Si supieras que respiras

Sara Herrera Caballero

Si supieras que respiras

Mientras fumaba observaba:

Hacia arriba el enorme edificio, ventanas y ventanas tras las que se tumbaban vidas en camas, rodeadas de tubos.

Hacia abajo  colillas y más colillas junto a una señal pintada en el suelo. Prohibido fumar.

Y a mí me rondaba la mente un pensamiento.

Ríos de gente subiendo, bajando escaleras y contando batallas. Que sorprendente. Tanto público como en un centro comercial en hora punta.

 

Qué real es esto para tantísimas almas, y que poca propaganda vende el aceptar esta realidad.

 

Subí a la habitación. Me senté junto a ella.

Finalmente cerró los ojos. Yo pensaba que tardaría menos en dormirse, teniendo en cuenta el pesado cansancio que la aplastaba después de aquella crisis y de aquella noche en vela.

No sólo era aplomo. Su cuerpo no cumplía las funciones con normalidad y, aunque llevaba meses sin hacerlo, aquel estallido de debilidad rompió de nuevo la frágil estabilidad emocional que había construido tras varios días de mejora. Por un momento, todos los órganos de su cuerpo se rindieron después de tanto pelear y sé desplomaron. El sentir que te apagas y tus células avisan del derrumbamiento. Nada grave. Nada fácil.

Yo seguía observando.

Aquella mujer se parecía muy poco a lo que yo había visto en las pantallas toda mi vida. Poco tenían que ver con los retratos de chicas, aparentemente sufridas, bien por desamor o bien por sin sentidos. Esos retratos a acuarelas y carboncillo que se convertían en vírales y se inundaban de likes. ¿Por qué la mujer que tenía delante no estaba acompañada de un séquito de seguidores en instagram? Siendo tan fuerte, tan realmente consciente de la vida y sus vaivenes, no era premiada con un grupo de fans.

 

Qué real es esto para tantísimas almas, y que poca propaganda vende el aceptar esta realidad.

 

Lo cierto es que es más fácil alienarse. Nadie quiere reconocer que tarde o temprano llegará su momento de prueba. Y qué culpa tienen los receptores del mensaje, si los medios bombardean con necesidades absurdas de éxito y belleza inalcanzables.

Quizá me alegro de los ríos de personas que transitaban el hospital. No toda la vida vive un hombre eludiendo la enfermedad, y no nos engañemos, por que no nos hace daño ser sensibles a nuestra naturaleza mortal.

 

Qué real es esto para tantísimas almas, y que poca propaganda vende el aceptar esta realidad.

 

Y con seguridad me alegro de estar viviendo con ella todo este trago difícil de tragar.

Aprender. Aterrizar.

No me extrañaría verme después de un tiempo, quizás años, quizás días, en una situación similar.

Mi vida entera tumbada en una cama y tubos, dolor y cables rodeando mi cuerpo sin fuerzas ni ganas. Días o años hasta que eso llegue, que más da. Seguro que en el momento, esos años y días se me antojarán un pestañear.

No todos pueden observar, yo observo.

Me vuelvo a sorprender de que ciertamente estoy más cerca de ser atendida por auxiliares gracias a cualquier tipo de enfermedad, que de llegar a desfilar como top model o de ser referente mediático por mis encantos y virtudes.  Y me sorprendo de ser tan idiota, de no saborear lo que ya pruebo, que ciertamente, por mucho que las corrientes lo nieguen, bien merece la pena saborear.

¡Con la belleza que YA brota de lo que estamos recibiendo!

Quien supiera ser fue a lo que ahora tiene. Quien entendiera con toda su profundidad, que se puede ser feliz sin ganas y en la habitación de un hospital. Quien tuviera por trabajo fácil huir de expectativas de perfección inalcanzable, reconociendo que solo trae desastres y desencanto y nada más.

Y a mí me seguía rondando aquel punzante pensamiento...

 

Qué real es esto para tantísimas almas, y que poca propaganda destinada a aceptar que esta es su verdadera realidad.

 

 

 

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Sobre el Autor

S. Herrera

Sara Herrero Caballero, española, natural de Lucena, es escritora y humanista. Le encanta el arte: el dibujo, la música, la moda... Disfruta con la buena conversación y la buena lectura.