A Rocío R.

Un amigo que vive en las afueras de Madrid me pidió que averiguara sobre si había alguna edición en español de determinada obra de Cocteau. Acudí a una librería y me sorprendió que, a la persona que me atendía, no le sonara este escritor francés. De hecho, tuve que deletrearle el apellido, para que buscara la información que le pedía a través del ordenador. Me acordé de lo que me sucedió hace bastantes años en otra tienda madrileña, de una cadena ya desaparecida. Delante de mí, una señora pedía determinada obra de un escritor bastante conocido, el dependiente ignoraba título y autor y se dispuso a buscarlo, pero, como se demoraba, aproveché la espera para mirar en las estanterías, encontré el libro antes que él y se lo entregué.

Cuento estos dos sucesos anecdóticos, porque me parece que el trabajo de librero no es apto para cualquier vendedor. Un librero ha de amar los libros, ha de ser lector, ha de disfrutar con su trabajo, ha de ser una persona culta, porque es también asesor. Una librería no es una tienda más, es un lugar de encuentro, de conversación, de búsqueda pausada. Tenemos mucha prisa, somos impacientes, estamos muy ocupados, compramos a través de internet y nos traen a casa el objeto deseado… No dudo de las ventajas de este modo de proceder, pero, en el caso de los libros, no lo cambio por las visitas a librerías, donde puedo ver las novedades, comprobar la calidad de una edición, conversar con los libreros o con otros clientes, como me sucedió recientemente: una señora buscaba un libro para un nieto, le mostraron varios y un cliente, después de haber pedido disculpas por entrometerse en la conversación, elogió uno de los textos que le ofrecían, pronto nos unimos otros a la conversación y, en poco rato, se formó una tertulia maravillosa.

Hay excelentes relatos sobre experiencias de libreros, recomiendo tres: 84, Charing Cross Road de Helene Hanff (Anagrama), sobre el que, además, hay una excelente película; Mi maravillosa librería de Petra Hartlieb (Periférica) y La librería ambulante de Christopher Morley (Periférica).

Con este artículo, deseo agradecer a Rocío Ruiz –es probable que algunos lectores de «Los Ritmos…» la conozcáis– su magnífica labor en la madrileña librería «Neblí», en dos etapas, y, en un periodo intermedio, en «Diálogo libros» –un sueño roto por la testarudez de personas incultas–, ahora que se acaba de jubilar. Han sido más de cuarenta años de compartir momentos buenos y momentos difíciles, tantas conversaciones, presentaciones de libros y otros actos culturales, relacionados con la difícil aventura que supone sacar adelante una librería, por estos motivos no tengo más que palabras de gratitud y elogio por su trabajo bien hecho, por sus consejos… Estoy convencido de que habrá formado a buenos continuadores de su tarea, ojalá todos la valoren como se merece y podamos seguir su estela.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *