La niña de Huete

–Juanita Mochales Chacón–

Juanita vivía sonriente e ilusionada, como una niña. Tres dientes juntos en la fila de arriba componían la parte principal de su dentadura. A menudo, esas tres joyas asomaban conformando en su rostro una festiva sonora sonrisa. A la par, sus claros soles azules se abrían jubilosos aspergiendo una fuente de luz capaz de endulzar al más huraño. Poco hacía falta para que luciera esa mágica alegría: un saludo, un beso, una broma, un llamarla por su nombre, bastaban para que comenzara la sinfonía. 

Juanita provenía de Huete, concretamente de la pedanía de Moncalvillo de Huete. Su familia vivió del campo. Tenía una madre, un padre, algunos hermanos, unos pocos vecinos y tres burritas –la blanca, la negra y la rucia–. Esa sencillez y esa humanidad compusieron su infancia y la alimentaron hasta su vejez. Recordando cualquiera de esas realidades, Juanita elevaba sus ojos y viajaba placenteramente a través de su imaginación. Y empezaba a hablar como si estuviera allí, y te hacía partícipe de ese hogar, esos campos, esas labores, esas mesas compartidas…

Más de cien días tuve la dicha de acostarla en su cama, de subir con ella el último peldaño antes del descanso nocturno, de agradecer juntos el día…; más de mil geniales momentos vivimos en esos acostamientos. 

Hubo lugar también para el consuelo y el abrazo. A Juanita le pinchaba la soledad, no quería dormir sola, recordaba, nombrándole, a Lorenzo –su esposo–; algunas veces se enredaba en pensamientos, se sumergía en miedos, se angustiaba y… lloraba. Entonces, te acercabas, la mirabas a los ojos, la piropeabas, bromeabas con ganas, permanecías un rato a su lado y, la mayoría de las veces, se volvían sus lágrimas dulce rocío y se dibujaba milagro de niños en sus labios. 

¡Y cómo no recordar aquel gozo compartido!. Fue en torno al día de san Isidro, cuando en la residencia se organizó una verbena para los abuelos. En un momento, pude colarme en el festejo y se me hizo una señal para atender a Juanita, que estaba inquieta, deseaba intensamente algo… Me acerqué a ella y, con la cara prendida de ilusión, me pidió bailar. Normalmente, caminaba muy despacio y muy pronto se cansaba, sin embargo, entusiasmada por la alegría de la música, la viveza del ambiente y su pasión por el baile, Juanita bailaba y bailaba sin parar, agarrada a mi cintura, y yo agarrado a su sonrisa.

Un buen día marchó al hospital y nos dijeron que no volvería. Pasó cerca de un mes largo. Y, luminosa sorpresa, volvió: raquítica, sin apenas voz, sin belleza aparente, volvió la niña de Huete, volvió preciosa porque, más allá de la apariencia, late lo que es eterno: su bondad y su sonrisa, extenuada como estaba, brillaban con más fuerza y esplendor.

Llegó a salir de la enfermería, pasando algunas tardes en el salón. Su cara reflejaba sus dolores. Cuando no dormía o la tumbaba el agotamiento, sus muecas de padecimiento eran frecuentes. A pesar de ello, no dejamos juntos de triunfar: sentándome a su lado, la sonreía y le decía a bocajarro: “¡la niña de Huete, la niña de Huete!”, y, milagrosamente, brotaba su gran sonrisa, anunciadora de dichas sin fin. 

Volvió a la cama de la enfermería. Apenas aceptaba ya algunas cucharadas  de comida, pero sus ojos acogían a manos llenas la esperanza de mi mirada y sus oídos el calor de mis palabras, agradeciéndolos con los hilos de su voz. Cruzamos muchas miradas: ojos que se abrazan. Febril y reseca, con apenas medio punto de vista y medio aliento de vida, la cogí de la mano amoratada el penúltimo día y le susurré su Inminente Alegría: “¡ya llegamos, ya llegamos!”. 

Y, por fin: ¡arribó Juanita a Casa y fue acogida con vítores y palmas!. ¡Y vive ya una y fuerte y sonriente por siempre!.

Gracias, Juanita, por ofrecerme tantas veces, en medio de la brega, la frescura de tu sonrisa y el descanso de tu bondad.

Gracias por tu vida. 

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