La escuela

Foto de archivo
Destacados: 
  • Convertía el arte de aprender en un arte muy sutil de la ofrenda: es preciso dar al otro lo que esperas para él, no lo que tú eres.
  • En la escuela aprendía lo esencial. Aprendía la imitación de la inteligencia, del interés, de la vida. Aprendía como todo el mundo a mentir, a crecer.
  • Un niño se vuelve adulto cuando es capaz de semejante mentira profunda, esencial.

La escuela…, el árbol.

El colegio nada me enseñó. Si es por el maestro… nunca aprendo.

Fito Cabrales

Nunca fui muy bueno con los exámenes. Y no es que fuera lo que se llama un mal alumno. Cuando adivinaba lo que esperaban de mí, pues bien, lo daba. Convertía el arte de aprender en un arte muy sutil de la ofrenda: es preciso dar al otro lo que esperas para él, no lo que tú eres. Porque lo que espera nunca es lo que eres, siempre es otra cosa. Así que aprendí desde muy temprano a dar lo que no tenía. La escritura debió de comenzar así. la escritura, el amor y todo lo demás.

Así sacaba buenas notas en lengua. En las otras asignaturas tenía que aprendérmelo todo de memoria: mi aburrimiento –y la consiguiente falta absoluta de memoria– me ponían demasiado en peligro. No había otra solución más que aprenderlo todo palabra por palabra, sin ningún sentido.

En la escuela aprendía lo esencial. Aprendía la imitación de la inteligencia, del interés, de la vida. Aprendía como todo el mundo a mentir, a crecer.

¿Qué es un adulto? Es alguien que está ausente de su palabra y de su vida… y que lo oculta. Es alguien que miente. Miente no sobre esto o lo otro, sino sobre lo que es. Un niño se vuelve adulto cuando es capaz de semejante mentira profunda, esencial.

Sin embargo, qué importante es la esperanza, lo que la vida da: todo lo que no soy yo y me ilumina. Todo lo que ignoro y espero. La espera es una flor sencilla. Crece en el borde del tiempo. Es una flor desnuda que cura todos los males.

El tiempo de espera es un tiempo de liberación. Esta liberación opera en nosotros inconscientemente. Sólo nos pide que la dejemos actuar, el tiempo que necesite, las noches que precise.

Sin duda te has dado cuenta: nuestra espera –de un amor, un descanso, una primavera– se colma siempre por sorpresa. Como si lo que esperáramos fuera siempre inesperado. Como si la verdadera fórmula de esperar fuera ésta: no prever nada, salvo lo imprevisible. No esperar nada, salvo lo inesperado. 

Este saber me viene de lejos. Este saber no es un saber sino una confianza, un murmullo, una canción. Me viene el único maestro que he tenido: un árbol.

Christian Bobin, Elogio de la nada.

Categoria: 

Sobre el Autor
Imagen de Redacción

Redacción

Aunque el hogar haya sido devorado por la jungla –no por bárbaros salvajes, sino por los monstruos educados y refinados de la sociedad de consumo (cfr. Á. de Silva)–, desde estos ritmos proponemos una revolución: que cada uno se mire a sí mismo y, conocíendose, se acepte; y, aceptándose, se supere. El que quiera cambiar el mundo, que empiece por uno mismo.