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La mayoría de los inconvenientes que hacen blasfemar a los hombres y llorar a las mujeres son en realidad inconvenientes de índole sentimental o ficticia, pertenecientes todos al hábito de la imaginación (cfr. Chesterton).

Uno de los síntomas más evidentes para darse cuenta de que una sociedad ha desaparecido, ha muerto, está corrompida, es el hecho de que se dedica a fagocitar a sus propios hijos. Si esto lo unes a ese grito caprichoso e infantiloide de un Narciso que aún esta sin destetar –¡quiero ser independiente!– y, además, le añades unas gotitas azulgranas de fútbol… consigues lo que se llama un esperpento.

Vuelve a demostrarse de nuevo –y no lo digo porque sea historiador, aunque bien podría hacerlo– lo que estos tiranos piensan de la mal denominada democracia: vete cortando cabezas hasta que iguales a todos por abajo y no quede nadie que pueda hacerte sombra. El problema es que ellos son tan jodidamente enanos que han decidido dejar morir y asesinar también a los únicos que mantienen el Mundo unido: los niños, si los dejasen vivir también les harían sombra.

Resulta profundamente doloroso contemplar cómo una tierra, que tantas glorias ha dado a España, junto con todas sus gentes –incluidos los muertos, cuyas memorias están siendo profanadas– son destrozados por cuatro mediocres del compás. Como decía Chesterton, qué lástima, se ha perdido esa costumbre tan antigua y tan cristiana de matar a los tiranos.

Qué acojonados debemos estar casi todos los españoles, qué cómodos y qué abducidos por esta mierda de sociedad consumista y pazguata, como para que no abandonemos nuestras sillas y nos lancemos a defender a nuestros compatriotas: seguimos dejando que mueran inocentes todos los días, que roben, sobre todo los que están en las altas esferas, que violen, que mientan… y que nos gobiernen. ¿Será entonces que nos lo merecemos? Al fin y al cabo, por mucho que quieras escabullirte, siempre recogerás lo que has sembrado, a manos llenas.

Si aceptáramos que la mayoría de los satánicos que están detrás de toda esta Edad de las Tinieblas no son más que aquellos tipos bien vestidos, con una calculada y amanerada disciplina externa, que con voz suave y sin alterar van colando la ponzoña de sus mentiras en nuestras inteligencias, mientras nos la intentan meter en nuestros corazones a base de apretarnos los güevos…; si nos diéramos cuenta de esto otro gallo nos cantara.

Es harto cansina la reiteración histórica con la que se repiten políticas goebblelianas y georgianas: no se cansan. Y es que a todos estos tiranos les encanta el poder, y esclavizarnos a todos. En una ciudad donde hasta los niños pasan tanto hambre que se desmayan en las escuelas –esos centros de adoctrinamiento social político que se encargan de reconducir conductas e inteligencias hacia la aceptación de estados totalitarios, esos centros que utilizan una de las lenguas romances más atractiva que ha habido para someter conciencias, y, desterrando a los padres, reeducan a los hijos, como los Sovjós o los Kibutz–, llegada es la hora de levantarse de la silla y, como diría la Cosa, cambiar la hora de la siesta por la hora de las tortas.

En una sociedad donde asesinan a un ser humano por el mero hecho de que va a nacer discapacitado o por el hecho, aún más impresentable, de que ahora no es el momento…; en una tierra en donde se priman a los violentos, a los asesinos, a los ladrones, a los mentirosos, a los timadores, a los aprovechados y a cualquiera que tenga algo que ver con el Infierno… llegada, en verdad, es la hora de repartir, y defender nuestra libertad, nuestra vida y la de nuestros hijos. Porque todos estos totalitarios del terror y la desesperanza están atacando a los tres valores fundamentales sin los cuales el hombre no tiene sentido: la vida, la libertad y el amor.

Si amas la tierra serás tierra, porque el hombre se convierte en lo que ama. ¿Y si amas a Dios? Esa es la hora de las tortas: nuestro ejemplo, nuestra palabra, nuestra familia, nuestros amigos, nuestra libertad, nuestro amor, nuestra vida… y también nuestra tierra. Y si no sabemos defenderlo es que nunca lo merecimos.

Por eso, aunque nos amenacen todos estos socialismos, peperismos, comunismos, capitalismos… y demás ismos pegajosos y esclavizantes, nada como una gran sonrisa, una magnífica higa y volver a levantarnos para continuar el camino. Sólo los pendejos quieren ser independientes –o independentistas–, las personas que van creciendo adecuadamente, tienen la cabeza bien amueblada, y aceptan la madurez, saben que siempre hemos sido y seremos seres sociales y que, juntos, lo podemos todo. La independencia es un sueño enanil y venenoso de mediocres personajes, que manejan a la perfección el maltrato psicológico, y sueñan con un mundo que se extienda destrozado bajo el escabel de sus pinreles.

Como diría Michael, así es esta tierra, de vez en cuando surgen hombres grises que quieren anularnos, jodernos y separarnos para siempre. Nosferatus de la Nueva Era, esa Era de las Tienieblas donde se sienten a gusto: la luz no la aguantan, hace patente sus deformidades morales, que es lo que más les quema. Aunque lo que más les jode, como diría Óscar, es que les perdones.

Y así vuelve a surgir la civilización de nuevo, pues la única civilización que puede mantenerse es aquella que se construye sobre el perdón… y la unidad. Y los azulgranas, que apadrinen a sus niños, para que puedan comer a diario, que dinero no les falta.

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