Restaurante Caldea: entre regalos y un te quiero

Entre regalos
Destacados: 
  • El día en que nació mi prima Paula, el 19 de febrerillo “el loco”, la bóveda terrestre lucía especial, albiceleste, trompetera de buenas nuevas.
  • No era para menos, pues desde hacía tiempo era esperado el encuentro entre dos corazones alegres, entre dos hombres buenos llamados a ser amigos, a caminar juntos por este pedacito de vida.
  • Nada como la paciencia alimentada por el cariño para que los sueños se hagan realidad.

Te quiero

–entre regalos y regalando–

El día en que nació mi prima Paula, el 19 de febrerillo “el loco”, la bóveda terrestre lucía especial, albiceleste, trompetera de buenas nuevas. No era para menos, pues desde hacía tiempo era esperado el encuentro entre dos corazones alegres, entre dos hombres buenos llamados a ser amigos, a caminar juntos por este pedacito de vida. 

A la luz del mediodía, volaron los hombros unidos al viento y en el minimanejable reventó el parlante con el sabor tropical de “La rebelión”  del colombiano centurión, el Joe. Al fin, llegó el día oportuno para el deseado cara a cara. Nada como la paciencia alimentada por el cariño para que los sueños se hagan realidad.

Las dos sonrisas pusimos rumbo a la sorpresa –quería, quien escribe, abrazar bonito a su compadre–, rumbo al norte, donde el aire corre más limpio y más puro, despertando el cuerpo y lavando el alma. Ya en el puerto de Navacerrada, la nieve decoraba el paisaje y una niebla alta, misteriosa y sugerente envolvía los cielos. A ritmo de segunda marcha, envueltos entre pinares y robledales y al calor de la amistad, los corazones se disponen a abrirse, se enciende en ellos el deseo de buscar la Verdad que aclara, aquieta y anima. Así nuestras almas fueron desnudándose, escuchándose…, ¡y la Luz se abrió paso entre la selva y las tinieblas fueron menos!, ¡y el barro perdió su densidad y se convirtió en idónea arcilla con la que labrar un futuro luminoso!. 

Y atrás quedó la espesura del bosque, y apareció el manso monasterio de El Paular, y más allá, para la sorpresa el propicio lugar, a las puertas de Rascafría, más que un restaurante…: Caldea.

Dos mujeres nos recibieron, dos mujeres despiertas y acogedoras: Miha y Anae. Lo primero fue agradecer la anterior y primera visita, aquel gozosísimo acontecer fruto del buen querer. Y bien agradecidos y bien contentos nos dejamos acompañar hasta la mesa para dos, gracioso rincón, que iba a hacerse hogar. 

Dos Leffes rubias y aceitunas animosas para los sentidos despertar: si lindo fue aquel primer comenzar, para que lo cambiar. Rodeados de la media luz romántica, de la noble presencia de la madera y de la fortaleza cobijadora de la piedra, la conversación volviose a retomar y una realidad volvió sobre nuestros corazones a sobrevolar: la familia: tesoro, castillo, morada del guerrero hombre que desea triunfar en este fugaz pero arduo peregrinar; descanso tras la lucha, regazo de caricia buena, paz en la guerra del mundo.

De la mano de Anae preparamos nuestra senda gastronómica, que suena así de apetitosa: roble de boletus con micuit de pato y pasas, judiones de La Granja con chorizo, rabo y oreja y Con nombre y apellidos –breseado de ternera con vino tinto D. O. Madrid–. Sólo de oírlo, tembló servidor de emoción. Y conociendo a Carmen y su amante mano, ¡seguro hablaríamos del postre-colofón!. 

Mientras la comanda puso en la cocina los brazos a remangar y los fogones a bailar, mi costilla quiso salir a fumar y yo acompañole…, y una nueva enseñanza fuimos a hallar, pues cada momento es propicio para avanzar si nos paramos, serenos, a mirar: frente a nosotros, elevando los ojos alto y amplio, se hallaba una fantástica línea montañosa, níveas las cumbres y el cielo ancho, una vista natural que regalaba gozo, un gozo que destilaba esperanza, ilusión, deseos grandes; bajando la vista y a un lado, había una esquina sola e insulsa, tal vez letrina del orín de algún callejero can, que, en comparación con la magnífica panorámica, abajaba los pensamientos, agrisaba la creatividad, achicaba los sueños. Parece importante, pues, en esta vida, donde posar los ojos, donde poner el corazón: si la belleza es nuestra diana, la grandeza nos habitará –la grandeza de ánimo, de fortaleza, de la pasión que se necesita para abrazar a quienes nos rodean–; si esta está ausente, el vacío, poco a poco, nos asolará, la desesperanza, subrepticiamente, nos impelerá al abismo oscuro, gélido, horroroso,  

Estimulados por la nueva lección de la Belleza y por los limpios cereales de la cerveza, retomamos nuestras posiciones, a la par que de manos de Miha llegaba la primera cortesía de la casa: una crema de verduras, legumbres y chocolate blanco. Dos pequeños recipientes llenos de gracia para empezar la parranda, un jubiloso augurio. 

