Roja

Hormiga de Fuego

Roja

Érase una vez una hormiga que andaba buscando el túnel que te lleva al Sol. Su nombre era Roja.

Vivía en un hormiguero entre las casas dos y seis de la calle San Juan.

Nadie sabía su secreto, pero, cada día, al ir a recolectar las viandas del invierno, hacía un pequeño camino. Un camino que era sólo suyo. Y, poco a poco, se iba haciendo más grande, siguiendo los pasos del Sol.

Por la noche, suelía volver al hormiguero para sentarse en una pequeña sillita a descansar, recordar bien su ruta, tomarse un vaso de agua y acostarse en la cama, junto a las demás hormigas.

Al alborear el siguiente día, tomaba su petate y se encaminaba de nuevo hacia el Sol.

Hoy navegó sobre las hojas, en profundos charcos; trepó colinas llenas de cenizas; anduvo sobre finas y peligrosas telas de araña; bebió el dulce néctar de flores silvestres; y…, y se perdió.

Estuvo a punto de tocar el Sol, a punto de subirse por uno de sus rayos, cuando se hizo de noche. Ahora tiene dos inquietantes problemas: el frío y la soledad. Para resolver el primero, se escondió bajo la hierba seca del campo.

De repente, la oscuridad se vuelve más clara, menos oscura, más esperanzadora: la luna ha salido, y está llena de euforia, toda blanca, exuberante, radiante, y tremendamente hipnotizadora.

Roja sale de su escondite y observa algo: de la luna brotan luces, que sobrevuelan el campo. Intenta agarrarse a su brillo. Alarga las patas delanteras y… ¡está flotando!

Sube y sube hasta la luna. Y ve al Sol. Le llama, y espera. Poco a poco, se acerca un rayo y besa la luna junta a las patas de Roja. Se monta en él. Sus pies están cansados, y se mecen por el frío aire. Mientras, el Sol la acerca lentamente y la acoge en un cálido abrazo. 

Gonzalo Luengo Garijo

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Aunque el hogar haya sido devorado por la jungla –no por bárbaros salvajes, sino por los monstruos educados y refinados de la sociedad de consumo (cfr. Á. de Silva)–, desde estos ritmos proponemos una revolución: que cada uno se mire a sí mismo y, conocíendose, se acepte; y, aceptándose, se supere. El que quiera cambiar el mundo, que empiece por uno mismo.