Persona, de Julián Marías

Foto de DLC sobre escultura de A.S.
Destacados: 
  • Creo que vivimos en una época de superficialidad intelectual aplastante. Al menos en lo que al pensamiento de la cultura predominante se refiere.
  • Ha aumentado no solo la disponibilidad de referencias a las que acudir a la hora de argumentar, sino también la cantidad de terrenos de opinión sobre los que se invita a pronunciarse.
  • Una mayor disponibilidad de información sin una estructura de procesamiento adecuada, no puede sino derivar en caos.

Volver al fuego

Limpias, pues, sus armas, hecho del morrión celada, puesto nombre a su rocín y confirmándose a sí mismo, se dio a entender que no le faltaba otra cosa sino buscar una dama de quien enamorarse: porque el caballero andante sin amores era árbol sin hojas y sin fruto, y cuerpo sin alma.

Cervantes, Don Quijote de la Mancha

Creo que vivimos en una época de superficialidad intelectual aplastante. Al menos en lo que al pensamiento de la cultura predominante se refiere. 

Es evidente que haber conseguido que todas las personas tengan voz en sociedad, es un gran logro. Sin embargo, con el libre acceso la información (algo que debemos en gran medida a internet), no solo se ha ampliado el espectro de alcance del conocimiento, sino que también se ha difuminado la barrera entre la opinión y la información

Este hecho, sumado al bombardeo conceptual del marketing falto de ética y la propaganda proselitista, ha dejado a las personas en una situación de vulnerabilidad notable. Sobre todo a aquellas personas cuya conciencia se encuentra en las primeras etapas de construcción: los jóvenes de esta generación. 

Fácilmente puede el lector imaginar cómo esta sobrecarga de conceptos que ha invadido de facto la intimidad intelectual de las personas, ha aumentado no solo la disponibilidad de referencias a las que acudir a la hora de argumentar, sino también la cantidad de terrenos de opinión sobre los que se invita a pronunciarse. 

Esta disponibilidad extraordinaria de conceptos ha propiciado algunos vicios intelectuales entre las personas. Notable entre ellos es la abundante existencia de juicios aparentemente críticos ante cualquier tema, antes incluso de haber formado un sistema de pensamiento propio con el que enfrentarse a la realidad. No solo en el juicio sobre la información consumida, sino también en la interpretación de la misma.

La inmediatez de la información y la agenda de los grandes medios invita a opinar en el momento sobre el objeto del foco de atención. Fomenta la idea de que lo importante es que todo el mundo se exprese intelectualmente pero, al mismo tiempo, la ficción de que las opiniones de todos valen por igual. 

Huelga decir que esto es una falacia de graves consecuencias. Que tampoco es, por supuesto, un fenómeno exclusivo de nuestro tiempo. Sin embargo, ahora es un fenómeno más común y de mayor amplitud temática que antes. Una mayor disponibilidad de información sin una estructura de procesamiento adecuada, no puede sino derivar en caos. 

Un ejemplo al que este argumento resulta fácilmente extrapolable es a la cesta de la compra. Antaño, la disponibilidad de productos en el mercado era menor, pero las bolsas eran de tela y soportaban bien el peso. Hoy, gracias a la tecnología, la mayoría de nosotros tenemos más capacidad de adquisición. Sin embargo, abundan las bolsas de papel, que con frecuencia son de usar y tirar. Y que además, por ejemplo, no sobrevivirían a una lluvia. 

Muchas veces, el fundamento sobre el que algunas personas dicen sustentar un juicio intelectual corresponde a series de ideas pseudorracionales e impresiones emocionales, que le pertenecen o no alternativamente. Esto da lugar a una debilidad estructural en la construcción del pensamiento que, con frecuencia, induce a error. Error como inadecuación de lo pensado al sujeto de realidad que se refiere.

