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En cada libro nos conocemos y nos amamos un poco más.

Libros: mares sin orillas, mundos inmensos, bosques, montañas, valles y cuevas, pueblos y ciudades, calles y plazas que esperan ser vividos, gozados, sentidos. La imaginación vuela por ellos descubriendo tantos rincones increíbles…, tanta sabiduría oculta entre sus hojas, tantos sentimientos vertidos en ellos que llevan nuestro corazón y nuestra mente hacia el profundo mundo interior de los hombres. En cada libro nos conocemos y nos amamos un poco más. Nos compartimos y nuestra creatividad se desborda por todos los poros del alma.

Y… ¿por qué –si aquello es así– leemos tan poco? Acaso sea porque vivimos en una sociedad tecnológicamente “avanzada”, o porque no tenemos tiempo en este mundo de velocidades absurdas, o porque no aguantamos ni sabemos vivir el silencio en esta tierra de ruidos –el silencio otorga–, o porque ya ni siquiera comprendemos las palabras que buscan relaciones en estos países de individualidades atroces, o porque estamos tan perdidos y nos conocemos tan poco que es imposible que nos escuchemos unos a otros.

Nuestros hijos tienen los ojos cosidos a ordenadores y televisores, no son capaces de disfrutar con palabras, sólo entienden imágenes. No son capaces de desarrollar su creatividad en juegos en común. Sólo juegan con la “play”, que ya se lo da hecho. Nuestros niños –como nosotros– lo han tenido todo desde que han nacido, les hemos negado el esfuerzo y, con él, la capacidad de desarrollarse por sí mismos de forma natural y continua. Nuestros niños –como nosotros– son débiles. Porque fuerte no es el que posee una cantidad ingente de cosas, sino el que sabe pensar, el que tiene cultura, el que sabe de su pasado, vive su presente y se proyecta hacia su futuro.

Ese es el fuerte: el que ha descubierto que su libertad merece la pena, que su dignidad no se compra, que su amor no se vende –se da generosamente sin pedir nada a cambio–. Ese es el fuerte: el que se arriesga a contactar con otros hombres, el que comparte su vida con sus semejantes aunque muchas veces le dejen tirado en el suelo como si fuera una colilla.

Quizá los libros sean trazos de vidas que esperan en la cuneta, como si de colillas se tratara, esperando que venga alguien necesitado de ellos –siempre existen necesitados porque siempre han existido hombres ombligo, desgraciados que se mueven entorno a un egocentrismo tan difuso como vomitivo.

No obstante, en algunos sectores de nuestra moribunda sociedad occidental se está redescubriendo el placer de la buena lectura; quizá así recuperemos las palabras que en otros tiempos nos llevaron a abrazarnos, a comprendernos, a escucharnos…; y podamos renacer, como el ave fénix, a un mundo más humano.

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