man and woman holding hands walking on seashore during sunrise

Amar a alguien significa decirle: «gracias por existir» (cfr. L. Suárez)

Cómo sopla. Cómo sopla el vientecillo de la incoherencia, del miedo y la ignorancia sobre las ideas ciertas acerca de la naturaleza humana en estos días…, y en tantos otros que ya pasaron. Qué adecuados pensamientos vienen a la piel cuando vemos que aún hoy día surgen hombres que —por amor a la verdad y al sentido común— siguen abrazando a las personas que pasan a su lado, e incluso salen a buscarlas, siendo auténticos dentrometidos.

Hace tiempo escuché la siguiente frase —ante una afirmación sobre lo excelente que era tener un montón de dinero—: “si uno tiene amigos ya es rico, y siempre lo será”. Todo mi ser sabe que eso es cierto, todo mi amor lo necesita, todo mi yo lo canta, lo aplaude y lo grita.

La amistad no iguala a las personas, sino que las diferencia, las quiere únicas e irrepetibles, absolutamente individuales, con sus más y sus menos, con sus valentías y sus miedos. La amistad hace personas, personaliza. Y aún así, aún sabiendo esto, curiosamente escucho a mi alrededor vociferios exigiendo la inexistencia de la amistad entre mujer y varón. Que me expliquen cómo podrían reconocerse los hombres como varones si no existieran las mujeres, y a la inversa.

Como dice Julián, la amistad entre varón y mujer les llama al pleno reconocimiento, es una llamada total y radical, que mueve el ser entero, no una parte, sino a todo. Y exige veracidad plena. De hecho, todo varón se ha traicionado del todo cuando ha traicionado a una mujer, y se ha degradado del todo cuando ha degradado a una mujer (y a la inversa). Pero no quiero hablar en “no”: cualquier hombre llega a ser plenamente hombre cuando ama a una mujer; cuando descubre una amiga se descubre a sí mismo, se sabe digno y capaz de cualquier bien, se entiende eterno. ¡Y a la inversa!

Aún continuo escuchando ciertas vocecillas que rumian negativas desesperanzadas, que alzan miradas esquivas y desorientadas y maledicentes.

El ser humano es uno: es el ser humano. Mas se manifiesta siempre en dos: varón y mujer. El Ser Humano es Dios… desde que Dios lo quiso, no es por decir, aunque bien lo diga. Esta es otra de las cosas contra la que oigo también insidiosas vocecillas, vientecillos de ignorancia recalcitrante y “salsarroseña”. Aunque haya muchos varones o mujeres, el ser humano es uno, somos Él… o deberíamos (aun sin dejar de ser yo y, especialmente, sin dejar de ser nosotros).

Cuando hablo de mí hablo de ti, y si de ti maldigo yo me voy a la mierda (perdón). No es por tocar…, pero alguna vez debemos ser sinceros, que la verdad es la verdad, y eres tú tanto como yo. Pero si tú eres mujer y yo varón, la verdad es, además, tú en mí y yo en ti.

Y no es que no se dé la amistad entre varones, o entre mujeres, de hecho se da y da gloria. Pero no personaliza de tal grado, no nos hace tan personas.
En fin, he querido escribir un poco (o musicar en palabras los ritmos que descubrí a lo largo de mi breve vida) sobre eso que tantos niegan y tantos destruyen, aquello que de tanto sentimiento puede volverse insípido y aburrido, y degradante al degradado: la amistad (entre varón y mujer) como el elemento que mantiene unido al ser humano (aunque se exprese en dos), y por ende, a la familia, a la sociedad y al mundo. Si no encontramos ese elemento acabaremos absolutamente infelices, pues es del todo imposible que con tantos dioses –hombres– en el mundo no se vaya todo por el desagüe.

Así es, queremos ser dioses –decidir qué es el bien y el mal–, y siéndolo nos destrozamos unos a otros; hemos de descubrir que, en el fondo, somos Dios, de la misma forma que Él es hombre, y siéndolo nos salvaremos. La amistad es ese elemento, es el elemento que nos hace descubrirnos, que nos une, que nos da esperanza, fe y el amor necesario para abrazarnos.

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