Una gran pasión y unas manos amantes

Foto de Ladislao Sastre
Destacados: 
  • Esta vez, cuando llegué, estaba en la puerta la gran chef. Qué mejor manera de saber que estás donde tienes que estar: su sonrisa, sus besos y el calor bueno, no el del asfalto, sino el del hogar.
  • El rabo de toro, ¡al rojo trote del gozo arriba contado, al galope de su juventud!, nos hizo saber la forma de querer de nuestra española Babette.
  • Nuevamente, con la fuerza de nuestro corazón y la luz de nuestra mente: gracias, maestra.

Una gran pasión y unas manos amantes

Dios los cría y ellos se juntan. En este caso, nos encontramos con María Luisa…: para seguir mejorando este mundo

Esta vez, cuando llegué, estaba en la puerta la gran chef. Qué mejor manera de saber que estás donde tienes que estar: su sonrisa, sus besos y el calor bueno, no el del asfalto, sino el del hogar. 

Esta vez, nos invitaron a la mágica y acogedora sala del fondo, justo a la altura del placentero arroyo, que bien nos vino a bañar y a mitigar los ardores de la capital. El nuevo fresco de donde mana tal arroyo, que anima una de las paredes de la estancia, es atrevido y acertado. Está pintado con gusto, y su cromatismo rezuma vida. Los conjuntos de setas que brotan por la escena hablan de ese mundo que nos apasiona a nuestra anfitriona y a mí: el fascinante mundo de las setas. En torno al arroyo, una arboleda de esperanza sugiere el atardecer que acontece cada día en el mundo que habitamos. La azulada luz vespertina, conforme va saliendo de la penumbra propia de un paisaje como éste selvático, va tomando fuerza y brillo y un dorado poderoso, y termina por desaparecer plena y perenne por el pasillo…; y donde ya no llegan los ojos, sigo yo con la mente y el corazón volando…, y me hago sonrisa y eternidad…, y deseo en grande, muy grande…

Pero de momento, estábamos del pasillo para acá, en vivo y en directo, expectantes, preparados nuestros sentidos para seguir el dibujo con que la Soriana Batuta pinta los platos de riqueza, de grandeza, de belleza.

En dos cuencos elegantes, Julia –que siempre nos trae con su presencia salero y vida buena– nos cantó dos sopas frescas delirantes: gazpacho de fresas y melón. Refrescante, ligero, dulce, frutal, suave, equilibrado, absolutamente maravilloso: ¡un plato de campeón!. Con ingredientes sencillos y un cariño inmenso.

En esta casa, siempre se besa. Por eso, junto al gazpacho, un curado queso y un chorizo de Soria amanecieron sobre la mesa, y también el alma… de Soria y del beso: “¡empezamos con veranito, que os aproveche!”.

Proseguimos, al amable son de esta fabulosa cocina: lomitos de sardina en ensalada. Marinados y suaves como una pluma, sabrosos, perfectamente limpios, aderezados con un piquillo de gallo fino y sencillo –tomate y cebolla– y un gajo de aguacate en sazón. El tipo de bocado que, haciéndose gozo presente en la boca, no quiere ser pasado, que mece el estómago y lo hace sonreír y abrir los brazos para los venideros abrazos.

Otro beso en platito, éste de nuevo de queso, untuoso y delicioso, ahora envuelto en croqueta.

Terminadas las cervezas hidratantes, nos llegó una sorpresa en botella, de verdejo –¡fermentado nueve meses en barrica!–: el Prado Rey 3 barricas, añada del 2009. En la copa, como bien gusta el ojo atento de Julia, luce un precioso tono otoñal –así como húmedo dorado incierto, que diría el Gran Bordón, un oro vivaz y brillante. En su savia, guarda una gran complejidad aromática. Tiene una gran intensidad, y la fermentación en barrica no hace que se impongan los tostados de la madera, sino que regala una sugerente combinación afrutada –con acentos de papaya y otras tropicales– y amaderada, desacostumbrada en los verdejos. Muy acertada Julia, como siempre, con esa pasión por los buenos ríos que alegran los vasos y, como en este caso, las copas.

