Sin nombre

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Sin nombre

Sin pensamiento, sin opinión, sin libertad: con miedo

Es profundamente dolorosa la profunda certeza de saber que hemos olvidado nuestro nombre, aquel que pronunció Dios para originarnos en la Tierra. No sabemos quienes somos, crecemos de una manera desmesurada, nos hacemos mayores, y nos convertimos en seres perdidos en un universo ilimitado que no encuentran el camino de vuelta a casa. Y nos dedicamos a gritar: a gritarle al mundo, a gritarnos entre nosotros y a gritarnos a nosotros mismos con odio, con miedo, sin esperanza. Ante ese vacío, ante esa ausencia de conocimiento personal, respondemos con violencia, creyendo que así nos relajamos, creyendo que así vamos a conseguir la seguridad que tanto ansiamos…: cuán equivocados estamos, porque, cuando así lo hacemos, algo muy fino se rompe en la débil línea de la vida, algo que rara vez podrá recomponerse.

Sin embargo, viven otros hombres en estos lares que distan enormemente de los anteriormente mencionados. Cierto es que aún no han dado del todo con el nombre que les define, aún no se conocen a sí mismos como debieran, pero tienen la virtud de soñar, de vivir ilusionados, de saberse niños, siempre comenzando. También andan en el universo en busca de su casa, pero no como los otros, sino como los peregrinos, sabiendo a dónde van. No son exiliados. A estos, los otros les llaman ilusos, soñadores, idiotas. Porque los otros quieren tener la seguridad material del tener, y éstos sólo aman la gloriosa profundidad del ser. 

Por último, y como si de una luz en un universo de tinieblas se tratara, habitan unos poquísimos hombres en este mundo que, a falta de otro calificativo mejor, les llamaré faros. Ellos han conocido su nombre, han escuchado a Dios, y viven como los puntos de referencia que hay en todas las costas, para que los demás no naufraguen en los acantilados rocosos. Pero algunas veces, unos cuantos impresentables se alían contra uno de estos e intentan destrozar toda su obra. Es en ese momento cuando ese hombre ha de elegir, y esperemos que elija no traicionarse a sí mismo, pues sin esas referencias los demás están abocados al fracaso.

En fin, aunque éstas sólo sean las memorias de un principio, al final todos veremos el tapiz por delante, y los miedicas, tibios y cobardes –que piensan que la vida es para cosechar bienes, sean de la clase que sean y con los medios que quieran– quedarán descubiertos, abandonados y totalmente olvidados, y sólo se oirá de ellos, durante una milésima de segundo, un grito ahogado que se perderá en el Universo.

Memorias de un principio, por David Luengo.

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Sobre el Autor
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David Luengo

David Luengo, director de www.losritmos.es, es historiador y grafólogo, escritor y filósofo, compositor y fotógrafo.