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¿Qué es la calle, sino el instrumento que te lleva de bar a bar? Anónimo ⎯espero algún día saber quién eres.

Aquellos fueron los años más curiosos de mi vida. La mayoría de mis amigos terminaban sus respectivas carreras, los demás ya tenían ⎯teníamos⎯ trabajo, aunque habría que matizar el significado que cada uno le daba a esta palabra. Comenzaban a despuntar relaciones de pareja que más tarde se consolidarían en algo más importante. La Tierra continuaba dando vueltas alrededor del sol. El progreso alcanzado en nuestro pequeño planeta era inaudito. Los hombres parecían más unidos contra la degeneración, la violencia y el egoísmo. El Mundo estaba algo más poblado y algo mejor aprovechado que en el anterior milenio. Y yo había descubierto, de una manera tangible, que el poder –como había ocurrido siempre– engendra secretos. Todo continuó un otoño, cuando el tiempo se vuelve húmedo dorado incierto.

Finales de septiembre, 199ypico, Madrid, España.

Serenata para un señor con sombrero

En otoño hay más señores con sombrero. Son los últimos de ellos, cada vez quedan menos. Los señores con sombrero son criaturas tranquilas y silenciosas; sólo si uno se fija bien puede verles andar muy despacito en el parque o rebuscar en las librerías de viejo.

Algunos señores con sombrero llevan bastón y levita negra, otros un periódico o una mirada triste. Los estudiosos dicen que estos últimos son los más numerosos y los de comportamiento más interesante.

Cuando uno ve a un señor con sombrero sabe que el otoño está próximo. Quizá todavía no hayan comenzado a caer las marrones hojas de los árboles, pero pronto lo harán. Entonces, entre los pequeños torbellinos que causa el viento, se podrán ver sus grises figuras moviéndose lentamente.

Algún poeta escribió que con los señores con sombrero llega la inspiración de la lírica, y que es entonces cuando se pueden escribir las palabras más tristes. Es muy cierto que los señores con sombrero llevan libros de versos en los bolsillos. A mediados de la estación es cuando las librerías reciben la esporádica visita de alguno de ellos.

Un tratadista famoso de mediados de siglo contaba que estos señores fueron en su juventud poetas, que cayeron en el olvido del otoño y en la soledad del viento del parque; pero lo cierto es que nunca llegó siquiera a hablar con uno de esos señores con sombrero.

Si preguntáis a los dueños de las librerías sólo podrán deciros que los señores con sombrero entran sin saber exactamente qué es lo que van a comprar, pero indefectiblemente adquieren algún volumen antiguo, y os contarán, también, que cuando salen del local con ellos desaparece el desagradable olor de la corrupción del papel, y es que los señores con sombrero huelen a papel mohoso y húmedo.

La gente normal no recuerda a los señores con sombrero, se borran de su memoria al instante, como si nunca hubiesen existido. Por eso es muy difícil seguir la pista a uno, y así, sólo se ha editado un libro sobre el comportamiento de los señores con sombrero.

Si veis un libro llamado “Serenata para un Señor con Sombrero” no dudéis en comprarlo. La mayoría de aquellos que rebuscan en los puestos de libros y se tropiezan con uno de estos, suelen apartarlo, sin curiosidad siquiera, para continuar ojeando los demás volúmenes.

Yo adquirí uno hace años y allí aprendí cómo reconocer sus figuras entre la niebla y recordar su presencia. Desde entonces, he visto a varios señores con sombrero, pero a ninguno tan cerca como al de ayer. Su rostro se pierde en mi memoria, pero si volviese a verlo le reconocería perfectamente.

Tomó un libro del puesto donde yo estaba, lo abrió por la primera página y unos instantes después lo cerró. Preguntó algo al tendero con una voz suave de celulosa y marchó al momento con el libro bajo el brazo. Durante todo ese tiempo, estuve mirando al hombre con una intensidad tal que podía considerarse de poca educación.

–¿Quien era? –pregunté al viejecillo que atendía el puesto.

–No lo sé –me contestó–, hace años me vendió este libro. Y me alcanzó un volumen destartalado; la cubierta había desaparecido, así como las primeras páginas. En la inicial de las que quedaban se podía leer un poema corto, y debajo, con letras manuscritas: “este libro está dedicado a todo aquel que alguna vez lo leyere. Cárcel de Utrera, 1936. W.K.”

–Lo escribió él –me aseguró el tendero.

Compré el libro, pero ninguno de sus caracteres impresos me reveló la identidad del autor, tampoco pude averiguar a quién correspondían esas iniciales. Desde ese día he vuelto ha ver muchos señores con sombrero, y a fijarme en sus rostros, pero siempre es en vano.

Anónimo –y repito, de nuevo, que quisiera saber quien eres.

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