Para escribir solo hacen falta 2 cosas.

Primero, silencio: ese largo y extendido callar de la soledad y de la intimidad. No es sólo que uno debe estar solo para escribir, sino que uno debe haber estado solo, callado, parado antes de empezar a hacerlo.

La palabra siempre coge más fuerza, pureza y calidad cuando ha sido callada, cuando ha estado quieta.

¿Quieres escribir bien? No escribas. ¿Quieres hablar bien? No hables. Ahí está el truco, al menos durante un primer momento.

¿Y en el silencio qué se hace? Nada, solo estar. Convivir llana y sencillamente con uno mismo. ¿Necesito palabras para romper la incomodidad de un silencio cuando hay amistad? No, pues, si hay confianza no hay incomodidad ni se le teme a la intimidad. Cierto es que a veces tememos más a nuestro propio interior que a ninguna otra, pero es un paso que tenemos que dar. 

Es curioso que el silencio desarrolla por completo su contrario: la expresividad. Cuanto más silencio hagas antes de escribir algo, más se concentrará la belleza y la verdad de lo que tengas que expresar.

Segundo, no escribas sino pinta: solo posa el lápiz, la pluma o el bolígrafo en la hoja y deja que lo lleve la palabra. El alma destilará su interior en el vaso vacío de tu página. Luego decidirás si era veneno, que de tus venas has vaciado pudiendo (por fin) desecharlo, o si es verdadera agua viva de la fuente que calma la sed eterna.

Si alguien quiere escribir, el secreto no está en pensar mucho sino en conectar mucho con nuestra alma para dejarnos guiar por aquello que quiere decir nuestro ser.

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