Sevilla la Guapa II

Foto de BCR

Sevilla

II

“¡Hola, buenos días!”, le dije a Sevilla al poner el pie en la calle. Una simpática señora caminó un trecho a mi lado, indicándome la dirección hacia la catedral, donde me regodeé en la Fiesta, preciosamente cantada, de la exultante octava de Pascua. 

A la salida, el sol abrillantaba los edificios y las gentes encendían las calles. En La Esquinita de Arfe, un sencillo café frecuentado por vecinos, nos acomodamos para desayunar: naranjas exprimidas y molletes con jamón y tomate y con zurrapa de carne –magro de cerdo frito en manteca colorá ibérica. 

Justo al mediodía, nos salió al paso, para escuchar nuestro cantar, la Virgen del Postigo –la Pura y Limpia, como la llama el pueblo. 

Callejeando, salimos al paseo de Colón y lo cruzamos para arribar a la dársena del Guadalquivir, a la altura de la famosa Torre del Oro. Tras contemplar la atalaya y empaparnos de la paz ribereña, nos introdujimos, de nuevo, ciudad adentro. Llegamos a la llamada Puerta de Jerez –uno de los antiguos accesos a la ciudad amurallada–, una plaza donde viene a relucir un gallardo abanico: el compuesto por la fuente de Híspalis, la Casa Palacio Guardiola, la concurrida y vistosa calle san Fernando –atravesada por el tranvía–, los jardines de Cristina y la avenida Roma, donde se extiende el señorial palacio de san Telmo –antiguo colegio de niños huérfanos a los que se enseñaba el oficio de marinero– y donde se yergue –haciendo esquina con la citada san Fernando– el centenario, lucido y monumental hotel Alfonso XIII –recientemente reformado–. Absorto permanecí ante esta última regia maravilla, escoltada por altísimas palmeras. Se trata de una construcción realmente impresionante, una obra de arquitectura y belleza sobresalientes. Fue en este momento, tras la revolera de este rico abanico, cuando me caló el encanto vivo de Sevilla: la vegetación es un continuo canto y los edificios, con su repertorio de tonos, arcos, ventanas, rejas, maderas…, completan el concierto. ¡Todo es gracia!. 

Avanzando por la calle san Fernando, encontramos la histórica y fabulosa Universidad de Sevilla –antigua Real Fábrica de Tabacos– y nos adentramos en ella para palpar su ambiente y descubrir sus palaciegas entrañas; ¡así da gusto estudiar!. 

La siguiente parada digna de mención fue el Prado de San Sebastián, un arbolado parque con estanques y surtidores y, en esa clara mañana, una tropa de niños en la hora del bocata. Un agradable paraje para posarse. 

La calma de San Sebastián nos puso a punto la sensibilidad, justo antes de pisar uno de los lugares más cautivadores, no sólo de Sevilla, de Andalucía y de España, ¡de todo el orbe!: la Plaza de España. Grandiosa y, en esa clara mañana, soleada y animosa. Un amplio abrazo de ladrillo visto y azulejería multicolor. El solemne cuerpo central y sus dos espléndidas alas con sendas magníficas torres, la graciosa disposición de arcos, el canal atravesado por los puentes, la fuente triunfal, los estéticos bancos de cerámica de todas las provincias españolas…: todo un despliegue de elegancia arquitectónica. 

La exprimimos a fondo con los ojos, nos recreamos desde distintas posiciones, capturamos instantes eternos… En la galería, nos encontramos con Juan, peregrino ambulante, y le compramos unos típicos abanicos para regalar a las buenas amigas. 

Tras la subyugante experiencia de la plaza, nos zambullimos en el formidable bosque que la cobija, otra de las maravillas de la ciudad: el romántico y salvaje parque de María Luisa. Lucía exuberante y encantador, derramando sus olores –en especial, el del azahar y el de la glicinia– y exhibiendo sus colores –espectaculares las clivias y las tropicales aves del paraíso–. Sus adornos son múltiples y variados: una tan interesante como abundante diversidad vegetal; palomas, cisnes y patos, pájaros cantores y pavos reales; mansos estanques, glorietas monumentales, coquetas plazoletas, fuentes azulejadas; serenos senderos y avenidas para carruajes... Y a su seno acuden toda clase de visitantes: ancianos, jóvenes, mujeres y niños, amigos, caminantes… Envuelto en María Luisa, percibí, otra vez, concentrados en un instante, todo el sabor y la magia de Sevilla, su arrebatadora armonía. 

Salimos del paraíso metida ya la tarde. Atravesando los frescos jardines de Murillo, fuimos a buscar unas viandas sobrantes del viaje y preparamos la manducación; por el camino, recogimos la lindeza de unas dragonarias y la simpatía de unas lantanas, entre otros florecientes diamantes. Nuestra mesa al aire libre fue la plácida placita de Santa Cruz, donde está enterrado Bartolomé Esteban Murillo, excelso pintor sevillano. Junto a la preciosa cruz central, movimos a gusto los carrillos.

Recobradas las energías y aprovechando la cercanía, volví a los jardines e icé una plegaria vespertina, que fue guiando mis pasos hasta la iglesia de San Bartolomé, donde con mi Hermano me encontré; charlamos un rato y me invitó al Feliz Festín a las 9 del día siguiente. Allí, conocí a un joven y amable sacerdote madrileño que había sido recientemente nombrado vicario en esa iglesia. Me acogió, me informó y me regaló un “hasta pronto” y una sincera sonrisa.

Caminando por una calleja, descubrí un patio ataviado con un saleroso jardín y rodeado por un risueño bloque de pisos vestido de blanco, verde y albero. En pocos pasos, llegué a la pensión para tumbarme a descansar un rato, a escribir las notas que dan lugar a estas líneas y a tomar una ducha antes de despedir al sol bendito de Sevilla. 

Nada más salir, visitamos la cercana iglesia que da nombre a la calle –Santa María la Blanca–. Sobria por fuera y rica –profundamente barroca– por dentro. Besé a Nuestra Señora de las Nieves –María la Blanca–, sonreí al Cristo del Mandato, y continuamos la marcha.

Dejándonos caer por las sugestivas callecitas del barrio de Santa Cruz, mezclándonos tranquilamente con la gente, terminamos dando con la dársena, justo a la altura del puente de Triana, a la hora del último beso del sol, fantásticos los colores del cielo… Rendidos ante la poesía, nos arrellanamos en la orilla y nos fundimos con el bohemio ambiente. Cuando se encendieron los faroles, cruzamos el susodicho puente y penetramos en la zona más popular de la tierra trianera, muy animada por turistas y familias. Después de dar una vuelta por el barrio, aterrizamos en una terraza sobre la ribera para disfrutar del ocaso, con una cerveza en la mano y unas aceitunas en el platillo. Abierto el apetito, nos trasladamos a la cervecería-abacería Alboreá. ¡Una de pescaítos fritos!: choco, calamar, adobo, merluza, chipirones, boquerones, buñuelos de bacalao, huevas, acedía…, ¡alegría!.

Tejida la noche, las luces de la ciudad reverberaban en las aguas. Paladeando unos helados junto al río, bajamos las persianas de tan próspero día.

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.