happy friends on camper van roof

No sabe nada y cree saberlo todo. Esto le faculta claramente para la carrera política.
G. Bernard Shaw

Cuando somos concebidos, es decir, cuando el óvulo y el espermatozoide fusionan la información genética que porta cada uno, alguien nuevo, asombrosamente necesario y tremendamente bello surge, inicia una historia, vuelve a dar sentido al mundo, y las dos realidades que conviven casi sin tocarse –materia y espíritu– se hacen una. Ni alienígenas ni evolucionados, ni animales superiores ni ángeles caídos, el ser humano es una realidad novedosa e increíble, es el misterio más vivo de todo el universo. Después llegan los monstruos…, y con ellos los miedos…, y comenzamos a mentir.

La familia debería ser el lugar donde toda la magia se hace blanca, donde los dragones no hacen otra cosa más que mouse de chocolate, donde todas y cada una de las pesadillas que incordian nuestros sueños acaban convirtiéndose en miel que llena las cacerolas de Winnie the Pooh. Pero el lastre de tantos vicios nunca confesados, la obscena oscuridad de tanta polución negativa de maldad psíquica y los innumerables chulos de playa y zorras de salón acaban con inmensidad de infancias, de inocencias y de adolescencias…, nos dejan unas juventudes áridas, asqueadas y rencorosas: caldo de cultivo para mentes retorcidas que nunca tuvieron padres, ni buenos ni malos.

Cuando los hombres pervierten la poca esperanza que aún le queda al mundo –sus hijos– surgen los diablos. Y los diablos no son los monstruos de la razón –que dirían los pelagatos de los ilustrados–, sino aquellos tipos con sombrero, limpios como una patena, que con una sonrisita en la comisura de los labios intentan hacernos creer en su infinita benevolencia. A los cerdos se les huele a kilómetros, a estos impresentables se les descubre cuando han secuestrado a tus hijos, tus trabajos y tus ganas por andar. Utilizan el miedo y la seducción para que aúpes a su grupo y, mientras te están meando encima, te exigen que les des las gracias.

Pero la vida, aún siendo corta, es profundamente inmensa, y nada ni nadie puede pararla. Y Dios, aún siendo tan extraño a todos nosotros, nos concedió la libertad y el poder de crecer, crear y resucitar de nuestras cenizas. Cuando tantos hombres y mujeres luchan por respirar en esta agobiante atmósfera, cuando tantos y tantas se esfuerzan por llegar a fin de mes en esta mierda de sistema que promete no se sabe muy bien qué para después dejarte en pelotas en la calle, cuando tantos niños y niñas ansían una infancia llena de magia, cuando tantos adolescentes gritan justicia a los cuatro vientos y escuchan como respuesta una mofa en toda la cara…, cierto es, sin lugar a dudas, que ha llegado la hora de responder. Como dijo Eduardo Chillida, un hombre tiene que tener siempre el nivel de la dignidad por encima del nivel del miedo.

Hombre cobarde y pusilánime. Así es como la RAE define la palabra pendejo. Lo contrario es valiente y magnánimo. También lo define como pelo que nace en el pubis y en las ingles, lo contrario es depilación. No estaría nada mal que nos convirtiéramos en valientes y magnánimos cada instante de nuestra preciosa vida, así podríamos depilar a unos cuantos pendejos que brotan por doquier molestándonos mucho en salva sea la parte. Nada mal estaría que recogiéramos nuestra herencia de besos, abrazos, sonrisas, llantos y sangre y les escupiéramos a todos esos impresentables el miedo con el que quieren doblegarnos y las mentiras con las que nos soban el alma, para vivir libres y en paz. Así no moriríamos jóvenes y jodidos.

En cuanto alguien comprende que obedecer leyes injustas es contrario a su dignidad de hombre, ninguna tiranía puede dominarle. Mahatma Gandhi.

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