Tragedias cotidianas

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  • Capítulo del libro "Los Crímenes del Esteta y otros relatos, de Luis Ramoneda. Venta en www.fundaciongonzalo.org/tienda y en librerías Troa.
  • Te digo que a mí no me salen las cuentas, me da mala espina: ¿cómo se entiende que, a las siete de la tarde, no dispongan de ninguna cama y que sí tengan a la una de la madrugada?
  • Porque, además, había cometido un error lamentable, un error de aprendiz: con las prisas, me olvidé de coger un libro y las horas de espera, que pude haber aprovechado maravillosamente, se me fueron como testigo de un espectáculo más bien dantesco, qué se le va a hacer, y eso que Madrid no es Calcuta ni Eritrea.

Tragedias cotidianas

a José Carlos Jarque

Te digo que a mí no me salen las cuentas, me da mala espina: ¿cómo se entiende que, a las siete de la tarde, no dispongan de ninguna cama y que sí tengan a la una de la madrugada? Se les habrá muerto alguien –quiera Dios que no le hayan ayudado un poquitín a pasar al otro barrio, como ha ocurrido ya en otras partes– porque lo que está claro es que no van a dar a nadie el alta a estas horas tan intempestivas.

Lo cierto es que, a las cinco de la tarde del lunes, padre comenzó a quejarse y a decir que se encontraba muy mal y a pedirme que lo llevara a urgencias. Intenté hacerme el sordo y darle largas –estaba arreglando una silla del comedor, le prometí a Marta que lo haría antes de que regresara–, pero como padre insistía, por algo es aragonés el pobre, y tampoco las tenía todas conmigo, lo ayudé a vestirse, busqué un taxi, y al Clínico. Nada más entrar en el coche, ya le había cambiado la cara, y eso que hacía un calor de morirse, hasta las moscas sudaban. Pero, al llegar a urgencias, me faltó poco para buscar otro taxi y volver a casa, porque aquello era la Puerta del Sol en Nochevieja, que me han dicho que hubo tal colapso aquel día que salió incluso en Tele Madrid… Pero padre ni rechistar, se sentó en una banqueta de plástico, de esas que se te pegan al trasero y a la espalda y, a los cinco minutos, ya no sabes cómo ponerte, y a esperar, que de allí no lo movía ni un tornado.

Nos llamaron en dos ocasiones para hacerle unas pruebas y a aguardar de nuevo, pero él ni media palabra ni una queja, que parece que el hombre le ha cogido el gusto a la Seguridad Social… Y así dieron las diez y aquello seguía llenándose, y eso que alguien comentó –siempre hay enteradillos en esos sitios– que las urgencias de traumatología (heridos en accidente o en atentados…; asuntos sangrientos, para entendernos) ingresan por otra puerta.

A las diez y pico, llamaron a padre y se presentó una médico morena, muy joven y simpática –parecía un junquillo–, que nos dijo que había que ingresarlo, pero que, como no había camas, tendríamos que aguardar a que quedara alguna libre, que ya nos avisarían, pero que no nos impacientáramos, porque podían tardar. Me dieron ganas de preguntar por el método que utilizaban, pero me contuve, y nos trasladamos a un pasillo a esperar de nuevo. La verdad es que, si miro para atrás, tengo la impresión de que me he pasado la vida guardando colas y esperando; lo malo es que, a veces, sin saber muy bien qué. Porque, además, había cometido un error lamentable, un error de aprendiz: con las prisas, me olvidé de coger un libro y las horas de espera, que pude haber aprovechado maravillosamente, se me fueron como testigo de un espectáculo más bien dantesco, qué se le va a hacer, y eso que Madrid no es Calcuta ni Eritrea.

En el pasillo, la aglomeración era menor que en la sala donde habíamos permanecido antes, pero el panorama no era menos sobrecogedor. Lo primero que me llamó la atención fue una niña sentada en una silla de ruedas: un esqueleto pálido, con una palangana en el regazo, aunque resultaba difícil imaginar que pudiera vomitar algo, porque un palillo a su lado sería obeso. Al fijarme un poco más, me di cuenta de que no era tan niña como me había parecido. Para compensar, al poco rato, una mujer gordísima, acompañada por su marido, se sentó junto a padre. El marido era un culo inquieto, se fijó en seguida en la chica anoréxica y se interesó por ella, allí sola, llorosa, nauseabunda y con los dedos tensos como garras de gavilán. De vez en cuando, el hombre se sentaba y nos daba el parte a su mujer y a mí. Al cabo de un rato, la chica sacó un móvil y llamó con dificultad, entre lloriqueos y suspiros, a su familia; aquello aumentó el interés y la emoción del público, pero la llegada de un fornido rubiales nos distrajo por unos instantes del asunto central del drama. Al rubio, lo acompañaba una sudamericana de ojos saltones y ropa ajustada, como si fuera a reventar. El hombre sudaba hasta por el pelo y decía que se ahogaba. En el mismo pasillo, una enfermera dispuso un aparato y le hizo unas pruebas. La mujer le decía al rubio que su respiración era buena y que por qué estaba tan nervioso, y el rubio insistía en que se ahogaba y en que si lo sabría él y añadió algo sobre unas pastillas que no entendí. Su compañera se mosqueó con la enfermera, no sé por qué razón, pues la mujer estuvo amable y atenta en todo momento, y entonces supimos que el rubio y ella eran marido y mujer. La enfermera –hay que ver la paciencia que tiene esa gente– se metió en un despacho y no tardó en reaparecer con un médico bastante joven, con el pelo ondulado y espeso –de anunció de champú–, que miró al rubio y el aparato, que seguía emitiendo sonidos acompasados, y le dijo que le harían otra prueba, un poco dolorosa. El rubio debió de sentirse despreciado, porque le contestó que si pensaba que a sus treinta y cinco años no le había enseñado la vida a sufrir… El médico no entró al trapo y siguió con su tarea, que no era poca. Pasaron unos minutos y llamaron al rubio para la prueba dolorosa, y su mujer y él desaparecieron de la escena y ya no supimos nada más de su dolencia. En la otra punta del pasillo, una vieja decía a gritos que si se habían olvidado de ella (otra anciana intentaba calmarla) y un vejete orondo, descamisado y gruñón –tenía la pierna tumefacta como un globo rojo y esperaba también una cama– mencionaba al ministro y a algunos de sus parientes a voz en grito. A mí, me dio por pensar en lo paradójico y penoso que resulta que uno nazca a la vida envuelto en pañales –dodotis, dicen ahora– y en orines, y que muera probablemente del mismo modo, si no fallece antes atropellado en plena calle o entre los hierros de un coche.

