Tierra Santa

Tierra Santa, by Borja Campos
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  • Recién acabo de saborear la oportunidad de viajar a la llamada Tierra Santa, la tierra que Dios eligió para hacerse Hombre; de peregrinar, más concretamente –que para eso soy católico–.
  • Para terminar le di las gracias y le dije: “has sido lo mejor que me ha ocurrido en este viaje, el mayor regalo”. Heidar, que durante la conversación no dejó de escucharme y mirarme francamente a los ojos, me dijo: “gracias, habibi”.
  • El pedazo de sabiduría que he consolidado en este viaje es que la Tierra Santa es el hogar donde vive el Abrazo: cada Sagrario y cada corazón de puertas abiertas.

Tierra Santa

A Heidar: gracias por tu preciosa lucha

Recién acabo de saborear la oportunidad de viajar a la llamada Tierra Santa, la tierra que Dios eligió para hacerse Hombre; de peregrinar, más concretamente –que para eso soy católico–. Como en cada una de las peregrinaciones que se me ha regalado hacer, partí con el entusiasta deseo de abrir más los brazos y el corazón, de hacer menguar el egoísmo y la mediocridad propios, de dejarme abrazar para abrazar más. 

No había querido investigar acerca del cuadro que me iba a encontrar, qué mejor que dejarse sorprender. Intuía que los paisajes no serían muy ricos, pero no imaginaba la estampa que encontré: ciudades y poblaciones de casas desalmadas, basura y chatarra por doquier y kilómetros de tierras áridas. El paisaje es inhóspito, opresivo, pegajoso, salvando algunos oasis –la belleza siempre se abre paso– como el colorido valle del Jordán, el contraste del azul del lago Genesaret y el violáceo de los altos del Golán, la fértil llanura de Esdrelón, las plantaciones de palmeras, mangos, olivos y otros frutales, la alegría de las variopintas buganvillas y otras exóticas flores, las iglesias de estilo occidental construidas en los lugares santos, algunas vistas en Jerusalén y en Tel-Aviv.

No respira el cuadro cuando te mezclas con las gentes que habitan el país; aunque no vuelen balas –en este momento–, la tensión y la crudeza de corazón se mastica en el ambiente. Sin embargo, así como las flores brotan en los desiertos, las personas buenas surgen en las tierras beligerantes.

Siempre que visito países extranjeros, estoy abierto y atento a la oportunidad de conocer a los oriundos del lugar. En esta aventura, surgió el encuentro en el hotel de Jerusalén. En Nasser –árabe, de Ramala– encontré la primera sonrisa autóctona, la primera mirada acogedora y la primera bienvenida desde que aterricé. Con él y con su colega pude departir gratamente un rato. Y en los siguientes días, al pasar por recepción, compartimos saludos, sonrisas y pensamientos, paseando a gusto por el universo personal. En otra ocasión, se unió a la charla una compañera suya, con la que intercambiaría también, más adelante, sonrisas y bromas. El último día, nos deseamos buen camino y espontáneamente nos dimos un abrazo, que vino acompañado, de su parte, por una expresión, doblemente repetida, que he descubierto, felizmente, en este viaje: “habibi”.

Habibi es una palabra de origen árabe cuyo significado literal es el de “mi amado”. La forma femenina de la palabra habibi es habibati –“mi amada”. Ambas formas sirven para expresar el cariño y la amistad entre las personas. Así se llaman padres e hijos, abuelos y nietos, esposos y esposas, amigos, amigas.

Y no iba a ser Nasser el único habibi que encontraría. En el comedor, al llegar para nuestra primera cena en el mismo hotel, conocí a Heidar. Al igual que Nasser, me regaló el saludo y la sonrisa amables que poco cuestan y a todos gustan. Saludo y sonrisa que se repitieron y se cuidaron la tarde siguiente, y que fueron preparando el hogar en el que tuvo lugar, en la tercera cena, el gran momento de la peregrinación, la gran conversación, el abrazo total.

Aquella tarde, todo iban a ser sorpresas –los tesoros anhelados iban a ser encontrados–. Completa ya mi bandeja en la primera ronda del buffet –¡el placer de repetir!–, decidí esa noche mezclarme con otras gentes del grupo de 38 que estábamos peregrinando, bailar con la ilusión de visitar nuevos corazones –por entonces, ya me habían sorprendido y hecho gozar Bea, Nacho, Gema, José María, Luz, Gracia, Miguelito, Tomasín…–. Pidiendo permiso con alegría, fui acogido con hospitalidad, en su mesa, por Ángela, Beatriz y Margarita –hijas las dos primeras de la tercera– que, como yo, también son amigas de las sorpresas. 

Qué gusto me dio descubrir a una familia unida y a tres almas despiertas y originales. El tiempo se esfumó mientras dibujamos un arcoíris con nuestros puntos de vista y nuestras impresiones. Supimos que seguíamos en la tierra porque algunos del grupo nos decían adiós, hasta que nos quedamos solos en el salón, que ya habíamos calentado, convertido en casa. Hecho el sosiego, todo estaba listo para la gran sorpresa… 

Heidar, el camarero amable, se acercó y, gracias a la alfombra tendida los días anteriores, se unió a la conversación; poco a poco, nos fue abriendo su corazón. 

