Y ahora… ¿me quieres?

Ignorar es una forma de matar pero sin ensuciarte las manos.

¿Qué es lo verdaderamente importante?, busco en mi interior la respuesta, y me es tan difícil de encontrar. Falsas ideas invaden mi mente, acostumbrada a enmascarar lo que no entiende, aturdida en un mundo de irreales ilusiones, donde la vanidad, el miedo, la riqueza, la violencia, el odio, la indiferencia, se convierten en adorados héroes, no me extraña que exista tanta confusión, tanta lejanía de todo, tanta desilusión!. Me preguntas cómo se puede ser feliz, cómo entre tanta mentira puede uno convivir, cada cual es quien se tiene que responder, aunque para mí, aquí, ahora y para siempre: Queda prohibido llorar sin aprender, levantarme un día sin saber qué hacer, tener miedo a mis recuerdos, sentirme sólo alguna vez. Queda prohibido no sonreír a los problemas, no luchar por lo que quiero, abandonarlo todo por tener miedo, no convertir en realidad mis sueños. Queda prohibido no demostrarte mi amor, hacer que pagues mis dudas y mi mal humor, inventarme cosas que nunca ocurrieron, recordarte sólo cuando no te tengo. Queda prohibido dejar a mis amigos, no intentar comprender lo que vivimos, llamarles sólo cuando los necesito, no ver que también nosotros somos distintos. Queda prohibido no ser yo ante la gente, fingir ante las personas que no me importan, hacerme el gracioso con tal de que me recuerden, olvidar a todos aquellos que me quieren. Queda prohibido no hacer las cosas por mí mismo, no creer en mi Dios y hallar mi destino, tener miedo a la vida y a sus castigos, no vivir cada día como si fuera un último suspiro. Queda prohibido echarte de menos sin alegrarme, odiar los momentos que me hicieron quererte, todo porque nuestros caminos han dejado de abrazarse, olvidar nuestro pasado y pagarlo con nuestro presente. Queda prohibido no intentar comprender a las personas, pensar que sus vidas valen más que la mía, no saber que cada uno tiene su camino y su dicha, sentir que con su falta el mundo se termina. Queda prohibido no crear mi historia, dejar de dar las gracias a mi familia por mi vida, no tener un momento para la gente que me necesita, no comprender que lo que la vida nos da, también nos lo quita.

Alfredo Cuervo

El penúltimo capítulo terminaba así: Dudo mucho de que los niños abortados por sus madres, si pudieran ponerse en pie, decidieran solucionar la cuestión matándolas a ellas…, más bien pienso que se acercarían con cariño, interés y algo de extrañeza para perdonarlas con una caricia, con un beso y con una pregunta… Y éste comienza ahí: Y ahora… ¿me quieres?

Casi siempre, en la mayor parte de la historia de los hombres, la verdadera riqueza han sido los hijos, además de una auténtica bendición que atribuían al beneplácito de los dioses. Desde que vivió en la tierra el Joven de Nazaret, los hijos son, además, don de Dios, regalo, nunca problema. Sin embargo, desde que comenzaron a surgir en la historia esos perfectos y ejemplares pensadores ilustrados, amantes de su voz, su palabra y su ombligo, los hijos ya no son algo por lo que merece la pena entregar la vida, y mucho menos si vienen con alguna tara –deformes, dicen–. Desde que dejamos de mirar al cielo para ver si encontrábamos a Dios, desde que dejamos de mirarnos entre nosotros –para ver qué era eso de haber sido creados a su imagen y semejanza–, desde que, como diría Nietzsche, destronamos a Dios y nos pusimos nosotros como dioses, curiosamente, se han producido más asesinatos que en el resto de los milenios anteriores, y eso que estamos hablando de unos 250 años, aproximadamente.

Cuando los hombres pierden sus raíces comienzan a matarse entre sí, y al final, venida toda su racionalidad a justificar su existencia esquelética y vacía, acaban fagocitando a sus propios hijos. El hombre –varón y mujer–, entonces, ya no estima al hombre, ha perdido el norte, e intenta justificar lo poco que le queda de conciencia utilizando argumentos sentimentaloides, que nada tienen de científico, y mucho menos de verdad, para aniquilarse mutuamente.

Cuando el hombre –varón y mujer– se pierde a sí mismo, cualquier logro que cree alcanzar, sea del tipo que sea –que siempre orbita en el tener–, sufre el mal que el sin sentido inserta en ello: la absoluta falta de belleza. Y el hombre se torna diablo –muy limpito, sí, muy arreglado, pero profundamente feo–. El que juega con la vida de los demás –bien sea quitándosela, o impidiéndole nacer, o maltratándole en cualquiera de sus posibles formas– se inhumaniza de tal forma que acaba dejando de ser humano, para ser satánico: al fin y al cabo uno se convierte en aquello que ama.

Produce una profunda lástima comprobar cómo tantos en este Mundo han decidido destrozar a las víctimas y convertir a los más inocentes en el blanco de sus odios, rencores, miedos e ignorancias. Pero, aún con eso, resulta emocionante comprobar cómo todas esas personas muertas –que dieron su sangre para irrigar estas tierras con su inocencia– siguen consiguiendo que haya bien en esta Tierra, y mucho mayor que el mal: porque siempre habrá más presencias que ausencias y porque, por mal que le pese a muchos, Dios sigue abrazando a sus hijos y susurrándoles al oído que su vida merece la pena, que siempre han sido, son y serán el auténtico Don contra el que chocarán los sembradores de la corrupción, del relativismo, de la mediocridad y de esta Edad de las Tinieblas.

Por eso la pregunta siempre será la misma: ¿ahora me quieres? De su respuesta dependerá siempre la justicia auténtica.

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