A todo eso, la anoréxica se puso peor, como si se le nublara la vista y se ahogara, y nuestro vecino, hombre resuelto y generoso, se fue en busca de una enfermera. Vino con tres; todas miraban a la muchacha, pero ninguna hacía nada, salvo ventilarle el rostro con un cartón, hasta que llegó otra enarbolando unos papeles (que allí sin papeles eres hombre muerto). Entonces, supimos que la chica se llamaba Ingrid, para mayor inri. Nuestro vecino se sintió muy satisfecho y no hacía más que hablar de Ingrid por aquí y de Ingrid por allá. Su mujer apenas habría el pico, pero no le quitaba el ojo a su buen marido; doy fe de que actuaba con rectitud y desinterés y, además, tenía móvil. Volvió el mismo médico que atendió al rubio y se llevaron a Ingrid. Padre seguía tranquilo. Le insinué que quizá estaría mejor en casa, pero me dijo que ni hablar, que de allí no lo movía ni Blas, que si no me daba cuenta de que podía morirse… Y yo insultándome por no haber cogido la novela de Maigret que estaba leyendo, que lo de la Biblioteca Popular que han abierto en el barrio es una maravilla: ¡seis horas para la lectura desaprovechadas, en los tiempos apresurados en que me ha tocado vivir: resulta imperdonable!

Trajeron de nuevo a Ingrid y nuestro vecino se levantó en seguida y se acercó a ella. Casi al mismo tiempo, asomaron por la entrada unos rostros dubitativos, que resultaron ser los parientes de la chica. La madre, al verla, se abalanzó sobre ella y la cogió en sus brazos, como si fuera un bebé. Pesar no pesaría mucho más que un mamoncete. Desde luego, ríete de la conquista del Everest sin oxígeno o de la carrera espacial de rusos y americanos…, no hay aventura más grande ni más peligrosa ni más arriesgada ni más incierta ni probablemente más bella y emocionante y, a veces, trágica y dolorosa que traer hijos al mundo, con todo lo que eso supone, digo. ¿Pudo imaginar la madre de Ingrid, cuando estaba en su vientre o cuando era una niñita graciosa y feliz, que su hija terminaría de un modo tan terrible…?

El padre, un hombre fuerte, sanote y de muy buen ver, con aspecto de agricultor, callaba y miraba a su alrededor un tanto cohibido. Con ellos, venía la que debía de ser una hermana de Ingrid, pues se le parecía un poco, aunque, gracias a Dios, tenía un aspecto de lo más saludable. A pesar de que no decía nada, daba la impresión de que no se compadecía mucho de su hermana, y que su mutismo más parecía un reproche a Ingrid por haber caído en tan lamentable estado. Nuestro vecino se levantó, se acercó al padre de la anoréxica y no tardó en llevárselo a un rincón y en pegar la hebra con él. Después, supimos que eran de un pueblo segoviano, pero que Ingrid vivía sola en Aluche con la anorexia… Parecían resignados con la suerte de su hija, cuyo aspecto no presagiaba ningún final dichoso ni muy lejano, me parece. La vida es dura, a veces, no nos engañemos. La madre seguía acunándola y todas las miradas confluían, con más o menos disimulo, en ellas dos. El único que no se enteró mucho fue padre, que hacía la guerra por su cuenta, como en los últimos años, desde los primeros síntomas de la demencia senil que padece, salvo cuando sale a relucir la herencia, que entonces las coge al vuelo, ¡hay que ver!

No sé en qué terminó lo de Ingrid, porque a la una y diez de la madrugada nos llamaron, se presentó un celador con una silla de ruedas y subimos a padre a una habitación de la séptima planta ocupada por otros cinco moribundos, o al menos eso me parecieron, quizá por la nocturnidad del momento. Dejé a padre acostado y salí a la calle, porque había que organizar su atención mientras estuviera hospitalizado. Con las prisas, no había podido llamar a mis hermanos y, para complicarlo un poco más, Marta estaba en Zamora, con Maribel, que iba a dar a luz, y ya sabes que me resisto a tener móvil. Aunque desde mediodía no había probado bocado, no sentía apenas hambre, solo sed, porque hacía un calor asfixiante y pegajoso. Anduve un buen trecho hasta que conseguí parar un taxi. No sé por qué, cuando arrancó, me vinieron de golpe a la cabeza unas palabras que no recuerdo cuándo ni dónde leí o escuché por última vez: “¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?”.

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Sobre el Autor
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L. Ramoneda

Escritor y poeta. Filólogo y apasionado de la buena lectura.