Sevilla la Guapa IV

Foto de BCR

Sevilla

IV

“¡Llega la mañana y no me puedo parar!”, saltó el Canijo. 

Tras un feliz sueño, me eché a la calle. Volé por las aceras hasta el oasis de san Bartolomé, que se levanta en la calle Virgen de la Alegría con la del santo que le da nombre, para comer el Pan que contiene en sí todo deleite.

En esta ocasión, fuimos a una calentería –churrería– cercana a buscar calentitos –churros–. Y en el bar de al lado –como es la costumbre–, nos sirvieron los cafés para acompañar al matutino bocado. Los churros de toda la vida estaban ricos y los de papas –una variedad hecha con puré de papa–, que son más ligeros, también. 

Y para cambiar de aires, íbamos a bucear en este día en otros mares andaluces, en concreto en la sierra de Grazalema. Nos montamos en el minimanejable, dejamos Sevilla atrás y nos sumergimos en praderas estrelladas. En la provincia de Málaga, comenzaron a aparecer lomas y valles. Sin dejar de bailar el verde con el amarillo, el paisaje se renovaba en mil cuadros. Parando a preguntar si íbamos en la buena dirección, dimos con un gentil caballero que, además de solventarnos la duda, nos anunció la proximidad de uno de los bonitos pueblos blancos de la zona: Zahara de la Sierra; confiados a esa mirada noble, nos desviamos hacia él. 

En uno de los escalones del pueblo, enclavado en la falda de la sierra del Jaral –en la provincia de Cádiz–, aparcamos en el preciso y dichoso momento en el que bajaba caminando por allí Salvador, que nos dio unas indicaciones para la visita y nos brindó su bonhomía y algunas perlas:

-¿Es usted de aquí? –le preguntamos.

-Aquí llegué en 2013, cuando me jubilé. Y aquí descanso y espero las vacaciones definitivas –nos contestó, pacíficamente.

-¿Qué tal se vive aquí?.

-Pues…, aquí la gente…, “buenos días”, “buenas tardes”, “¿qué tal?”, “¿cómo estás?”, agradables todos. 

En fin, a qué criaturas tan maravillosas dio aliento el Alfarero y con qué tino las colocó en el Mundo. 

Siguiendo el consejo de Salvador, aparcamos más arriba y subimos por una de las caras del pueblo, la de la torre del reloj del siglo XVI, la capilla de san Juan de Letrán, las terracitas y las blancas casitas: ¡qué vista!. Visitamos la capilla de cantante fachada, saludamos a su Rumboso Anfitrión y cruzamos el pueblo para iniciar la senda de piedra que lleva hasta el ruinoso castillo de la época nazarí. No pudimos llegar hasta la fortaleza, mas sí que nos deleitamos con una magnífica panorámica del embalse de Zahara-El Gastor y la suave sierra. Subimos, fotografiamos y, con el “vino” de Zahara en la bota, volvimos al carro para continuar la excursión; la distancia la aprovechó “el niño” para tejer una jocosa conversación en andalú profundo con sus abuelos. 

Esta vez por la otra cara del pueblo, elegimos, venturosamente, una de las carreteras de la zona, que zigzaguea pasando por el puente de Las Palomas y regala el lazo del turquesa del pantano con el verde silvestre y, más adelante, una floresta de pinsapos. Hollado un pequeño puerto, comenzamos a descender y, pasados unos pinares, llegamos al pueblo de Grazalema –único destino planeado de la jornada. 

Entramos al pueblo por la calle de la casa de Nuestra Señora de la Encarnación, hasta llegar a su núcleo, la plaza de España: abrazada en dos de sus extremos por la bonita casa consistorial y la iglesia de la Aurora –linda su foto con la riscosa sierra y la bóveda celeste de fondo–, y en los otros dos por modestas casas vecinales –salpicada su blancura por los primeros alborozos de los geranios–, suscita una amplia inspiración y una mirada serena.

