Sobre el maltrato psicológico

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  • Hay personas que nacen de la soledad del mundo, de los sobrantes, donde nadie mira, que dejan los hacedores de esta maquinaria del mal a su paso, de las rebabas deformes de los moldes que los oscuros hechiceros construyen para forzar, engañar, seducir y manipular a los que siempre fueron de Dios. 
  • No conocen la alegría, ni conocen la paz, tan solo alguna desquiciada euforia maníaca y la obsesión.
  • Dicen muchas cosas, porque esta gente, en especial los lobos, suelen hablar mucho ―y mentir aún más―. Pero la evidente y cruda realidad es que se están muriendo.

Cuando no hay abrazo

No se puede sanar sin abrazar, no se puede abrazar sin amar: el abrazo sin amor duele, separa, pica y da asco. Es como el beso de Judas...

D. Luengo, Historia de un alma rota.

Hay personas que nacen de la soledad del mundo, de los sobrantes, donde nadie mira, que dejan los hacedores de esta maquinaria del mal a su paso, de las rebabas deformes de los moldes que los oscuros hechiceros construyen para forzar, engañar, seducir y manipular a los que siempre fueron de Dios. 

Olvidados…, ni si quiera los malos tienen interés en poseerlos. Estas personas, nacen ya en una enorme ausencia de venganza, en una indiferencia absoluta ante las injusticias, en un deshonor que solo aprecia una fama desraizada, en la envidia, en definitiva, en la ausencia de hogar. Algunos no, algunos son malos y punto, sin ninguna justificación, sino a base de soberbia y profanación; pero nunca podremos juzgar realmente al que tenemos en frente pues no conocemos sus carencias. Por ejemplo, nada como un padre ausente o desconocido y una madre que ni se ama, ni se respeta, para que un niño se vuelva, por la elocuente definición coloquial, un verdadero hijo de puta. Aprenden desde niños que nadie va a velar por ellos, incluso que lo normal es no hacerse valer y que, de hecho, el mayor poder se encuentra en saber utilizar sus ausencias ―y no su dignidad― para reclamar lo que quieren dando pena. Pero quieren tan poco… desconocen tanto la esperanza y la verdadera ambición, y su camino es tan falso y mediocre que quedan, desde su maldita infancia, abocados a la mayor pusilanimidad; son como Gollum, mirando por siglos su ridículo tesoro: una especie de demonios de su pequeño infierno.

No conocen la alegría, ni conocen la paz, tan solo alguna desquiciada euforia maníaca y la obsesión. El victimismo de dignificarse en las ausencias es su mayor virtud, mendigar la adulación del otro es su único trabajo. Solo saben hacerse daño para dar pena y conseguir favores a cambio: su religión son ellos mismos, y también ellos su sacerdote, su altar y su propio sacrificio, cada vez más vacío porque cada vez mueren un poco más a causa de su macabro método de redención. Con el paso del tiempo se van apocando y, si no se ven despreciados por quienes los rodean, no habrá dudas de que tomarán poder y terminarán absorbiendo y poseyendo a los que permanezcan a su lado. Pues estos infantiloides han quedado atrapados en la profunda inmadurez de nunca haber desarrollado esas vías físicas de la empatía, sus vías naturales para reflejar en nosotros al otro, cuando más ajeno les es aún el adulto valor para entregarse sobrenaturalmente. Es lo que sucede cuando un ser diminuto, envidioso y escuálido se cree dios, que se convierte y trata de convertir a todos en sacerdotes de él mismo.

Aparecen en el panorama otro tipo de personas, las que se dejan secuestrar por sus penas y sus teatros. En principio son personas buenas, de hecho, suelen ser demasiado buenas, de las que se entregan sin reservas para vivir en el otro y ayudar siempre al amigo, pero que muchas veces se olvidan de quererse a sí mismas y otras muchas son débiles en prudencia y en saber defenderse por su niñez o su inocencia. Nuestra mayor virtud será, también a veces, nuestro mayor defecto. Y es que estos vampiros saben cómo invertir todo bien para buscar la debilidad; y así saben ver muy bien a quienes chupar la sangre: a aquellos que son débiles pero jugosos. Bien listo ha sido siempre el lobo que acecha a los corderos.

De qué forma tan sutil y delicada empiezan sus maltratos. Nada como la constante adulación para esclavizar a alguien con poca autoestima. Cuando te quieres dar cuenta les estas vendiendo tu cuerpo y tu alma, y por miedo a que se enfaden. Idolatrándolo con las constantes adulaciones y compasiones ―ahora las tornas han cambiado: los halagos siempre van para ellos y los insultos para las víctimas―; estas acaban defendiendo todas sus causas y siguiéndolos allá donde vayan con un amor que llaman eterno (más bien es esclavo o fanático). Al principio no, al principio todo es idílico, romántico, dramáticamente irresistible, encantador ―ciertamente parece un encantamiento hacia la víctima embrujada de su amor― y con aquella sensación de haber encontrado la mayor amistad o aquella media naranja. Pero la prisionera víctima de su hechizo nunca dejó de tener cierto regusto mesiánico por la constante exaltación hacia la otra persona: como cierto salvador que nos está instruyendo en el bien ―su bien― y en lo que realmente queremos

Pero tampoco hay nada como enseñar y seducir hacia el pomposo camino de mal para luego acusar y culpabilizar al otro de sus pecados y dejar la dignidad y la libertad de la persona por los suelos. Tras esto, vuelven al afecto y a la adulación, para volver a tentar y, otra vez, acusarla del mal que ha hecho. Incluso del que han hecho ellos con sentencias como: tú me has hecho así; has sido tú quien ha convertido esta relación en veneno.

