Soliloquio antes de dormir

Cuadro de Raquel Luengo

Soliloquio antes de dormir

Dios mío. Apenas soy capaz de ver nada, y aun así me dejas entrever que me cuidas con cariño. Y sigo apelando a Ti: “¿No te importa que perezcamos?” (Mt 4, 38).

Eso me separa de Ti. Sé que eres capaz de increpar a las olas y callar la tempestad. Lo que dudo es que quieras hacerlo por mí. Y  eso definitivamente es lo que me separa de Ti.

Luego está la otra parte. Porque, sí, Tu equilibraste el juego desde el principio (mi principio) aunque a mí no me guste jugar así. Me diste ruedas con las que podría llegar a convertirme en un monstruo y también incorporaste los frenos. Capacitada para llegar rodando al cielo y equipada para poder frenar, con mi libertad, Tu proyecto de mujer cristiana para conmigo.

Una de estas virtudes-cruces es la sensibilidad, y la verdad es que, aunque el demonio se empeñe en usarla en mi contra con mucha versatilidad y verosimilitud (siempre aparente), observo que desde su estado natural, la sensibilidad, siempre acaba conduciéndome a Dios.

Ted (Theodore Kaczynski) llegó a ser condenado a cumplir cuatro cadenas perpetuas y 30 años adicionales consecutivos en una prisión de máxima seguridad. En un cuarto totalmente cerrado, sin interacción social ni contacto con alguna realidad exterior.

Así "se hizo justicia" respecto a varios ataques terroristas y asesinatos que Ted llevó a cabo buscando justicia a raíz de lo que sufrió en su niñez y, sobre todo, adolescencia. “Ajustició y fue ajusticiado”. ¿Cómo llegó aquel niño a convertirse en un asesino poseído y esclavizado por la rabia? ¿Cómo llegó a convencerse de que era lo correcto, enviar su mensaje de esa manera?

Conozco vidas, cercanas a mí, marcadas por acontecimientos de sufrimiento que no pudieron controlar. No eran culpables de ello, pero lo sufrieron. He visto reacciones humanas rozar la demencia y pasar impunes por la historia concreta de personas, insisto, cercanas a mí. Y en mi vida también.

Pero vienen de alguna parte.

Un niño malcriado no tiene la culpa de que sus tutores sean negligentes. Y eso condiciona toda su vida. Y probablemente el padre de ese niño no tenía culpa de haber crecido en una familia rota o sin recursos económicos. Ese chico superdotado no se buscó su limitada inteligencia emocional, aunque eso siempre le impidió relacionarse de forma sana con los demás. La chica que ves llorando convencida de que nadie la quiere, no merecía que de niña su tío abusara sexualmente de ella.

A veces las dificultades son el impulso perfecto para hacernos mejores personas. Pueden ayudar a discernir el bien del mal. Pueden hacer valorar lo bueno de la vida. Pueden dar resultados magníficos si se desafían a nivel personal. Y son el mejor incentivo para querer a quienes también sufren o han sufrido.

Pero también está la otra cara de la moneda.

Lamentablemente es muy probable que tiendan a creer que lo justo es que devuelvan el mal que injustamente recibieron. Puede que acaben en la cárcel, o muertos en una trifulca sin sentido, o pierdan el juicio. Pagando así otro mal que ellos cometieron y que no consiguió consolar su rabia.

Y ahí entra el despreciable. El acusador. Quien retuerce sus entrañas y que disfraza sus mentiras y torturas de amarga esperanza. Quien les restriega que son unos inadaptados o que son unos lujuriosos o violentos. Todo ello para llegar a la conclusión mas asesina de todas las ideas que pueden invadir un corazón. “Dios es el culpable, el malvado. El lo permitió". “¿No te importa que perezcamos? si es que existe, claro.”

El hombre, diseñado para embriagarse del amor infinito de Dios, se encierra en la desesperanza. No quiero parecer pesimista. El mundo está lleno de actos de amor y Dios no es ajeno a todo este mal. Actúa y renueva la bondad y ama y consuela y conforta los corazones. Pero quiero centrarme en estos aspectos de la vida. Porque, como he dicho, soy una persona sensible y el sufrimiento de estas personas me ha impactado seriamente.  

