Ya no vamos a poner al mal tiempo buena cara (Rosana)

En esta vida hay mucho hijo de puta suelto. No son los hijos de esas chicas que hacen la calle, el árbol, el coche o el burdel, no. Son hijos e hijas de esas pibas que se dedican a joder a otros –literalmente– consiguiendo desequilibrarles totalmente y persiguiendo ese tipo de finalidad que da asco: les encanta poseerte, que hagas lo quieren, que les bailes el agua cada día, que estés constantemente chupándoles el culo. Los hijos de esas putas suelen pasarlo bastante mal, aunque algunos llegan a dominar a la perfección el arte de la jodienda, incluso sin tener que tocarte.

Pues bien, el mundo de hoy en día está lleno de tipejos como esos. Son personas que nunca se comprometen, salvo con su salud y su bolsillo. Si te encuentras con uno de esos, posiblemente des por él tu vida y él se descojonará en tu cara… cuando no mires. Predican mucho, ofrecen el oro y el moro, la amistad sincera y duradera, la ética más perfecta y la realidad más bonita, pero a la primera de cambio deshacen lo andado, cambian sus promesas con holgadas justificaciones que parecen no tener resquicio alguno por donde pillarles. Porque así son: perfectos.

Lo curioso de ese tipo de perfección, de santidad, son los adornos con los que se viste: el victimismo, un silencio atronador y despectivo, y un orgullo desmesurado. Y es curioso, porque ellos nunca han sido víctimas, más bien al revés, han vivido siempre de puta madre. Nunca se habían callado, siempre hablaban de más, y no sólo cuando prometían. Y, por último, siempre se presentaban repletos de humildad, como si no hubieran roto un plato en su vida, con la inocencia del niño bueno. Pero, en fin, antes o después se descubre lo cabrones que pueden llegar a ser.

No resulta fácil andar por lugares llenos de traición, constantemente en guerra, en una batalla que aún no ha terminado y que, posiblemente, sólo termine con la muerte, para bien o para mal; pero, de vez en cuando, por mucho listo que pudra este mundo, aparecen unas manos, unos ojos, un abrazo que no promete nada, pero siempre se mantiene a nuestro lado. Y así, de vez en cuando, nos convertimos en protagonistas de alguien sincero, porque si la vida sólo consistiese en darse, en regalar, en ayudar día tras día…, si sólo fuera eso jamás llegaríamos a ser felices. De vez en cuando hemos de aprender a recibir, de forma gratuita y plena. Sólo así lograremos sanar ese alma rota con la que fuimos concebidos y que tantas traiciones ha recibido a lo largo de la vida. Y a los otros, a esos despropósitos de seres habrá que decirles, con Rosana, que te vaya bonito, mis mejores deseos, que en la vida recojas lo que siembres de bueno. Que te vaya bonito, que no te vaya mal y que el tiempo te deje donde tengas que estar. Quisiste ser universal eclipsando mil sueños… que Dios te proteja en la celda de tu soledad.

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