Animados ya por los entrantes y por el vino, nos tomó la anfitriona de la mano y nos llevó a su tierra, concretamente junto al río. De allí sacó unos cangrejos, y de la fantasía de su chistera una salsa roja para acompañarlos. Excitantes, jugosos, picantes, para no parar de jugar a mojar en la salsa –¡qué salsa, por Dios, sana y brava, con mucha cebolla y mucho fuego… lento,  con ese toque triunfal a hogar!–. Para descubrirse con agradecimiento y sonrisa el sombrero.

Estaba la salsa para recrearse en ella, por eso la dejé para el final. Julia me quiso hacer cosquillas llevándosela y trayéndola, y al fin, María Luisa, que me quiere tanto como ella pero más directamente, sin hacerme perrerías, se la llevó con otra idea…, y nos la trajo de vuelta –envuelta con esa magia que sale de sus manos– coronando a un huevo poché: y aquello corría como el grato arroyo del fresco…, y en la cuchara se volvía todo cariño. 

Seguíamos entonando alegría con los tragos sedosos y elegantes del verdejo.

Y en ese estado de gracia, saltamos al siguiente pescado y a ese tratamiento de la cocina que, cuando es preciso y mimado, ensalza la pieza y el paladar: la trucha escabechada. Frescura y mesura para conseguir un carne viva y sabrosa que se degusta a paso sereno y a golpes de apetito. Una pizca encantadora de pimentón coloreando y estimulando y, concentrados en el tenedor, volamos alto, alto…

Nuevos bríos, visita al espectacular mundo de la caza, sin cambiar el adobo: el jabalí en escabeche. Con la misma puntería de la trucha en el aderezo y, esta vez, con todo el aroma a campo y toda la fuerza del jabalí, cuya carne, de tan bailada, se deshacía y se masticaba cual si fuera pescado. 

Metidos en estos bocados, hízose menester volver tintas las copas. De la última visita a esta entrañable Casa, se me disparó el feliz recuerdo de aquel vino que nos descubrió la Cocinera, el Parada de Atauta, y a él quise volver para por sus aguas correr y para dárselo a conocer a mi querido compadre. Raza y elegancia se manifiestan a la par a la hora de saborear y de tragar, es redondo y agradable desde la entrada. Despide, en su paso cremoso, aromas de casis, torrefactos, de caramelos y chocolates.

Ningún plato pierde la música de fiesta en este lugar. El rabo de toro, ¡al rojo trote del gozo arriba contado, al galope de su juventud!, nos hizo saber la forma de querer de nuestra española Babette: transformar los alimentos hasta esa forma que a todos complace: la caricia. Así este rabo, sin perder su sabor, su olor y su consistencia, es en la boca un rico abanico de hebras y gelatinas, con un brillo de puerros por acá y unos gratos granos de arroz blanco por allá.

A tal día estival, tal postre de festival: helado de crème brûlée –crema catalana–, espléndido français de Julia, y helado de chocolate a la naranja, triunfal gracia de María Luisa.

Vivir en esta casa es vivir bien, con buena letra y buenos alimentos, ser feliz, avanzar por el mejor camino. Porque Ángel, sin decir mucho –ya bastante saturado de sandez anda el mundo–, siempre te deja con sus ojos el sabor de la honradez. Porque don Luis –el camarero que nos faltaba por conocer– ofrece un servicio al punto. Porque Julia es una persona despierta, que con alma de niña hace de la vida un buen rato y de su trabajo excelencia. Y porque María Luisa es una persona íntegra: madre y anfitriona, dadivoso corazón, con esa presencia limpia y transparente que enamora y, en esta ocasión, además, con uno de esos detalles –con los que ella viste de ordinario– que dan gloria: el maravilloso camuflaje del cansancio tras la tela de una valerosa sonrisa.

Llega el final de temporada y los auténticos guerreros, pringados siempre del barro de la grande y buena batalla, sienten el peso del cansancio. Es la hora del descanso. Te deseamos una generosa vacación, artista. Y te esperamos, y el Mundo te espera, porque tanto él como nosotros necesitamos de esa honda y sincera pasión que destila por tus manos amantes, que siempre nos traen, en bandeja, en cada uno de tus platos, las suaves olas de la alegría.

Nuevamente, con la fuerza de nuestro corazón y la luz de nuestra mente: gracias, maestra.

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.