Gran misterio.

Y la cadena continua. Inocentes perdiendo su inocencia. Y, no se equivoquen, el inocente no es un enajenado que no es capaz de ver el mal: es QUIEN NO COMETIÓ CULPA ALGUNA.

Jesucristo fue el cortafuegos que asumió voluntariamente frenar esta cadena del mal. El inocente que asumió todas nuestras culpas, SIN PEDIR CUENTAS. Es mas, SALDANDO GENEROSAMENTE TODAS LAS DEUDAS. Mis deudas. ¿Cómo ser pesimista con tan enorme acto de amor y Dios mismo abogando por nosotros y compadeciéndose de nuestro sufrimiento?

Que lindo discurso… y sabiendo lo que sé, aun me descubro con abrumadora frecuencia pidiendo cuentas a Dios de mi vida. ¡Yo! ¡A El! Esto es precisamente lo que me ha conmocionado, tras pararme a pensar en el sufrimiento de quienes viven un infierno porque, con una vida así “¿quién puede quererles?”. Me conmociona por que yo sí que he conocido el amor y lo he observado en su belleza, el perdón, el don de sí, la paz… Yo sí que he tenido la oportunidad de abrazar con alegría mi vida pasada y verla perfecta incluso en sus mas terribles momentos. Por que yo he sido ayudada, escuchada, comprendida, querida e instruida. Por que no solo se trata de que te amen. Si no eres capaz de darte cuenta de ese amor, será como si a nadie le importaras (en revertir la realidad de ese modo es experto el diablo).

Por eso quería dejar constancia de mis reflexiones, porque todo esto me ha abierto los ojos a mi vocación, a mi motivación, a mi “esto sí merece la pena”. Sé que Dios me llama a esto. Tiene que ser para esto. Esta es mi misión. Todo este amor y toda esta sabiduría que se me ha dado sin yo haber merecido nada parecido. El saber que la cadena del mal se corta si alguien absorbe los golpes y devuelve un bien. El sentir que cargar con los pecados de un hombre le puede salvar del infierno en vida. TODO ESTO DEBERÍA PONERME EN MOVIMIENTO. Y de hecho, así es.

Aunque siga siendo yo. Aunque siga combatiendo con mis mierdas, mis limitaciones y mis tentaciones, o lo que es peor, me revuelque en ellas como un cochino en el barro. Aunque mi vida presente se me antoje un fracaso deprimente. Aunque aun cuestione a mi Padre por no entender su pedagogía conmigo. El me ha mostrado un bosquejo de para que me hace pasar por todo esto. Para querer a los que no se sienten queridos, a los asesinos, a los locos, a los violadores, a los drogadictos. Para querer a cualquiera, porque todos escondemos un asesino en potencia, un violador, un terrorista que quiere imponer a la fuerza sus nobles “verdades”. Para perdonar a los que no encuentran perdón en la sociedad. Tal y como Dios ha perdonado mi desprecio mil veces cada día de mi vida. Si Dios se valiera de mí para salvar una sola vida, una sola alma…

Esto parece quedarme gigante. ¡Qué miedo! Yo… apática, falta de ilusiones y esperanzas. Me conmuevo de pensar todo esto. Por mi maldita vida no daría un “duro”, pero que Dios me ayude, por que realmente he encontrado un impulso que me mueve.

 Y es que a mí lo que me separa de ser una asesina es vislumbrar el amor de Dios. No puedo mirar a los demás como si no sufrieran, como si no sintieran el desprecio, la indiferencia o no percibieran mi atención o afecto. No puedo, sabiendo que esa tontería contribuye a su percepción del mundo y de Dios.

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Sobre el Autor

S. Herrera

Sara Herrero Caballero, española, natural de Lucena, es escritora y humanista. Le encanta el arte: el dibujo, la música, la moda... Disfruta con la buena conversación y la buena lectura.