Del Coronel José María Sánchez de Toca y Catalá, infante, Doctor en Historia y una pluma formidable. Aquí está su discurso, como homenaje a la Fiel Infantería y humilde agradecimiento a la Inmaculada, su Patrona y, también, la de España.

INFANTERÍA es un soldado febril que exige un puesto de primera linea, le pegan tres tiros, pierde una mano y aún le quedan ganas de escribir El Quijote. Se llama Cervantes, pero también podrían contestar a lista como Alonso de Ercilla, Lope de Vega o Calderón.

Es también el Cabo que grita en la alambrada que tiren sobre él porque está rodeado; o el que se queda ciego de una explosión y, ciego y todo, destruye unos carros y rechaza el ataque.

El Sargento legionario que muere en el asalto, y viene a saberse en sus papeles que era Grande de España. O el Brigada que toma el mando de la Compañía batida y aplastada y la saca adelante. El Alférez que pierde los dos brazos, y sostiene la Bandera con los codos; o el Teniente que entra pistola en mano en una cueva a desalojar a un puñado de enemigos armados.

INFANTERÍA es un Capitán al que han dejado cojo de un cañonazo y prepara su Compañía para empresas divinas; el Comandante que acompaña a su General al destierro, aunque ni está obligado ni comparte sus ideas; o el que cuando recibe la orden de retirarse se queda con los oficiales a cubrir la retirada de los soldados y al final solicita: «Fuego sobre nosotros».

La INFANTERÍA es –perdonen la insistencia– el Teniente Coronel que en la alternativa entre el fusilamiento o dos ascensos se niega a traicionar a los suyos; o el Coronel que no se rinde aunque le fusilen al hijo. El General que planta cara al amo de Europa, o el que replica que la retirada es al cementerio.

Pero estos son la INFANTERÍA excepcional. Mejor aún, la INFANTERÍA que se crece cuando vienen mal dadas. Porque la vida cotidiana de la INFANTERÍA no es heroica; solamente cansada. A veces aburrida y casi nunca triste.

Lo normal es la fatiga, el frío, la mojadura, el sudor. Lo corriente, lo que marca el programa, es que le duelan hasta las botas; la garganta seca y el pulso disparándose en las sienes, un chorro entrecortado de fuego en los pulmones, surcos morados en los hombros. Dormir en la nieve o salir del avión al oscuro silencio del salto nocturno. Trepar interminablemente para volver a bajar hasta que tiemblen las rodillas. Tirarse al suelo sin resuello cada veinte metros. Acarrear una mochila inmensa y una ametralladora, una radio, o el tubo o la placa del mortero. Nunca se sabe qué es peor, si la placa o el tubo; hay opiniones.

Lo ordinario son las horas de guardia esperando que no pase nada, que es lo mejor que puede pasar. La sed. El hambre. Quedarse aterido o abrasarse, o ambas cosas a diferentes horas; y todo ello procurando sonreír y cantar. Y todo eso no agota lo que es la INFANTERÍA.

INFANTERÍA es tratar de hacer bien lo que hay que hacer, aceptando de entrada que puede salir mal, y asombrarse gozoso cuando sale bien. Es esforzarse sin pedir nada a cambio; si acaso un rato de vidilla, porque la INFANTERÍA es humilde hasta para pedir, por no darse importancia. Como el Gobernador de Filipinas que solicitaba razonablemente una Compañía de Infantería española para conquistar China, y no se la dieron porque no la había. Si no, quién sabe cuál sería hoy la mayor nación de habla española.

INFANTERÍA humilde y necesaria como el pan, que moja en todas las salsas y por Dios que no falte.

INFANTERÍA machacada y estrujada como uvas que se hacen vino alegre y suben a la garganta en palabras sencillas: «esto no es nada», «está hecho», «no importa» o «todavía aguanto».

Naturalmente, no nos engañemos, la INFANTERÍA reniega, pero sólo lo justo y para que quede claro que es humana.

La INFANTERÍA es mayormente andar, dormir en el suelo y compartirlo todo. Es haber entendido que se vive para los demás; que la vida es una larga marcha hasta llegar al salto de la muerte a la vida; y verlo bien y no tomarlo a la tremenda. Y es que hasta cierto punto (sólo hasta cierto punto, porque somos de barro y Ella es Inmaculada), la INFANTERÍA es como su Patrona; y ésta es afirmación que debe esclarecerse:

Probablemente la que dijo: «Hágase en mí según tu palabra» se mire en los que aceptan, obedecen y aguantan. La que arrancó de su Hijo, en un milagro antes de tiempo, seiscientos cuarenta litros de buen vino, es porque le gusta que se beba y se ría. La Hija predilecta del que a Sí mismo se llama Dios de los Ejércitos; a la que compararon a modo de piropo con un Ejército en orden de batalla, no puede ser indiferente a los soldados. La Madre de aquel Hijo andariego que dormía en el suelo y lo compartió todo, puede entender muy bien la vida del infante. Porque se ha de advertir que aunque es Madre de todos, que eso no se discute, hay indicios que apuntan a que la Inmaculada tiene predilecciones.

Un encuentro (no diré casual, porque no es fácil apreciar desde aquí lo que hacen ahí arriba); hubo un encuentro, digo, en una situación de vida o muerte en que la INFANTERÍA veía sólo muerte –una visión que aclara mucho el orden de valores y el verdadero sentido de las cosas. Un 7 de Diciembre de hace bastantes siglos, la INFANTERÍA tuvo que enterrarse en una isla sitiada por barcos enemigos; cada uno preparaba su tumba en la trinchera que excavaba cuando un soldado cualquiera encontró a la Purísima en el barro. Una imagen lozana como acabada de salir de las manos del artista; y al saberlo, los infantes recordaron el hecho de que la Virgen no abandona a los suyos.

Lo demás ya lo saben; fue el milagro de Empel, que dicen los católicos, o una desafortunada concurrencia de circunstancias insólitas, que dijo el enemigo.

Aquella noche heló y el 8 de Diciembre, el día de la Purísima, la flota huyó y la INFANTERÍA española, hambrienta y aterida, rompió el cerco en dos horas.

Por eso desde entonces, hay una larga historia de amor mutuo. Una historia de amor que hace cien años tuvo el refrendo de una Real Orden nombrándola Patrona oficialmente.

Una historia de amor fácil de contar:

Ella que mira siempre por nosotros.

Nosotros, que la llevamos siempre en la mochila de nuestro corazón.

José María Sánchez de Toca y Catalá

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