Tres nuevas doncellas

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Tres nuevas doncellas

Sagrario pasaba ya los noventa años y se enteraba bien de las cosas, mejor de lo que aparentaba para el común de los “cuerdos”. Si estaba en el salón de demencia senil-alzheimer era porque en esa residencia se ha decidido que allí van también los que no pueden comer solos, sin ayuda –quedando mutiladas sus posibilidades comunicativas, sus ricas y desconocidas capacidades creativas–. Si fuera por comportamiento, por tono de voz, por saber estar, Sagrario no pintaba mucho allí. Sin embargo, y a pesar de que en ese salón los acicates se reducen prácticamente a los alimentarios –apenas una vez cada 14 días vienen unas buenas mujeres a cantar, a bailar y a animar–, Sagrario jamás se quejaba. Por su rostro desgraciado y su estar silencioso, ni siquiera de las contadas caricias de algunos trabajadores excelentes gozaba; su relación social se limitaba a las visitas y llamadas de su hijo.

Cuando tuve la oportunidad de trabajar en dicha residencia y en dicho salón, me fijé en ella: su serena y silenciosa presencia hablaba de la bondad de su corazón. Rápidamente, quise multiplicar las pocas caricias que le llegaban. Cuando le preguntaba “¿qué tal estás, Sagri?”, abría los ojos, respondía con entusiasmo y devolvía la pregunta; cuando le contestaba yo “muy bien”, sellaba el pequeño radiante diálogo con un sincero “me alegro”. Cuando le decía “buenas tardes y la besaba”, sonreía. Cuando se le había caído alguna de las dos vendas que tenía cogidas con las manos para evitar clavarse las uñas por una agresiva artrosis y se la colocaba, tras aguantar el, a veces, inevitable dolor, me lo agradecía. Sólo un corazón grande y bueno, en medio de ese abandono, es capaz de sonreír, de agradecer y de bien decir. 

Gracias, querida Sagrario: por tu callado ejemplo, por tu magistral lección de vida, por tu corazón azul.

Florita se parecía a Sagrario en el saber estar, en el elegante silencio y en la omisión de quejas. Su salud era frágil, por dentro las piezas fallaban y un lado de su cuerpo sufría parálisis. Probablemente debido a ella, apenas podía hablar, emitiendo murmullos o letras sueltas –“ah”, “oh”–. Mas su presencia era fascinante. Y cada vez que la iba a besar y a saludar: ¡Dios mío, qué poderosa alegría de ojos abiertos, profunda sonrisa y mano cariñosa devolvía, cuánta luz desprendía!. Apenas estuve unos meses a su lado, los suficientes para que sus caricias me empujaran una y otra vez a vivir más enamorado.

Gracias, querida Florita: por tu sencillez, por tu sonrisa, por tanto amor. 

Al poco de conocer a María Esther, su presencia –esos sus ojos de agua sencilla y alegremente pintados, esa su voz dulce y tenue y esa su sonrisa blanca y voladora– me sugirió su sobrenombre: la princesa de la residencia. 

Al salir de una operación, había quedado tetrapléjica. Rondaría los 60 años. Dormía todas las noches en una cama de la enfermería. Durante un tiempo, se me regaló acostarla, y así, pude colarme en su espectacular corazón. Tarde tras tarde, compartíamos unos diez minutos de gloria. Yo llevaba la voz cantante, para animar las conversaciones, y ella contestaba siempre sonriente y enamorada, a menudo emocionada. Eran diez minutos de puro gozo en los que volábamos juntos más allá de esa enfermería, a cielo abierto, por paisajes amenos, junto a personas bonitas... La despedía con un gran beso en su frente y ella, prendido su rostro como una llama, me devolvía el beso y me agradecía el encuentro con unas palabras susurradas tan sencillas como amantes. Qué intensa comunión, qué baile de sonrisas. 

Un detalle sensacional: su esposo Miguel –con el que yo me llevaba bien– es una persona algo seria, algo gris, normalmente atribulada, a la que le cuesta sacar a flote su amabilidad. Y he aquí el milagro: cuando Miguel llegaba al salón y entraba en contacto visual, a distancia, con María, se transformaba absolutamente: ¡qué sonrisa entusiasta, qué rostro enamorado, qué ternura y alegría en la voz y en las palabras!. Al calor de María: su corazón, al instante, reverdecía.

Gracias, María Esther, princesa amiga: por tu escucha, por tu loca alegría, por tu preciosa lucha.

En plena primavera, estas tres mujeres azotadas por la enfermedad, han culminado su camino y han obtenido el premio del perseverante peregrino, han hallado su venturoso destino: ¡ya son hijas de la eterna y verdadera Juventud!.

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.