woman sitting while reading a book

Intimidad vs. Lectura

Una lectura serena, profunda, pausada, que desgrana cada palabra en nuestra alma, que converge con la intimidad del escritor, la respeta y la vive.

Pensaba cierto profesor que conocí, que debía decirlo todo. Y no faltaba más el respeto a sus alumnos porque se lo impedía su ignorancia. Ese hombre, poco sabía de lo que es la intimidad, el consejo apropiado cara a cara y, sobre todo, la grandeza de espíritu. En fin, los seres mezquinos crecen en todos los lugares.

La intimidad es ese espacio en el que uno es consigo mismo, pero ¿tiene sentido hablar hoy de intimidad cuando, miremos donde miremos, casi nadie respeta ese espacio o es respetado en él? La respuesta es sencilla: Sí. Precisamente por eso. Si no recuperamos nuestra intimidad, la intimidad con nuestros amigos, nuestra intimidad familiar, profesional…, etcétera, jamás llegaremos a entender que antes de dar algo hemos de haberlo cultivado nosotros.

Una forma de descubrir la importancia de nuestra intimidad es la práctica de la lectura. Una lectura serena, profunda, pausada, que desgrana cada palabra en nuestra alma, que converge con la intimidad del escritor, la respeta y la vive.

Es difícil conseguir eso en una sociedad con tantas imágenes, con modas que sólo duran un abrir y cerrar de ojos, con tanto ajetreo y tantas dudas. Una sociedad tan informada que es imposible digerir tales cantidades de información sin volverse loco. Difícil es encontrar el silencio en este Mundo en el que pasan nuestros días. Por eso es tan necesario un libro para dar el primer paso.

Un libro es como una puerta. Una puerta a otro mundo, el mundo de otro hombre. Nos acoge, nos lleva, nos susurra. Ya podemos ir en el tren o en el metro, en una avión o en un barco, en un auto bus o esperando en el coche, andando por las calles o sentados en un parque, en un centro comercial o en el rincón mas tranquilo de nuestra casa: el libro nos aísla, por un momento, y nos hace capaces de conseguir esa evasión del espacio y el tiempo cotidianos para llevarnos a un lugar distinto, que poco tiene que ver con la materia y mucho con el espíritu.

Lector y escritor se hacen cómplices en ese momento, se cuentan cosas, se escuchan. No hay gritos, ni discusiones absurdas, sólo amistad e imaginación, respeto y posibilidades.

Lo bueno de los libros, además, es que en cuanto los cierras acaban, y si los abres vuelven a empezar. No te asedian, ni te incomodan, ni se cuelan en tu intimidad, ni te arroyan… : son como una conversación: si es buena, sigues con ella, si no… la dejas.

Y de los libros al silencio, a la reflexión y al conocimiento propio sólo hay un paso. Ojalá queramos darlo.

Pensaba cierto profesor que debía decirlo todo…, y se equivocaba, porque en la intimidad de los demás sólo se cuela quien los demás quieren. Y el respeto es algo tan necesario como el aire y la buena lectura.

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