Y me hablaron del vino

Foto de archivo, composición El encuentro

Y me hablaron del vino

Era una tarde perfecta. Perfecta porque ese era el día en el que, por fin, se daba cumplimiento la espera de encontrarnos.

Nos tomamos una caña fresquita mientras matábamos sin prisa un purito “farias” y acto seguido –con la misma promesa que acometen los amplios telones de teatro al plegarse tras una gran escena- el servicio de la casa nos acompañaba a la mesa donde tendría lugar aquella francachela amigable y recóndita.

Entonces, después de ojear la carta, me habló del vino.

A continuación el sumiller hizo la debida presentación de la botella; señaló que este era un vino aragonés de uva de garnacha, me contó la historia de su elaboración y lo característico de su viñedo, evidenció la perfecta condición de su temperatura y me dijo su nombre…

Toda aquella ceremoniosa dedicación no hacía más que declarar, de nuevo, la promesa de algo grande que estaba a punto de descubrírseme. Así que, mientras el camarero esperaba mi aprobación, con un amago de sospechosa inexperiencia, agarré la copa, interpreté el farisaico papel del sensibilísimo observador, husmeé el aroma y me eché un trago en el más basto de los sentidos.

Mi amigo sabía lo que veía y el muy cabrón se echó a reír, pero al instante, tomando él su copa me habló del vino y me dijo que lo único que debía saber de él era que “el vino está vivo”.

En ese momento me acordé del viejo latino Plinio y de su “in vino veritas” y esta vez era yo quien se sumaba a las carcajadas. Lo que a mí me interesaba era aquel encuentro y que podía escuchar en directo sus espontáneos recitalillos de poeta.

Sin embargo, en esta ocasión, el poeta resultó ser más realista que el escéptico. A medida que el vino respiraba el mismo aire que llenaba mis pulmones empezaba a contagiar el clima de nuevos y fantásticos perfumes, y a cada sorbo un nuevo sabor, y, a cada trago, el vino y nosotros deveníamos poco a poco a nuevos estados de perfección.

El vino estaba vivo, nosotros dos también; y en aquél lugar y delante de aquel solomillo de vaca a la brasa se habían dado cita el sueño y la más pura realidad. Nuestra boca, que no había callado ni un minuto, habló de cine, de historia, de política, de dinosaurios, de amantes, de héroes, de santos… de lo divino y de lo humano.

Entonces mi amigo dijo algo que necesitaba recordar: que yo era hijo y también hijo de Dios, y que todos los tesoros que mi padre poseía –como los que había gozado en ese día- estaban también a mi disposición, que todo lo suyo era también mío. El vino estaba vivo, nosotros dos también y tomando la copa seguimos riendo, planeando y viviendo. Brindamos de nuevo y volví a acordarme de Plinio, reconocí que todo estaba bien y, sin mover los labios, mi corazón, que descansaba ya templado, espiró un amén.

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J. Carrillo