Resucitar, por Christian Bobin

Resucitar, por Christian Bobin

Resucitar

por Christian Bobin

I

Un día, entré en una relación en la que cada palabra que decía uno era recogida sin falta por el otro. Lo mismo ocurría con cada silencio. No se trataba de esa fusión que conocen los amantes en sus comienzos y que es un estado irreal y destructor. Había en ese vínculo algo musical, y estábamos en él totalmente juntos y separado a la vez, como las dos alas diáfanas de una libélula. Por haber conocido esa plenitud, sé que el amor no tiene nada que ver con la sentimentalidad que aparece en las canciones ni tampoco con la sexualidad que el mundo ha convertido en su primera mercancía –la que permite vender todas las demás–. El amor es el milagro de que un día nos entiendan hasta en nuestros silencios y de entender, a nuestra vez, con la misma delicadeza: la vida en estado puro, tan sutil como el aire que sostiene las alas de las libélulas y se regocija con su danza.

II

En el cementerio de Saint-Charles, el patio de los niños está sobre las alturas. Dos ángeles de mármol blanco, de unos cincuenta centímetros de alto, hacen que la luz rebote desde el cielo hasta dar en las estrechas tumbas. Un niño de 5 años, muerto en 1942, tenía un amigo de su edad que, el día de su entierro y las semanas siguientes, aseguró a sus padres que no abandonaría a su compañero y que iría pronto a jugar con él debajo de la tierra. Las fábricas de Le Creusot fueron bombardeadas un año más tarde. El niño murió en uno de esos bombardeos. Reposa en la tumba contigua a la de su amigo. Con un poco de silencio, en aquellos lugares se pueden oír el dolor y el llanto de las familias. Con un silencio un poco más profundo se pueden sorprender las risas de los dos inseparables, que juegan para siempre tras el placer del reencuentro.

III

Las almas son decretos, cada una con una manera propia de tirar su vida a la nada o de impulsarla hasta el cielo –una decisión tomada en lo más íntimo, sin importar la edad, en las tinieblas y, sin embargo, con total claridad.

No hay mayor desgracia en esta tierra que no encontrar en ella a nadie a quien hablar, y nuestra palabrería, la mayor parte del tiempo, lejos de remediar ese silencio no hace más que agravarlo.

Resucitar, Christian Bobin, Ed. Encuentro


Sobre el Autor
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W. Lawson

William L. Croceti nace en Ávila en el otoño de 1986. De padre escocés y madre siciliana, decide quedarse a vivir en España después de terminar sus estudios en Literatura Universal en Roma. Aunque siempre ha trabajado en el mundo del audiovisual, su pasión por la lectura le ha llevado a volcarse en la escritura y la crítica desde hace unos pocos años.