Cuando este error se aplica en la consideración de la vida humana (al cuerpo y a la persona), esto es, a uno mismo, no se puede sino esperar que la consistencia de la estrategia con la que se afronta la realidad vivida (lo pensado, lo hecho) sea de poco provecho para el favorecimiento del desarrollo de esa misma vida humana. Y es un hecho que todas las personas, tarde o temprano, deben enfrentarse a este conflicto intelectual. Y los sistemas de pensamiento endebles, como las bolsas de papel, no aguantan una crisis.

“¿Quién soy?”, o desde una perspectiva materialista… “¿qué soy?”. La pregunta es formulable desde varios ángulos. Y desde luego, no existe garantía alguna de pleno acierto. Sin embargo, fácilmente se puede afinar el tiro cuando se dispone de la información adecuada. Además de la curiosidad, la intención y el compromiso para perfeccionar los medios de acercamiento personal a la verdad (como adecuación a la experiencia vivida).

Hay quien dice que la mejor manera de honrar a los que pasaron a la otra vida, consiste en observar las lecciones que nos legaron. No puedo estar más de acuerdo con esta afirmación. La vida es siempre hacia adelante. Un constante avance que, de ser detenido, provoca que la sombra de la anulación planee sobre nuestras cabezas, poniendo en peligro la posibilidad de ese momentum enriquecedor. No sin motivo los cadáveres se quedan rígidos, y los que insisten en cometer los mismos errores, malviven en bucle. 

Yo digo que es un error no buscar la verdad que más se ajuste a nuestro vivir. Misión difícilmente acometible sin el conocimiento adecuado sobre las herramientas de que disponemos. Lo que somos y lo que tenemos. Porque como ya se ha sugerido, sin un fundamento propio y apropiado sobre lo más básico de la existencia, pretender honrarla es vano. Ni que decir ya de ayudar a otros en su mismo cometido.

A lo largo de la Historia siempre ha habido hombres capaces de llevar más allá la conciencia moral de los pueblos. Capaces, con sus esfuerzos, de contribuir al avance intelectual en el perfeccionamiento de nuestra existencia. Autores como Ortega & Gasset, pusieron en la conciencia social el incomparable valor del hombre. Las propuestas antropológicas de su discípulo Julián Marías, honran su visión y la completan. 

Sirva esta argumentación para invitar a leer su obra “Persona”. Algunos de los conceptos expuestos en este artículo han sido con toda seguridad enriquecidos por su lectura. Se trata de una obra muy especial, por ser sobria y directa, además de revolucionaria. Propone un paradigma de realidad extremadamente sólido, y al mismo tiempo abierto a la aportación personal. 

Leer esta obra y reflexionar sobre sus conceptos es como volver al fuego. A lo básico. Plantear la sustancia desde el origen, sin teñir de pretensiones distractoras el juicio propio. Un homenaje al hombre, al cuerpo, a la persona, a la mujer y al varón. “Persona” invita a conocer las potencias propias con el único objetivo de favorecer su rendimiento. 

La propuesta del autor no es más que una cariñosa visión sobre los aspectos más fundamentales de la existencia, que por ser fundamento, importa siempre conocer y observar en el presente, tomar en cuenta a la hora de considerar el pasado, y también al plantear el futuro.

Se trata de una lectura ágil y rica en matices. En algunos puntos, sorprendentemente épica, aún sin derivar en ficción. Por lo simple y breve de la obra, pretender explicarla en profundidad a través de unas pocas líneas, sería inadecuado. Es mejor lanzarse directamente a la librería más cercana y hacerse con una copia.

En esta época de claroscuros intelectuales y linternas con pilas gastadas, el fuego vital con que arde este humilde gran libro, ayudará sin duda a iluminar las mentes de los bravos de corazón. 

 

Sobre el Autor
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J. Maceira

Javier Maceira es estudiante de Periodismo y Ciencias de la Comunicación por el Centro Universitario Villanueva. Nace en Madrid en 1993, donde reside desde entonces. Amante de la literatura, el cine y la música. Pretende abordar temas actuales con espíritu crítico, observando siempre los pequeños matices que determinan la realidad.