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Hace ya algún tiempo que se viene viendo en occidente un tímido resurgir del arte, no del realizado –al fin y al cabo, artistas siempre ha habido–, sino del apreciado. Algunos hombres están comenzando a mirar, aunque aún no sea observar. Algunos hombres están comenzando a leer, aunque aún no sea aprender. Observar y aprender ya llegará, con el tiempo, con los pasos, con los besos y abrazos.

Lo que todavía no existe es un auténtico resurgir de la poesía. Saber apreciar la poesía no es tan fácil, ni muchísimo menos. Para leer poesía se necesita tiempo; pero no un tiempo cualquiera, sino ese tiempo del que están hechos los sueños, los pasos en la nieve, los secretos escondidos tras de una cascada, el movimiento de los árboles y la dulce y a la vez extraña luz de la memoria. Y este tiempo, hoy en día, es el más asesinado.

Cuando eres niño lo matan la cantidad ingente de paridas que te obligan a hacer desde la escuela, cuando eres joven o adolescente es la prisa por salir siempre de todos los lugares, principalmente de ti mismo, para probarlo todo –no vaya a ser que madures antes de tiempo–: eso es lo que lo asesina. Y, si tienes cerca algún enchufe o te dejas ningunear en algún trabajo, empiezas una batalla por la supervivencia y las sandeces ambientales que van convirtiendo tu vida en un secarral de este maravilloso tipo de tiempo.

Para leer poesía es necesario el silencio. Un silencio creador, que inicia tu sedienta alma hacia la mañana, esa mañana donde el rocío, la humedad del aire y las notas de la chimenea se mezclan para hacerte volar hacia ti mismo. Mas hoy en día este tipo de silencio también es destrozado. Todo es ruido, ruido y más ruido –como ruge Sabina–, todo es cascos en los oídos. Aíslate, no pienses ni escuches, no vaya a ser que te conozcas y te quieras de verdad, y a los demás igual que a ti, y esto te lleve a comprometerte contigo y con ellos y ser fiel.

Para leer poesía es necesario ser libre. Y ser libre significa saber, ser inteligente. Y saber es elegir el bien antes y en lugar del mal, es respetar todo aquello que ya no se respeta. En un mundo donde las sociedades se rigen por la represión de cualquier tipo –salvo la única que merece la pena– el homo occidentalis desaparece a fuerza de fagocitarse a sí mismo, a fuerza de eliminar en él cualquier tipo de libertad que le hace más hombre. Porque en occidente cada día se humaniza menos y se bestializa más: desde el Estado, desde la Escuela, desde la Calle. Pocos reductos de libertad quedan hoy en día, y, sobre todo, desde que están intentando destrozar la familia –que ya han conseguido hacerlo con bastantes.

Necesitamos una Revolución. Hemos de romper las estructuras que nos atenazan, las cadenas en las que hemos convertido nuestro pasado, las absurdeces infantiloides, frívolas y superficiales que nos hemos inventado como deseos de futuro. Hemos de romper con nuestra idolatría: nos creemos Dios tan sólo por tener un coche, una casa o toda la tecnociencia y biotecnología del mundo. Hasta hay gente que, en su locura del Olimpo, piensa que llegará un momento en el que el hombre haya vencido a la muerte, cuando la muerte se produce precisamente por eso.

Cómo cambiaría la vida de cada uno de nosotros si estuviéramos enamorados, si realmente hiciéramos las cosas y viviéramos como si se tratara de componer una sinfonía, como si realmente la escucháramos cada vez que trabajamos, dormimos, disfrutamos o nos amamos. Qué distinto sería todo si nos volviéramos hacia nosotros y nos decidiéramos a vivir sin miedo, buscando dentro la fuerza que ha conducido a tantos otros a alcanzar la gloria, la gloria de morir en paz aunque se haya vivido en guerra.

Necesitamos una Revolución, necesitamos leer poesía.

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