Segovia

Alcázar de Segovia
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Segovia

Puerta de cien arcos abierta:

el gran acueducto de los hombres –cara al mundo–,

Pilar y Roca –cara a los segovianos–;

espléndida invitación

Sereno camino de la Fuencisla,

el puentecito sobre el Eresma de junco real,

los altos verdes de la Alameda, 

las tranquilas aguas con sus patos…

Todo suave arrullo, 

a sol y a sombra,

hasta el gran concierto del Parral

 –jerónimos los cantores

El Real Ingenio de la Moneda,

aperitivo antes del manjar,

de la fabulosa aparición:

el Navío de Segovia

Surca la tierra, 

buscando el Norte, 

la dorada saeta apizarrada

de vela altiva y confiada

 Escalinata de piedra 

y recios cipreses

invitan al Convento de San Juan de la Cruz…:

silencio descalzo

La Llama de Amor

incendia la grata sobriedad

y en un magnífico bello sepulcro

reposa el cuerpo del Príncipe de la Poesía Lírica Española

Bien cerquita, a tiro de piedra,

se levanta la casa de Nuestra Señora:

¡la Guapa de Fuencisla

que a los segovianos guarda!

Tras los magnos certeros arcos, 

la plaza del Azoguejo,

de la emoción de la nueva ciudad,

origen de aventuras y punto de encuentros

Una avenida y una calle 

tienden sus manos al forastero,

que ha de elegir cuál de las dos descubrirá primero:

 la llamada del acueducto o la de Cervantes

Por la del acueducto,

la vida bulle,

los encontrados en el Azoguejo

visten de tertulias las terrazas

Con gracia avanza la avenida

y se abre donde se yergue san Millán,

la iglesia de aquel custodio zagal

que no sabe de sacerdotes…, sólo de santos

De vuelta hacia el acueducto,

una nueva iglesia –muchas tiene Segovia–,

la de san Clemente:

¡abierta también para toda la gente!

Bajo el frondoso tilo donde el tiempo se evapora,

se sientan sobre piedra los provectos señores de Segovia,

que se piropean con gracejo y espontaneidad: 

“te has puesto más guapo que los caballos de carreras”

Un sacerdote joven y donairoso,

con su cuello bien firme y alzado,

atraviesa con sonrisa el animado Azoguejo:

¿qué verán los perspicaces ojos de su corazón?

Por la apetitosa estrechura de Cervantes,

se dan la mano el solaz y el cariño,

lucen esmerados escaparates,

sobreviven legendarios restaurantes

Primero se abre una vista,

y se para el tiempo: 

los hermosos tejados de teja vuelta,

la paz con el aire por ellos corriendo

Luego se descubre la renacentista plaza de Medina del Campo,

con su iglesia de san Martín, su escalinata y su estatua de Juan Bravo:

un pequeño tarro rebosante de belleza,

un rincón espectacular donde los ojos no se cansan de mirar

En tan romántico escenario,

un cantor callejero trenzaba serenos sones

ofreciendo un lindo juego de cuerdas, 

las de su acogedora guitarra y las de su tranquila voz

Y finalmente…, la Mayor Plaza,

escoltada por la magnífica maravilla:

¡oh, la Dama de las Catedrales,

de Segovia faro y guía!

Qué admirable su grandeza, 

qué fina su belleza

 Las acacias a sus pies… ¡tan verdes viven y tan lozanas!

Sus audaces agujas... ¡hacia el cielo se disparan!

Bordeando su majestuosidad y su elegancia,

una estrecha calle

baja cual río de la montaña

para desembocar en un mar de no menor sustancia

Un paseo de flores

de múltiples colores

va haciendo los honores…:

¡al gran Alcázar de los mares!

Cantante su fachada:

¡la torre de Juan segundo!

De tierra y pizarra,

su noble atuendo

La bombonería-confitería Alcázar

bajaba sus persianas…,

mas sus dos Pilares –madre e hija–:

¡no nos negaron sus pequeñas segovianas!

Y nos llevamos, junto a las segovianitas,

unas violetas y unas perlas de limón,

y lo mejor:

¡su acogida, su sabor a familia, su abierto corazón!

Con los regalos para los amados en el zurrón,

sólo quedaba respirar de la gran plaza con el corazón

Sentados los amigos en un pequeño banco…:

la magia de la vida fue su único blanco

Al cobijo de la gran catedral,

tan armoniosas sus fachadas

y su faz tan sonriente:

¡así es casa de tanta gente!

Los turistas, los paseantes, los vecinos,

cuando por ella pasan

pierden la prisa 

besados por su eterna brisa

Se vuelven como los ancianos y los niños:

humanos serenos seres

dedicados sólo a los quereres,

sus miradas pobladas de guiños

Atrás la plaza y el Alcázar,

cruzamos de nuevo el acueducto

con una cesta henchida del nuevo fruto:

Segovia, miel de azahar

¡Hasta la vista!

¡Hasta pronto!

Gracias, Segovia:

hermosa, señora, Segovia

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Sobre el Autor
Imagen de B. Rodríguez

B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.