Sevilla la Guapa III

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Sevilla

III

“¡Hola, buenos días: hoy me siento bien, yo me vengo arriba!”, me cantó el Canijo.

La mañana nos besó la cara en el corto trayecto hasta San Bartolomé, donde participamos del anunciado Festín. El Maestro dijo: “Vamos, almorzad”. Obedecimos, y en la terraza de la taberna L’Auténtica, entre el sol y la sombra de unos naranjos, celebramos el nuevo día con zumo, pan, salmorejo, oliva y café, servidos por una humilde camarera, una de esas personas que mejoran el mundo con su trabajo. 

Y nuevamente, los sombreros colocaos, nos adentramos por las callejuelas rumbo a la catedral. Y descubrimos otro galano patio, otra fachada chula, un grupo de relucientes calesas con sus caballos a punto para el paseo, una conversación dicharachera de edificios…; nos divertimos con las cámaras. 

Ante la avalancha turística y las alérgicas colas, prescindimos de visitar la catedral –y su Giralda– y el Real Alcázar y, a cambio, nos colamos en un lugar solemne: el Archivo General de Indias. Gozamos de la intrépida mano de Murillo en una exposición de dibujos, antes de que Carmen Molina nos adentrara en las salas donde se restauran los archivos para regalarnos un grato rato, sacrificando un pedazo de su mañana. Con la misma paciencia que requiere su trabajo, nos contó la minuciosidad de los procesos que llevan a cabo, nos enseñó los materiales que utilizan e, incluso, nos mostró un archivo del siglo XVI, carcomido por los bichos mas con una fina escritura de tinta de carbón que lucía más limpia que cualquier escrito común del siglo XXI. Aprovechando la ocasión, visitamos también la sala de arriba en la que duermen numerosos archivos almacenados en nobles muebles y contemplamos, a través de las ventanas, una serie de vistas de la contigua catedral. 

Volviendo al meollo de la ciudad, recorrimos la conocida calle Sierpes y fuimos a dar a la clara Plaza Nueva. La naturaleza no dejaba de hacerle coros a las fachadas, no dejaba de sonar la primavera trompetera. Nos perdimos por algunas pintorescas callejas, hasta que la andorga empezó a cantar. Un honrado caballero sevillano que pasaba por allí nos indicó –a pesar de la cercanía de la taberna de su sobrino– un lugar para embocar que, aun no habiéndolo probado, le habían recientemente recomendado: “La Brunilda”. 

Encontramos fácilmente su vistosa puerta y la cruzamos con ilusión. Bajo un cielo del mismo azul océano que la puerta, un equipo de jóvenes camareros se movía con diligencia entre las mesas. Nos asentamos junto al ladrillo visto de la pared y esperamos el eufónico festival de tapas. Risotto de Idiazábal con setas y verduras: cremoso, sabroso, cariñoso. Chipirón a la plancha con migas del caserío y huevas de arenques: un plato tranquilo, una venturosa combinación de tierra y mar firmada con oportuna tinta de Módena. Tataki de atún con cous-cous y verduras: el acento exótico, el arte de la mixtura, el hondo vuelo de los sabores. Pollo de corral con polenta y setas y papas: un campestre suculento concierto de amables texturas. Estando todo tan bueno, le dimos cabida al foie a la plancha con peras al vino tinto: la potencia untuosa del hígado mecida por la dulzura de la fruta y espolvoreada de crocanti es un bocado affascinante!. Y, por fin, obtuve mi antojo primaveral: una apetitosa sangría, un placer ¡dulcítrico!. Hasta el momento, fue el viaje gastronómico más divertido y completo. Brunilda tiene grasia.

Buscando la chuchería, dimos con la c/ García de Vinuesa, donde está la mejor heladería de Sevilla. ¿Por qué es la mejor?: porque los helados te los sirve Macarena, una chica guapa, sonriente, ¡universal!. Nos sirvió, en cucurucho, alegrías de avellana, arándanos y limón. 

En la céntrica tienda “Sabor a España”, recogí unos productos de la tierra nuestra para arrancar sonrisas en la vuelta a casa: chocolate con naranja, mermelada de arándanos y golosinas de uva, pera, piña y melocotón.

En la capilla Santa Marta, cuya entrada da a la bulliciosa plaza Virgen de los Reyes, un puñado de monjas bajo sus velos y unos cuantos locos adoraban al Señor del Universo y le cantaban a la Reina de Sevilla. Nos colamos con ellos en la eternidad y volvimos al Mundo, que nos esperaba para seguir bailando…

Descubrimos, introduciéndonos por una callecita escondida, un reducido recoleto rincón: la placita Santa Marta. Además de un corro de naranjos, la engalanan una bella cruz con una piedad en su mismo corazón y una placa en honor de santa Ángela de la Cruz con esta inscripción: “hay que hacerse pobre con los pobres para llevarles al Cielo”. 

Dibujando otro recorrido, hallamos otra plaza: la de Doña Elvira. Ungida por una dulce vespertina luz, se ofrecía especialmente acogedora. Al frescor de sus naranjos y a la vera de su fuente, bajo un diáfano firmamento, nos sentamos en uno de sus bancos a henchirnos de Vida…

Seguimos brujuleando por Santa Cruz y, gracias a un guía artista, reparamos, en la calle Agua, en un palacete en el que vivió el escritor Washington Irving –profesor del prolífico Allan Poe–, sobre todo, en su sensacional patio inundado de elegantes y jubilosos huéspedes. 

Con los últimos aleteos del sol, nos encaminamos hacia María Luisa. En los edénicos jardines, degustamos esa amena mezcla de verde y agua, pájaros y flores. Nos recreamos jugando con la cámara y la luz, hasta que la despedida del astro mayor nos sugirió volver al empedrado.

Cruzada la frontera de la noche, las piernas nos pidieron hacer un alto en el camino, y volvimos a acertar: la bodega La Pará, un rincón tan chiquito como auténtico. Allí nos esperaba Miguel, un hombre de los de siempre, apasionado, con esa sonrisa en los labios que ilumina y ese salero de la tierra. Supimos que estábamos en casa, inmediatamente. Y en casa…, se come muy bien: albóndigas caseras, un guisito de garbanzos con gambas, una tapa de exquisita mojama mojada en oro… Luego, hablando con Miguel, improvisamos un estudio antropológico poniendo de manifiesto algunas coincidencias: ni leemos la “manipulada prensa común”, ni vemos la “manipulada televisión común”, ni nos quedamos en casa masticando sinsabores, sino que salimos a encontrarnos con la gente y a ofrecer generosamente lo que a todos nos gusta –la sonrisa, las palabras sinceras…–: ¡y somos felices!. Miguel, de la Pará: un hombre íntegro, una persona 10 puntos, un corazón soleado que nos hizo estar la mar de a gusto en su hogareño espacio de vida.

Tan ufano estaba el Creador por el reciente encuentro, que comenzó a llorar del gusto: ¡la lluvia en Sevilla es una maravilla! –como reza el popular dicho–. Bajo una fina alfombra de agua y más contentos que unas castañuelas, chapoteamos por las calles hasta el refugio para cerrar los ojos y soñar...

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.