La bondad no hace tan felices a los hombres como la felicidad les hace buenos.

Walter Savage Landor

Recuerdo un joven tranquilo, soñador y bohemio, con aires de auténtico, de perezoso y de confiado o ingenuo optimista, un inocente, noblote, idealista, a veces cara dura y a veces humillado por alguna cagada juvenil de novato, pero siempre ilusionado.

Recuerdo un iluso estudiante de psicología, con complejo de filósofo humanista, de músico y de antropólogo, que escribía artículos críticos y entusiastas para un diario solidario, que quería cambiar el mundo y que intentaba ir a misa y rezar de mucho en cuando. Uno que también le daba mucha importancia a los amigos, a las cervezas, a cenar con los colegas y con los cercanos, y a pararse con la gente del banco de al lado. Paseaba por la ciudad observando el rostro de las calles y reflexionando en su vida interior desbordante. Siempre llegaba tarde y a pesar de ello andaba lento. Y si andaba curioso, se paraba a veces a charlar con algún paisano, algún abuelete o algún pobre.

Ese joven era yo; pero han cambiado las cosas y, por suerte o por desgracia, he evolucionado, o como dicen los infelices: he madurado.

Por suerte porque me he desarrollado en muchos aspectos: soy más fuerte, menos ingenuo, más trabajador, más astuto, quizás más profundo, más inteligente y creativo, más responsable, eficaz y más empático. Virtudes que, con mucho, anhelaba y necesitaba para los proyectos en los que me he aventurado.

Pero, sin embargo, también he perdido, por otro lado: soy más desconfiado, menos ilusionado, menos tranquilo y calmado, menos humilde, más creído, menos abandonado en la providencia ahora que llevo mis cuentas, menos distraído o despistado, menos feliz, menos incorrecto políticamente, menos sociable, menos entusiasta, menos amable y menos sencillo.

Ese espíritu bohemio que se perdía en la fantasía y en los detalles es lo que quiero recuperar, pues era mucho más acogedor y cercano a los demás.

Quizás prometía menos y descansaba más.

En realidad, tenía otra actitud ante la vida más amante y menos defensiva. Ahora parece que ando sobreviviendo más que viviendo. Probaré a disfrutar un poco más del momento, a ver cómo me sienta. Es hora de re-enamorarme para volver a ser apasionado.

La felicidad siempre estuvo en los placeres de una vida sencilla. Prefiero ser iluso y feliz con los míos, que maduro y sabio.

―Señor sabihondo… está usted demasiado amargado. Me ha cansado ¡bájese del coche! Se vuelve andando. O mejor… paseando.

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