Y otra de sus armas: nada como alternar en lo secreto varias víctimas para aparentar la fortaleza de no necesitar ninguna; desapareciendo de vez en cuando, en este alternar, y dejando gustar por turnos a cada una la profunda soledad del mal, hasta que desean con todas las fuerzas su abrazo que les consuele; abrazo que, si llega, nunca será revivificador sino sentimentaloide y sexual. 

Son muchos los oscuros males de los que se pueden servir estos indeseables. Nada como eliminar el pudor y la modestia para herir la intimidad y anestesiar la piel sangrante; tampoco hay nada como ser el mayor confidente para conocer los pecados de los que acusar al otro. Nada como penetrar en la familia y envenenarla desde dentro para dejar a los individuos solos y completamente manipulables. Nada como alejar a alguien de su hogar para dejarlo náufrago y vagabundo. Nada como el acoso, frecuentar lugares de paso o hacerse el encontradizo para enquistar la obsesión y el agotamiento. Nada como dejar la huella del mal en la historia personal para estigmatizarle un pasado inaceptable y escandaloso. Tampoco hay nada como un futuro aterrado de las consecuencias que todo dios enano y vengador acarrearía. Nada como perder el pasado y el futuro para quedar esclavizado al presente y que trascender se vuelva insoportable. Nada como decir que el fin o la buena intención justifican los medios para abrir todas las puertas a lo descrito. Y absolutamente nada como sembrar la nada en un alma para dejarla insensible y ausente.

Estos alegres y bellísimos corderos se van afeando, se van consumiendo y se descubren saltando continuamente de la mano del lobo hacia el acantilado de su enfermizo ritual de muerte, diciendo cosas como que tienen fe en la otra persona, que solo están confiando y esperando en Dios ―porque acostumbran a meter a Dios en esto―, que hay que amar con locura y dar la vida por el otro, que si hay amor no hay límites, que la misericordia es lo más importante y siempre hay que perdonar, que la venganza es mala, que han hecho cosas mal pero que donde abundó el pecado sobreabundó la gracia y que soportar su sufrimiento juntos será una prueba de fuego para construir un amor eterno. Dicen muchas cosas, porque esta gente, en especial los lobos, suelen hablar mucho ―y mentir aún más―. Pero la evidente y cruda realidad es que se están muriendo.

Con el tiempo, la víctima se va apocando, se va olvidando se sí misma y hasta de su propio nombre. Y lo peor y más descorazonador es que, tras estas diabólicas consagraciones, aquella oveja tan buena y bella, casi demasiado buena si no fuera por su entrañable inocencia, con el paso del tiempo se va oscureciendo y se va volviendo lobo. Porque toda víctima se acaba tornando en verdugo, se vuelve cazador para dejar de ser presa: quien ha sido maltratado tenderá a maltratar.

Por eso diría, más bien: donde abundó el pecado sobreabundó la mierda hasta arrepentirse y curarse con la gracia. Mucha gracia, la que será necesaria para llenar tanto mal. Gracia que se dará a quien lo necesite (ahora sí), no sin esfuerzo personal, y porque en la vida acontecen estos milagros así de buenos, porque en la vida real ―no el mundo paranoico que construyen estos neuróticos y hasta psicóticos― la luz siempre vence la oscuridad, una sonrisa calma toda una tempestad, una amable caricia puede sanar cualquier tristeza y algo tan sencillo como un abrazo puede hacer resucitar. 

No entienden que el tamaño del bien ―como el del hombre― es mucho mayor en tiempo que en el espacio, ni que lo bueno es mucho más grande por dentro que por fuera. Se necesita mucho bien para curar mucho mal, pero este bien suele tener una apariencia bastante sencilla. La vida en sí es sencilla: lo único verdaderamente duro es reconocer que siempre fue mucho más fácil hacer el bien que hacer el mal.

El problema viene cuando, poniendo barreras a la luz, la transformamos en un foco que la proyecta brillante hacia un solo lugar y la manipula hacia donde los malos quieren que alumbre, oscureciendo todo lo demás; el problema es cuando transformamos la sonrisa en coqueteo, la caricia en una sobada, y los abrazos en magreo y acabamos maltratando incluso en lo que da esperanza.

