Seguimos caminando

Foto de Teresa L.C.

Seguimos caminando

La única diferencia entre la traición y la esclavitud radica en la víctima, en la primera, al ser quien actúa, es quien se corrompe; en la segunda es quien la recibe, y seguirá siendo libre siempre.

La Edad de las Tinieblas sigue creciendo. Los sembradores del odio, que antes mataban bajo eufemismos avalados por sus leyes, ahora despliegan sus asesinatos, unos amparados en sus malsanas ideologías y en sus llamadas incompetencias, y otros en sus fines económicos, sociales y antihumanos..., intentando ganar una guerra que perdieron el mismo día en el que vendieron su alma a su soberbia. Y el camino, a punto de estallar en colores primaverales, continúa llenándose de cadáveres, regándose con la sangre de los hombres, plagándose de soledad, lágrimas y angustia.

Desde que hace milenios el hombre surgiera en esta Tierra de las Maravillas, hemos estado aniquilándonos unos a otros, aniquilando nuestras conciencias, aniquilando nuestra verdadera forma de ser, aniquilando la única razón que nos hace volar: hemos usado lo que somos para corromper la belleza del amor, y todo en el santo nombre de la libertad. Jamás la libertad tuvo tanto que ver con el pensamiento de Sartre, de Nietzsche o de Roussau como en estos días.

Y, sin embargo, la luz sigue ahí, cada nuevo día, detras de cada oscuro recodo del camino, en el cielo, en la tierra... y en cada persona que decide seguir abrazando, en cada persona que decide perdonar, en cada uno de los que deciden caminar sabiendo lo que son, sabiendo lo que es la familia, protegiendo la belleza que lleva en sí cada vida humana. Ninguna época ha estado ni más lejos ni mas cerca de Dios y, aunque desde hace ya más de veinte siglo caminemos en el final de nuestros días, viendo cómo las tinieblas se ciernen sobre nosotros, esa luz -que siempre resucita- nos hace resurgir constantemente para que, después de haber sembrado de corazones rotos todos los caminos del mundo y haber regado con su sangre la tierra reseca, dura e inmisericorde de los hombres de mal, lleguemos a recoger lo que los hombres de bien sembraron con sus vidas: la auténtica libertad, la auténtica belleza, la auténtica felicidad.

Esta es la única verdad que existe: aquel que fue cosido a un madero ha sido y es el único hombre que ha traido y sigue trayendo la paz a nuestras almas. El Domingo de Resurrección nos volvió a recordar que en Él sigue estando la victoria. Y toda la historia de la humanidad sigue dándole la razón, por mucho que a muchos les pese, les retuerza las entrañas y les agríe el carácter. La Iglesia de Cristo y de María sigue viva y su fundador -su Luz- camina entre nosotros.


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Aunque el hogar haya sido devorado por la jungla –no por bárbaros salvajes, sino por los monstruos educados y refinados de la sociedad de consumo (cfr. Á. de Silva)–, desde estos ritmos proponemos una revolución: que cada uno se mire a sí mismo y, conocíendose, se acepte; y, aceptándose, se supere. El que quiera cambiar el mundo, que empiece por uno mismo.