Se abrió el apetito y, de entre varios, nos dio mejor espina el restaurante “El torreón”, sobre todo por la amabilidad del maestro de sala; ni imaginábamos lo que estaba por llegar... Después de algunos ricos entrantes, ¡Dios mío!, el tiempo estalló y el corazón se disparó: CHULETÓN DE TERNERA DE LA VARIEDAD RETINTA, 700g de gloria, una pieza espectacular –silabeando el adjetivo–; no sé si por el relajamiento de las vacaciones, la emoción del viajero o sencillamente porque así es, me parece que, asemejándose al “rey de Ávila” y siendo ambos sabores de Lope, lo supera en ternura y en textura. Qué sorpresa divina, qué humano regocijo, qué gusto y placer y… dejarse querer. Para regar el manjar nos sirvieron un diamante de Barbadillo, el VI de su catálogo: una elegante lluvia de frutas blancas. Después de tamaño descubrimiento, de tal encantamiento…, estábamos en la Gloria. La Casa lo supo y quiso acompañarnos con un detalle, un licor de siempre con una receta distinta: un afrutado delicioso pacharán. Bien comidos y bien bebidos, felizmente sorprendidos, nos despedimos asaz agradecidos.

Bajo nuestros pies nos marcaban el camino antiguas piedras y sobre nuestros paraguas nos sonaba una lluvia lenta. Sonreí al ver el idóneo cartel “Bar Tertulia”. Paramos en la tienda de riquezas de la zona –“Sabores de Grazalema”–, donde nos esperaba Rosa para despacharnos afablemente; me llevé miel de la sierra, queso de oveja merina y vino dulce de pasas: ¡más regalos para repartir!. Atrapé la esbelta estampa de la torre de la iglesia de san Juan enmarcada por las paredes de una callejuela. Nos entretuvimos en una casita convertida en palacio por la frondosa decoración. Llegamos hasta la iglesia de San José, que nos había saludado con su rojiblanquialegre espadaña, y bajamos por otra calle, bailando bajo la lluvia…, hasta el coche. 

En la estación de servicio junto al pueblo, recargamos combustible y dimos con un atento gasolinero, que nos explicó cómo llegar a nuestra próxima parada –Ronda–, cuánto tardaríamos y por dónde regresaríamos mejor desde allí a Sevilla; un hombre bueno al que volveremos a ver… De camino, la carretera se volvió romántica gracias a los arcos trenzados por una aldea de alcornoques. Juegos de nubes y divertidas ondulaciones del terreno prolongaron la belleza.

Finalmente, llegamos a Ronda. Bajamos por su comercial calle central y nos desviamos por donde Dios quiso, para llegar hasta la iglesia de Santa Cecilia; digo por donde Dios quiso, porque allí nos presentó a la chica más guapa del pueblo, una mujer excepcionalmente hermosa: María se llamaba –de Caridad y Esperanza se apellidaba–. De allí, fuimos a parar a la animada plaza del Socorro, donde se yergue la jovial iglesia parroquial del mismo nombre –que debe su origen a un lazareto, primero, y después a un hospital de pobres y peregrinos que hubo en ese lugar–. Volvimos a coger la troncal Carrera Espinel y nos dejamos caer hasta su famosa plaza de toros y, avanzando un poco más, hasta el mirador, desde donde contemplamos amplias vistas iluminadas por un claro en el horizonte, más allá de todos los nublados…

El pueblo está dividido en dos partes por el puente nuevo, que se extiende sobre un imponente cortado –el llamado “tajo”–. A uno de sus flancos, la estampa es arrobadora, miel de pintor: la tierra ha sido bellamente horadada por la acción del río Guadalevín, dando lugar a unas gigantescas paredes de roca que forman un sugerente desfiladero, en el que se asienta el otro puente –el viejo–, bajo el que se esconden las aguas…; sobre las moles, un conjunto de casas de soñadores balcones desafían al vértigo y trazan una línea divisoria en el cuadro: a este lado, se dibuja un idílico paseo amurallado que ofrece la epatante vista del puente nuevo –sus formidables arcos fundidos con las entrañas rocosas–, y al otro, descansan campos arados que se pierden en el horizonte.

La luz comenzó a menguar, marcándonos el retorno. Tirando de fuerza de voluntad, abandonamos el pueblo malacitano para, si está en la Hoja de Ruta, volver a visitarlo algún día.

La fuente de luz que se filtraba entre el mar de nubes acariciaba los campos. Ahora, Zahara de la Sierra, a lo lejos, lucía de cuento, trepando sus diminutas casas por el cerro hacia la cumbre del castillo. Se marchó el sol y se hizo la noche, una profunda y emocionante noche...

Llegados a la capital de Andalucía, paraguas en mano, nos deslizamos hasta un bar para relajarnos al calor de unas buenas tapitas. Llenos de matices nuevos, alcanzamos el catre, la patria de los ángeles...

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Sobre el Autor
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B. Rodríguez

Borja Campos Rodríguez es estudiante y escritor. Cursa Ciencias de la Familia en Universálitas BLC.