Y, seguidamente, la primera de las elecciones, el roble de boletus con micuit de pato y pasas: ¡qué escándalo bendito en la boca!, ¡qué estallido de sabor puro e intenso!. El diamante micológico se fusiona con la sabrosura del pato dando lugar a una mezcla excitante, gloriosamente acunada en un nido crujiente de pan bao –con receta retocada certeramente por Carmen para sacarle todo el brillo a los ingredientes–. Sumándole el silencioso dulce beso de las pasas y la frambuesa de guarnición, subimos…: ¡al Cielo!. 

La siguiente degustación llegó a la mesa con su título majestuoso, con la emoción de lo que es santa tradición: judiones de La Granja. Ese sabor genuino del Real Sitio…, ese género que se deshace al diente…, esa oreja melosa…, ese chorizo suave y tranquilo: ¡un cuenco poderoso, una salsa cariñosa!. Llevó este plato a mi causa a esa infancia en la tierra de Lima, a ese puré de pallares –judías del Perú, a las del pueblo segoviano similares– que hacían su mamá y su charra –la abuela–, a esos encuentros donde todo el mundo que llega tiene plato, donde el folklore del país anima la estancia y los corazones y donde la luz de la familia lo aviva todo. 

Terminadas las rubias, el escogido rocío para seguir maridando –para que lo conociera mi batería– fue el regocijante Cinco.5 de Yllera: tan fresco, tan limpio y tan encantador como siempre. 

Con un sorbete de limón al cava –cremoso, sutil, placentero– lavamos la boca para recibir la tercera maravilla: Con nombre y apellidos –hoy claros: Gianpierre Díaz Cuba–. Una carne que llora lágrimas de gozo…, un beso tinto…, una dulce cebollita…, unos tacos de jamón sabroso…, una tierna zanahoria…: un conjunto para recrearse. Se nota la graciosa lentitud del guiso, el caldo que meciendo los alimentos va tomando sustancia, la espera confiada que sabe de la altura de la recompensa: espectacular suculenta recompensa.

Y, efectivamente, tras el acariciante paso de los manjares por la panza, esta estaba muy contenta y apta para recibir una nueva alegría. Anae nos anunció y nos recomendó un nuevo postre de su madre maga: Espuma de torrija sobre galleta destrozada: sobre la tierra crujiente de la galleta, un cielo de sabor intenso y ligereza amante, con aroma a Semana Santa –que dijo mi compa–. Torrija y galleta, cielo y tierra: al corazón… una bella saeta.

Dos vinitos –que iban a ser, para nuestra sorpresa, nueva cortesía de la Casa– vinieron a acompañar esta melodía final: el PX 1927 Alvear y el Dulce María. El primero, acaramelado, untuoso, profundo, de bonita piel caoba, moteado de cafés y chocolates, con esa dulzura y esa chispa que te relanza a la vida buena, a la conquista de corazones. El segundo, redondo, generosamente afrutado y agradablemente dulzón; un trago y otro, suavemente, que, sin darte cuenta, te llevan a bien estar, a bien conversar, a contemplar. 

Hízose nuevamente palpable la fe de la piedra, la luz de la esperanza y el amor de la madera. Frente a mí tenía esos rasgados ojos que destellan alegría, ese rostro que invita a gozar, ese corazón que desea resucitar. Frente a mí tenía a una de esas personas que saben abrazar, que van más allá de lo vulgar, que a tu lado deciden gozar: Juan Pedro, un hombre con poderes fascinantes, con condimento abundante para hacer de su vida una delicia con la que a su gente agradar.  

Como la primera visita a este entrañable lugar, esta segunda ha sido también un éxito, también en ella hemos hallado lo que siempre buscamos: el abrazo. Ha sido un éxito porque lo bueno –lo que es de calidad, lo que se hace con pasión, con saber y cariño–, sabe bien, sabe a gloria. Porque la calidez está flor de piel: y así es del hogar la miel. Porque el ojo está en el detalle: y en las pequeñas cosas se halla eso grande que nos hace disfrutar –dos ejemplos muy pequeños que percibimos, además de todo lo contado: cada bebida en su particular copa es servida, con delicadeza, con elegancia; antes de salir, paso al cuarto de baño y me recibe un buen olor, me acogen unas lámparas originales, la belleza de la madera y unas baldosas graciosas…: una voz más de la armonía de la experiencia. 

¿Y qué nos quedó en el corazón tras parar a vivir un rato en esta Casa, lo mismo que le brota a quien ahora escribe?: pues amor. Espontáneamente, en la magia de las líneas recientes, descubro un juego de letras –cal/idez, de/talle, a/mor– que me regala un nombre: Caldea. 

Gracias a Miha –atenta, sonriente, servidora de cerveza con clase–, a Anae –amable, anfitriona y con ese brillo de arte y nobleza de su madre en los ojos–, a Carmen –que no estaba en este día fisícamente, si bien todo lo que salió de la cocina llevaba su aroma– y a cada uno de los mandiles, y a cada una de las personas que tejen el nombre de la ilusión: Caldea. 

¡Entonces!: dos palabras forman la única realidad que alumbra y da sentido absoluto a la vida del ser humano, que sana su alma rota: te quiero. Primero, en pasiva, entre regalos: somos amados antes que nada. E, inmediatamente, en activa, regalando: cuando nos sabemos amados, ¡no podemos sino lanzarnos apasionadamente a amar a todos, empezando por los de más cerquita!.

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.