar. Qué Cielo.

Luchamos por partir de aquel instante eterno, y lo conseguimos: bien abierto el corazón y perfectamente dispuesto para seguir gozando del viaje, que se acercaba a una vivencia indeleble. Buscando la iglesia de Saint-Germain-des-Prés –la más antigua de las grandes iglesias parisinas, otrora abadía benedictina–, hilando calles soñadoramente iluminadas y vestidas de pulcros escaparates, vamos a encontrarla cuando, oh là là!: repentinamente, comienza a nevar. El marco, mágico de por sí –especialmente en la noche–, se vuelve más fascinante aún bajo el lento baile de los copos: la iglesia con su imponente torre cobija la placita, donde juegan la luz que decora los árboles, la de las farolas y la del concurrido café Le Bonaparte, produciendo un juego de reflejos sobre el mojado empedrado por donde parecen correr aguas azules, rojas y amarillas. Bajo el paraguas, intentamos captar el espectáculo con la cámara, pero rápidamente nos damos cuenta de que el regalo es tan grande que no cabe en un continente artificial: sólo el corazón –que traemos a punto– puede contenerlo, sólo en la imaginación puede grabarse fiel e imborrablemente. Primero desde la iglesia y luego desde el café nos bebemos el ambiente. París late bajo la nevada. La placita de Saint Germain des Prés sería una perfecta localización para alguna escena de una buena película –que bodrios ya hay a montón.

Como niños buscando un tesoro, enamorados de la vida, echamos a andar bajo el paraguas sin rumbo fijo. Todo es magia. En algún café o restaurante que vamos encontrando, pensamos en parar y gozar de una cena romántica, mirando la nieve caer tras el cristal. Guiño de la Providencia, decidimos seguir bailando bajo los copos y, un poco más adelante, la magia estalla del todo: la calle por la que avanzamos desemboca en una gran avenida, justo cuando la nevada arrecia, quedando desnuda a nuestra vista, bajo la luz de las farolas, una espectacular cortina de nieve; y la avenida no es cualquiera, se trata del quai Malaquai, ¡la ribera del mismo Sena!. Bordeamos un tramo del río y hallamos la apoteosis de la noche, en el pont du Carrousel: el empedrado cual río vivo entre las aceras completamente blancas va a morir ni más ni menos que bajo los arcos de una de las señoriales fachadas del Louvre, grácilmente iluminada bajo un cielo plomizo; ahora más que nunca podemos decir: ¡París, la ciudad de la luz y del amor!. Atravesamos los arcos cuando cesa la nevada y, rodeados por la majestuosidad del Louvre, un baile fantástico de farolas toma el testigo de los copos para seguir llevándonos de la mano por el sueño de París, chapoteando reflejos, dibujando sonrisas…

Un metro nos lleva hasta el barrio de Ópera y enfrente de nuestro hotel hacemos el hallazgo gastronómico: el restaurante Victoria Station. Nada más cruzar la puerta, entras en otro mundo, comienzas un viaje en un vagón de estilo victoriano –literalmente–. Todo está preparado para la catarsis: los asientos  de terciopelo grana, las lámparas de tela de color ámbar, las mesas de madera, los pasillos estrechos, el suelo enmoquetado, los uniformes –gorra de jefe de estación, incluida– de los camareros, la luz nocturna, los compartimentos para dejar el equipaje junto al techo, las paredes forradas de espejos… Al son del jazz y del blues, entre trompetas y saxos, realizamos una original y divertida travesía.

La jornada ha sido intensa, apasionante, inolvidable, una gran etapa en esta aventura que se acerca a tocar a su fin. Hacemos las maletas y dejamos todo listo para volar por la última mañana parisina. Con los ojos ya cerrados, una exclamación nos abarca el alma: merci!.

 

V

El primero de diciembre, nuestro quinto día en París, amanece totalmente nublado. Esta vez, el desayuno es más ligero, pues tenemos unos boletos para subir a la gran torre a las 10:30 y por los recientemente incrementados sistemas de seguridad hay que presentarse con antelación. Resulta que al llegar a la tour de Paris, debido a no sé qué regla de venta a la que no se ha atenido nuestra agencia, nuestros boletos no son válidos. La otra opción para subir es guardar la espesa habitual cola, así que… este gozo al pozo; pero… ¡será por gozos!.

A cambio, escogemos una de las mejores cosas que para recrearse el ser humano puede hacer: ¡pasear!. Tras divertirnos con la cámara captando la délice d'Eiffel desde diferentes ángulos, descubrimos nuevos jardines, nuevas atractivas calles, nuevos cafés apetecibles, fachadas y cúpulas de grandes iglesias y, dejada atrás la Ecole-Militaire, vamos a parar al mismo umbral de Les Invalides. Disparamos un par de fotos y, subterráneamente, nos dirigimos a la Île de la Cité –Isla de la Ciudad– para realizar una parada que nos falta: la Sainte-Chapelle. Se trata de un diamante del gótico radiante, como un cofre monumental mandado construir por el rey san Luis de Francia para albergar la gran colección de santas piezas –antes mencionadas–, que hoy se guardan en el Tesoro de la próxima Notre Dame. Variopinta, esbeltísima, sorprendente. Fabuloso es el rosetón de su fachada. Tapizada de vidrieras, en los días claros la estancia se convierte en una fiesta de luz y color.

Se esfuma la mañana, así que, después de contemplar por última vez la sensacional fachada de la catedral de París y saborear el ambiente apacible a sus pies, tomamos el metro para regresar a las cercanías del hotel, almorzar y recoger las maletas antes de clausurar la intensa aventura por esta mágica ciudad. Y resulta que, tras cuatro días de perfecto funcionamiento, hay una avería justo en la línea por la que avanzamos. Hechos, a estas alturas, unos zorros del mapa, pergeñamos una ruta y decidimos jugárnosla a pie, pues ronda la confusión sobre el tiempo de espera para que se restablezca la marcha normal.

En la superficie, amanecemos en la calle Étienne Marcel y una chica de gafa, bufanda y sonrisa a juego nos indica amablemente –rompiendo la áspera fama parisina definitivamente – cómo llegar a la rue Montmartre, que cruzamos velozmente –sin esquivar, no obstante, su seducción– para llegar a “nuestro bulevar”. En el Passage des Panoramas, elegimos la Bisou Crêperie –la crepería del Beso–para regalarnos con dos cervezas belgas y dos crêpes; además, nos llevamos, gratuitamente, dos nuevas amabilidades: las sonrisas y la acogida de una camarera y un camarero.

Tomamos las maletas, el metro –tras algún que otro percance: “las cosas de Javi”– y ya en el avión, exclama sonriente el corazón: merci, à bientôt Paris!.

Ya en los Madriles, volviendo este narrador en el tren a su dulce hogar, puede comprobar como el cestillo de la ilusión que se llevó a la aventura viene repleto de frutos…: grandiosidad y sutileza, arte y romanticismo, elegancia, buen gusto, color, sabor, asombro, ¡magia!, sonrisa…, y, por supuesto, luz y amor.

 

Fin du film

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.