Una estrella sagrada

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  • A nadie que sea normalmente inteligente se le escapa que todos estamos enfermos: cuando no nos duele el cuerpo, nos duele el corazón.
  • Todos necesitamos ser curados y algunos lo anhelamos profundamente.
  • Esta historia que tengo el honor de animar ahora con mi pluma habla precisamente de esto, de curación, de uno de los preciosos ungüentos que restañan las heridas: la sonrisa.

Una estrella sagrada

–Consuelo Dongil–

A nadie que sea normalmente inteligente se le escapa que todos estamos enfermos: cuando no nos duele el cuerpo, nos duele el corazón. Todos necesitamos ser curados y algunos lo anhelamos profundamente. Esta historia que tengo el honor de animar ahora con mi pluma habla precisamente de esto, de curación, de uno de los preciosos ungüentos que restañan las heridas: la sonrisa. 

En aquella intensa etapa, cruzaba yo cada tarde, a las 15:00, la puerta del salón de seniles donde vivían más de 40 ancianos. Lo hacía, gracias a Dios, sabiendo la grandiosa tarea que tenía entre las manos: cuidar a los más frágiles. Como toda faena importante era costosa, no faltaban los obstáculos: las limitaciones propias del ser humano, el cansancio –convertido muchas veces en agotamiento–, una logística cicatera, las envenenadas zancadillas… Para llevar a cabo aquella misión y que el cuidar no pasara a un segundo plano, cayendo en la deshumanización, era necesario, no sólo llegar bien pertrechado, sino aprovechar cualquier fuente de vida que se ofreciera a lo largo de la tarde... 

Consuelo, sentada en su silla de ruedas, estaba despierta la mayoría de los días: no sólo con los ojos abiertos, sino con todo su ser dispuesto al acontecer. Siempre serena, respirando paz, con el aspecto –a mi singular cómico parecer– de jefa de una noble tribu de indios americanos: mujer de buena cepa había de ser. Providencialmente, estaba colocada cerca de la rampa por la que los auxiliares aterrizábamos en el salón, a propósito de la visita de cualquiera de tres de sus hijos –principalmente y que yo recuerde–, que se turnaban incesantemente para vivir a su lado. Uno de los mejores atajos que encontré en la selva diaria para triunfar en la gran misión fueron los besos: infalible caricia. De manera que, nada más entrar en el salón, en esos 10 minutos de relajo antes del zafarrancho de combate, me dedicaba a repartir besos, a mirar a los ojos, a despertar oídos…: a encontrarme, uno a uno, con cada anciano. Por ser los primeros a los que veía y por atender a los saludos de algunos de ellos, empezaba la ronda por el corro que en esa zona del salón se formaba –tiempo había, a lo largo de la tarde, para hacer el reparto completo–. ¡Qué 10 minutos de gloria, cuánta vida concentrada en esos encuentros efímeros en el tiempo mas eternos en su esencia!. Me detengo ahora, por ser ella la protagonista de estas letras, en Consuelo: ante mi saludo efusivo, mis besos y el piropo oportuno, ¡cómo abría siempre sus ojos vivos, los fijaba en los míos y sonreía plácidamente!, no como una rutina, ¡no!, como un asombro, como la respuesta normal ante el feliz acontecimiento del encuentro. Seguidamente, comenzábamos nuestro pequeño rico diálogo. Yo le preguntaba qué tal estaba, le hacía alguna mueca risueña y le invitaba a disfrutar de la tarde y a esperar la bendita visita de sus hijos –cómo cambiaría el paisaje de las residencias si las familias no olvidaran a sus ancianos, cómo relucirían esos corazones viejos–. Y ella, aparte de otras palabras en su propio divertido lenguaje, siempre me repetía, sin dejar de sonreír, “bonito” o “guapo”, como si yo fuera –que lo era en el nombre del cariño– su amado nieto. ¡Qué cotidiano divino momento, qué verdadera ilusión!. Y, ¡qué flamante sonrisa la suya!: estrella que, cosida a mi alma, alumbraba mis pasos en la batalla vespertina. Tarde tras tarde, Consuelo y yo nos besábamos como dos niños el corazón.

Pasado algún tiempo, dejé de trabajar en esa residencia, y pasado otro tanto más, se me brindó volver a vivir en ese salón por las tardes: ¡y allí me esperaba Consuelo, como si no hubiera pasado el tiempo, para prenderme nuevamente con su estrella!. 

Ese mismo gusto por el cara a cara que tenía ella lo descubrí, después y poco a poco, en esos tres mencionados hijos –Antonio, Consuelo y Pablo–, tan distintos entre ellos y tan hijos de su madre los tres. Y de buenas conversaciones gocé y sigo gozando con ellos. 

En este abril tan extraño y a la vez tan hermoso de 2020, Consuelo ha volado alto, muy alto, tan alto como apuntaba su dulce sonrisa, que brilla como siempre en la memoria de mi piel, pero más preciosa que nunca…

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.