De la misma manera, la deformación de los hábitos buenos envicia lo que podrían ser virtudes y encuentros. De entre estas, me gusta decir que el whisky enseña a esperar, que las personas enseñan a confiar, que la familia enseña a amar, que el trabajo enseña a servir, que el sexo sirve para unir amorosamente a los esposos, que la palabra une y toca a las personas, que la ética es un faro orientado al bien, que el buen arte lleva a la belleza, y que el arte de estudiar lleva a la verdad. Pero cuando el punto medio se vuelve, en su lugar, mediocre, se acaba generando hombres que pierden la cordura cuando beben, personas que solo ven en los demás objetos para su satisfacción, hijos o padres o madres que se sirven de la familia para ser amados sin amar, trabajadores esclavos de su trabajo, salidos que en el sexo solo saben utilizar a los demás para masturbarse, personas cuya palabra ya no vale una mierda tras tanto herir y manipular, moralistas que solo ven la ley como un instrumento para culpabilizase o culpabilizar a los demás, habilidosos artistas con enorme afán por hacer pero enfermos de un sentimentalismo que volverá locos a quienes contemplen su arte, y, por último, sofistas que cuando estudian atienden mucho antes a argumentos para justificar sus malas intenciones que a las honestas y crudas verdades con las que se encuentren.

Sin orden en las virtudes humanas la fe se transforma en fanatismo, el amor se transforma en sexo, y la esperanza se pierde (D. Luengo). Las virtudes no se aprenden en abstracto, hay que buscar a las personas que las posean para poder aprenderlas, como decía Fernando Savater, y no le faltaba razón porque la mayor enseñanza para el hombre siempre es el ejemplo. En esto, igual que pasa con las virtudes pasa con los vicios: se aprenden mejor con el ejemplo. Por esto el mayor maltrato psíquico que pueden ejercer estos retorcidos es la hipocresía: el claro y consciente desprendimiento del bien y de la verdad que acaban de predicar y que exigen a los demás. No hay mal más agravado que el que, fríamente, se reconoce como tal mientras se está realizando. Es este el mejor modo de sembrar la angustia en la conciencia para desgarrarla del alma.

La histeria, la impaciencia, la megalomanía, la frivolidad, el puritanismo, el miedo, el buenismo, el relativismo, la falta de imaginación, de sentido común y la profunda falta de amor hacen que estos pobres diablos ―y cuántas tristes veces muchos de nosotros― desconfiemos del enorme poder del bien sobre el mal, creyendo que se necesiten grandes prodigios para mantener el mal a ralla y, desquiciados, nos lanzamos a extremar nuestros comportamientos en el vicio frente al templado equilibrio de la virtud. Maltratadores y maltratados van apuntalando poco a poco todas las puertas a la comunicación con el otro y con uno mismo, cerrándose al amor, hasta convertirse en auténticos seres aislados. Ya no sienten en sus carnes el dolor o la felicidad ajena; ya no viven en el otro. Sus emociones se empobrecen hasta quedarse solos y su amor aún más. La mayor ausencia de un hombre siempre será, por un lado, el egoísmo, la desconfianza y la desesperanza, y, por otro, la ausencia de vías para el desarrollo de la vida interior: tanto las que acceden a nosotros mismos como las que acceden al otro.

Pero no importa, hay muchas vías para llegar al interior ―tanto al nuestro como al de los demás― y tan naturales y sencillas que para estos pazguatos, con su enorme carencia de inteligencia y su enferma histeria cegadora, habrán pasado en su mayoría inadvertidas, impidiendo que las destruyan por entero. Nunca entenderán que la esperanza y la fe siempre se pueden recuperar y que el amor es una virtud que crece en nuestro interior, no en el exterior que ellos manipulan. No terminan de entender el bien y por ello nunca podrán destruirlo por completo. No se ama lo que no se conoce. El mal suele vencer en este mundo, pero el bien acostumbra aún más a superarlo, como si siempre encontrara una inesperada forma de volver a la vida. Todo tiene cura si se sabe esperar. La única real desesperanza para los malos es que no quieran dejar de serlo (aunque acostumbran bastante a ello). Y aquellos corderos tan bonitos, que se fueron de nuestro lado sin ser echados, si realmente eran buenos, aún renacerán del barro de sus cenizas y sus lágrimas en un pequeño momento de esperanza y volverán sin ser llamados; porque se pilla antes a un mentiroso que a un cojo y porque en su interior siempre conservarán la capacidad de dejar de ignorar la verdad, de pedir la ayuda que necesiten y de mandarlos al abismo del que salieron y, así, de revivir la paz y la alegría que su rostro estaba guardando tras su antiguo nombre.

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Sobre el Autor
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JC. Beato

Nací en julio del 95 en Lucena (Córdoba), soy el mayor de diez –cinco en la Tierra y cinco en el Cielo–. Estudio psicología en la UCAM, máster en Orientación y Formación de personas especialista en discapacidad en uBLC y guitarra clásica en el Conservatorio de Música de Murcia. Lo que más me gusta es formar belleza y he descubierto que la mayor que se pueda llegar a ver es formando personas.