Sevilla la Guapa

 Sevilla 

I

Bajo el cielo encapotado de la sierra de Madrid, mis manos frías al volante buscaban candela que las calentara y la iban a hallar, Dios mediante, en las brisas cálidas del sur, sobre todo, en las de Sevilla. Llegó el tiempo de vacaciones y mi alma felizmente cansada voló buscando el descanso, el despejo y la alegría… de Andalucía. 

Mientras Lorenzo pugnaba por hacer sonar su canción, los prunos con su rosáceo regocijo y los jaramagos con su radiante amarillo se combinaban con el intenso verdor de los campos y una polvareda de nubes para pintarnos el paisaje. De ponerle música al cuadro se encargaron la salerosa guitarra de Paco de Lucía, el desenfado del Kanka, la pasión de Rozalén, la chispa del Canijo de Jerez… 

Pasado Despeñaperros, en un camino de tierra paralelo a la autopista, nos orillamos para hacer el alto del yantar. Una encina y un ramillete de primavera nos susurraron el punto exacto donde parar e, investigando, hallamos el edén: un pequeño prado poblado por encinas y miríadas de lunares; a los gustadores de la belleza nos brotan flores allá por donde pisamos. El pan de cada día con jamón, salchichón y queso y unas onzas de chocolate fueron nuestro sustento, con aperitivo de papas fritas al limón y a la pimienta y banderillas cantantes. 

Proseguimos nuestro camino y proseguía el sol en su intento de brillar de pleno; ya en tierra cordobesa, consiguió llenarlo prácticamente todo con sus melodías. Un flamante verde abrileño alfombraba llanuras y llanuras enteras. Por fin, llegamos a Sevilla, que todavía olía a Semana Santa, “a cera fundida que elaboró la abeja fecunda”. Como si hubiéramos caído por el pozo de Alicia, nos vimos rodeados de casas luminosas y edificios con solera. Pronto nos acarició la nariz un olor embriagador…: el azahar de los naranjos. 

Dimos una vuelta de más cuando estábamos casi al lado de nuestro destino, que aprovechamos para comenzar a percibir ese cantado color especial. Finalmente, arribamos a la pensión de nombre límpido –Santa María la Blanca– y pasillos adornados con azulejos mudéjares y plantas vivas. En ella, nos acogió Manuel “el uruguayo”. Dejamos las mochilas y nos fuimos a aparcar el auto.

Los últimos rayos de luz alumbraron los primeros besos: los jardines de Murillo y el barrio de Santa Cruz. La vegetación es esplendorosa, las callejas soñadoras y destellan por doquier mágicos rincones.  

Acomodadas las pertenencias en la modesta alegre habitación, nos lanzamos al atardecer. Las calles estaban animadas y las terrazas pobladas, la ciudad exhalaba vida. Dejándonos llevar, llegamos al barrio de la Alfalfa y, más allá, a la sugerente plaza del Salvador. En ella, asombra la extraordinaria fachada de la iglesia colegial de la que toma su nombre. Destaca también, entrelazada con el variopinto marco de la plaza, más silenciosa y menos imponente pero más elegante, la fachada de la iglesia del antiguo hospital de Nuestra Señora de la Paz, coronada con dos preciosos campaniles con chapiteles. Hileras de naranjos decoran y aromatizan el sitio.

En la terraza de una de las varias tabernas, nos sentamos, a la luz de la luna, para darle al pico con lo típico: un cartucho de pescaíto frito –chocos–, unos montaditos, cerveza y unas copas de semidulce. Reconfortados tras la jornada de viaje, entrada ya la noche, continuamos explorando la ciudad. Y el tiempo se esfumó…, y yo me enamoré: la tenue luz de los faroles, la frondosa fragante vegetación, la cromática belleza de los edificios, las susurrantes plazuelas, el piso empedrado, los artísticos monumentos, las profundas imágenes de Cristo y de Su madre, las nobles puertas de madera, la hermosa magna catedral…

Con la miel en los labios, con la ilusión de subir el telón la próxima mañana, nos retiramos. En la mente, me sonaba el júbilo sevillano: ¡grasia!.

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.