Su historia no es fácil –como no lo es cualquier historia auténtica; fáciles son las aparentes por fuera y podridas por dentro–. En estos momentos de su vida, nubes azabaches se ciernen sobre él, si bien –aunque no sea del todo consciente– su sonrisa sigue amaneciendo cada día. Tiene 37 años, es huérfano, viudo, vuelto a casar y sus cinco hijos han muerto –en cinco abortos naturales–. Antes de que falleciera, su madre le quemó tres veces el pasaporte cuando intentó salir del aciago país buscando una tierra donde poder volar; de entre sus hermanos, él fue la fuente económica esclavizada por su madre. Tiene tres trabajos, entre ellos el de camarero en el hotel, al que tarda en llegar desde su casa en Ramala, a 13 kilómetros, unas tres horas. Nos revela el doloroso sentimiento de no tener amigos; muchas veces, ha ayudado a otras personas y, después, le han puesto la zancadilla. Tampoco su dios le ayuda, pues es gigante, inaccesible y amedrentador, está muy lejos y su beneficio sólo llegará en la segunda vida; aquí y ahora, en la batalla de cada día, no le tiende su mano, no le sopla su palabra, no le abre su corazón. Desde joven, ha sabido que la vida es lucha y se ha levantado con coraje y buena voluntad cada día, agradecido de poder hacerlo, mas su corazón está ahora fatigado y su esperanza languidece. Le queda el recuerdo de su padre, que para él “era una estrella”. Habiendo perdido un ojo, Heidar se convirtió en su guía y, desde entonces, compartieron muchos momentos. El viejo hablaba, tranquila y sabiamente, y el joven escuchaba. Pero su padre es pasado, ha muerto y, tal vez, con él sus enseñanzas y su cariño..., ¿o tal vez no?. Así fue como comencé a mostrarle la grandeza de su vida, de su persona, que ahora le es velada:

“El amor recibido –las palabras sinceras, las miradas cercanas, la compañía generosa…– nunca muere: queda grabado a fuego en el corazón. Tu padre está vivo, aunque no le veas, y, por lo tanto, tienes, al menos, un amigo, lo que es una gran riqueza. No estás sólo, nunca lo está el ser humano. La Verdad late, habita en el centro de tu corazón. La Verdad es el Amor y el Amor es más íntimo a ti que tú mismo –san Agustín–, está más cerca de ti que toda esa capa de miedos, desgracia, dolor, desconfianza, desilusión... Dios se ha hecho pequeño, cercano, exactamente a tu medida, hombre como tú, carne de tu carne, siente como tú, lucha y sufre contigo, te mira a los ojos y te escucha, llora contigo, te sonríe y te guiña un ojo, se divierte contigo, te alienta, te da un capón, jamás te da la espalda…: Dios es tu amigo y camina siempre a tu lado –para un musulmán, esto resulta escandaloso–. Todo lo que venga de Dios libera, brinda paz, llena de alegría; lo demás, no viene de Él. Es cierto que la plenitud de la felicidad la alcanzaremos justo en la próxima Vida, pero ha comenzado ya en esta, con ella nacemos y, poco a poco, recibiendo gratuitamente y gratuitamente dando, la vamos conquistando –“la felicidad del Cielo es para los que saben ser felices en la Tierra”, cfr. San Chema–. A veces, la vida se vuelve negra, los colores desaparecen, los caminos se borran, pero siempre aparece y siempre a tiempo, la Mano Amiga que nos levanta y nos guía, la Luz que deshace la Tiniebla. Levántate, camina un paso más, sigue diciendo “sí” a la conciencia, porque, cuando menos lo esperes, la alegría te sobrevendrá en tromba inundando hasta la última fibra de tu espíritu y de tus huesos, hasta el último de tus pensamientos, y se prenderá flamante la hoguera de la ilusión, para nunca más ahogarse. No cierres los ojos y los oídos: abre tus ventanas, déjate querer, déjate llenar. Y, sí, busca la oportunidad para dejar atrás esa tierra y arribar a un lugar donde sea más fácil relacionarse y respirar.”

Heidar escuchaba y contenía la emoción. Me dijo “eres el hombre del amor –the love man–“. Le contesté: “claro, eso es lo único importante”. También me preguntó que para qué había hecho Dios este mundo. Le contesté: “por amor, esa es la clave; sin amor, este mundo no tendría sentido.” 

Para terminar le di las gracias y le dije: “has sido lo mejor que me ha ocurrido en este viaje, el mayor regalo”. Heidar, que durante la conversación no dejó de escucharme y mirarme francamente a los ojos, me dijo: “gracias, habibi”. 

Al día siguiente, después de la última cena y atendiendo su petición de una nueva conversación, bajé al comedor para certificar nuestra amistad: “Cada día, estaré a tu lado. Mi lucha es tu lucha, el bien que yo haga, a ti te beneficia, y el que tú hagas, a mí me fortalece. Desde ahora, caminamos siempre juntos. Así, cuando te caigas, tendrás a mano mi mano para tomarla y levantarte, todas las veces que haga falta”. Heidar me miró, me sonrió y nos abrazamos, y supo clara y profundamente, en ese momento, que nunca caminará solo. 

El pedazo de sabiduría que he consolidado en este viaje es que la Tierra Santa es el hogar donde vive el Abrazo: cada Sagrario y cada corazón de puertas abiertas.  

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.