Siempre juntos

Fotode BCR
Destacados: 
  • Una nueva fresca y sorprendente me trae presto y gozoso a prender una nueva página brillante: ¡mi amigo Rafita se ha llenado de gloria, de fortaleza, de plenitud, de belleza…, ha atravesado la frontera entre la Tierra y el Cielo para gozar a fondo y ad eternum!
  • Prudencia y respeto, sí. Y toda la alegría del Mundo y toda la fuerza del cariño, claro está. Lo que, sobre todo, me suscitó ilusión por conocerle fue lo de “un hombre bueno”: me encanta la Luz.
  • Rafita fue un modelo del verdadero éxito, un caballero de la real felicidad: dejándose abrazar y abrazando, fue avanzando y avanzando –a veces andando, a veces a trote y a veces cabalgando–, todo obstáculo venciendo, hasta llegar, por fin, a del todo curar.
     

Siempre juntos

Una nueva fresca y sorprendente me trae presto y gozoso a prender una nueva página brillante: ¡mi amigo Rafita se ha llenado de gloria, de fortaleza, de plenitud, de belleza…, ha atravesado la frontera entre la Tierra y el Cielo para gozar a fondo y ad eternum!.

Esta historia –la historia de dos amigos: los que caminan al lado– comenzó cuando un compañero de la residencia me dijo que había llegado un hombre bueno a la enfermería y añadió –entre con pena y resignación por su situación– que le faltaban las dos piernas. Yo, pena ninguna y resignación tampoco –tengo un amigo paralítico cerebral que no necesita sus piernas para sonreír profunda y desbordantemente–, y el morbo para los mediocres. Prudencia y respeto, sí. Y toda la alegría del Mundo y toda la fuerza del cariño, claro está. Lo que, sobre todo, me suscitó ilusión por conocerle fue lo de “un hombre bueno”: me encanta la Luz.

Con esa ilusión, en cuanto pude, me acerqué a aquella cama que fue su casa la mitad de cada uno de sus últimos días, me acerqué a Rafita. Me presenté, me alegré por la nueva presencia y le hice saber que estaba con él, a su lado. Esos días no se encontraba bien, algunas complicaciones le traían intenso malestar, pero no obstante los dolores, aquel hombre, efectivamente, reflejaba bondad; y con ella, esperanza y saber estar, paz. Pasaron las complicaciones sumadas a su ya de por sí delicada situación y pronto se calmó. Y cada una de las tardes que a él arribé: él brilló y brilló y brilló…

Poco a poco, como las cositas buenas de esta vida, fuimos tratándonos y ganando confianza, sabiendo ambos –miradas francas que todo lo aclaran– que ya éramos amigos, que habíamos sido mutuamente regalados en esas etapas de nuestras vidas para caminar juntos, para gozar juntos, para sanar juntos. ¡Y vaya si lo hicimos, vaya silenciosa gran fiesta montamos!. 

Los dos, como dos buenos payasos, nos intercambiamos bromas, muecas e ingenios. Y como dos buenos payasos, sonreímos hondamente cada vez. Como dos buenos gustadores de las letras, las compartimos con pasión –yo escribiéndolas y dedicándoselas con formidable ilusión y él recibiéndolas y agradeciéndolas con gusto y sinceridad–. Como dos buenos contempladores, compartimos vivencias y sorpresas ordinarias; corrimos la cortina y respiramos esperanza –iniciativa de Rafita– a través del estival verdor, la forma y la magia de aquel alto fresno que se yergue tras la ventanita de la enfermería. Y sobre todo, como dos buenos amigos, nos abrazamos cada día –cada momento– como si fuéramos uno –la amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas. Cfr. Aristóteles–, transmitiéndonos la poderosa e inmortal alegría que late en el centro de nuestro ser y que nos une y nos sustenta, haciéndonos crecer y crecer, vivir bien, juntos, disfrutando. 

Y así vivimos, muy bien, cansados pero contentos, tarde tras tarde, caricia tras caricia: miradas, palabras, guiños, susurros, exclamaciones, agradecimientos, sonrisa, abrazo… Así todos los días –los que me tocaba librar, también: yo le decía que estaba distinta pero realmente a su lado, y Rafa asentía con la sabiduría y sencillez de un niño– hasta el 28 de septiembre –fiesta de san Lorenzo Ruiz de Manila y quince compañeros mártires y san Wenceslao rey de Bohemia– de 2018: hasta su triunfal marcha, hasta su ausencia de toda dolencia y mancha. 

Rafita fue un modelo del verdadero éxito, un caballero de la real felicidad: dejándose abrazar y abrazando, fue avanzando y avanzando –a veces andando, a veces a trote y a veces cabalgando–, todo obstáculo venciendo, hasta llegar, por fin, a del todo curar. 

Si se puede seguir caminando y además con sonrisa en esta Tierra tan herida de tanto mal, es gracias a personas como Rafa: que eligen creer en lugar de abandonarse, esperar en lugar de claudicar, la vida y su claridad en lugar de las sombras de la muerte. Muerte que, por cierto, atraviesan apenas rozándola para llegar a la Mejor Vida, aquella cuya esencia eterna es la Alegría. 

¡Tan querido Rafita: baila, baila ya con tus dos nuevas vigorosas y agilísimas piernas, no dejes de bailar a mi lado!.

¡Gracias, amigo, gracias y hasta bien pronto!.

Categoria: 

Sobre el Autor
Imagen de B. Rodríguez

B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.