Satisfecho… pero Inconformista

Hoy he tenido la gracia de reencontrarme con Ángel –uno de los tres amigos con el que pasé muchos momentos de mi infancia y adolescencia–, y me ha devuelto la sonrisa, pues he comprendio, después de todo, que aún quedan maestros viviendo entre nosotros. Aún hay esperanza. A él está dedicado este escrito. Muchas gracias.

Vive un olor a esperanza en el hueco de cada mirada: aquel que surge cuando observas ilusionado cada detalle que la luz pinta al acariciarte la piel. Y en cada paso que decides dar –con el corazón puesto en ese descubrimiento– logra que te acerques, poco a poco, a tu propia libertad. Una vez allí, en el profundo lago de tu identidad, comienzas a saber que eres Dios, que el Universo se reinventa entre tus manos y que puedes hacer de él lo que quieras.

Y no porque te lo merezcas, o dejes de hacerlo, sino porque has sido creado, porque eres hijo: todo fue hecho por ti y en ti todo alcanzará su plenitud –contigo– o desaparecerá para siempre.

Qué bonita es tu sonrisa cuando la ofreces agradecido; qué tremenda es tu ternura cuando, con tus lágrimas, sanas el enorme desierto que levantaron los hacedores del miedo… Y qué paz habita en ti cuando jamás te rindes, cuando siempre resurges, cuando alcanzas en la belleza el antiguo –y siempre eterno– ritmo de la divinidad.

Todo lo puedes, pues siempre has sido amado y amante; todo lo puedes, pues en tu abrazo renacen cada uno de los sueños que poblarán el Mundo de ausencia de dolor y vacío.

Inconformista pero satisfecho…: por saberte hermoso, por no querer quedarte en un momento, sino abrazarlos todos para darlos a manos llenas. Como diría el poeta: siempre vivirás enamorado.

Ha sucedido: hoy es luz lo que ayer fue sombra y lo que hoy es tierra mañana será gloria. Hoy somos mundo, mañana un nombre más grabado en una piedra que grita libertad, que fue tejido a fuego en un altar. Fundidos en la línea azul del horizonte habremos ya aprendido a unir el mar y el cielo tan sólo con mirarnos, tan sólo con tocarnos, tan sólo con besar una a una las llagas que desde que nacimos fuimos coleccionando. Y sobre el manto fresco de la escarcha de los días podremos ser calor, amor y un susurro del viento. En ese día, cuando de nuestros nombres no quede ni el recuerdo, bajo la luz del silencio caminaremos, y sonreiremos juntos llegado ese momento, disfrutando siempre, pues siempre será eterno.

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