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Anteriormente…

Estamos iniciando el tercer milenio, y el mundo se está vaciando de hombres: se está llenando de marionetas. Cada vez que abro la ventana y miro el exterior –lo otro, los otros– descubro un inmenso guiñol, triste y amargo, lleno de mi sangre y vacío de libertad, de bondad y de felicidad.

Los que estamos andando ahora hemos nacido en el Siglo de la Muerte. Nosotros hemos escapado a la Guadaña de la Parca, para andar sobre ciudades destrozadas, junto a conciencias manipuladas, mano a mano de los restos de los hombres que sobrevivieron al delirio.

¿Podemos hacer algo? No lo sé. Pero claro es que estamos de mierda hasta las orejas. Han destrozado toda nuestra vida. Nos llenan de gilipolleces y exterminan nuestra libertad, para dejarnos confundidos y olvidados en una estación abandonada. 

¡Hay que joderse! Quizá estaríamos mejor con el tío de la trompeta –como dice mi abuelo (te quiero, pibe)–, pero siempre ha habido lucha, posadas abiertas y ojos que abrazan: “te doy una canción y hago un discurso, y sigo hablando sobre ti…”.

I

Hace tiempo que vengo pensándolo: el diablo sigue rondándome y jodiéndome los pasos. Casi todo lo que intento se vuelve barro y se desparrama por doquier. Después de muchos de ellos he decidido parar. Ya no me moveré de aquí, de este interior en el que me hallo. Me pertenezco y, sobre todo, soy de Dios. Nada como la akénosis para llegar a la transformación total, a la katarsis plena. He vivido mucho tiempo con demasiadas maldiciones sobre mí: eso es lo que produzco, principalmente ansias. Soy como un imán para los vampiros…, y hay tantos seres personales con sed, absolutamente vacíos…, que intentan llenarse de mí.

Por eso he dejado de marchar, de buscar mi patria, de ir a contracorriente: he desaparecido. Quizás acurrucado en mis entrañas, notando el calor de mi propia sangre, pueda descubrir dónde yace la Palabra que libera al alma: esa promesa que nos dieron hace mucho y que aún no me ha llegado a mí…, supongo que, al fin y al cabo, no todos los hombres somos iguales, ni siquiera para Ella.

II

El dolor físico es una bendición cuando el alma yace agarrotada en el obsesivo espacio de un puño. Eso es lo que lleva a tantas personas asediadas anímicamente a golpearse, a hacerse daño… A mí no me duele nada, físicamente hablando, por eso no encuentro bendición en mi cuerpo, aunque siempre me ha enamorado profundamente el barro del que estoy hecho. Habita todo un Dios en mis entrañas, aunque aún no he descubierto de qué pasta es. Me comentan que es el amor lo que le hace estar despierto, atento a cualquier abrazo gratuito. Yo aún no he encontrado la respuesta a esa pregunta…: aún no sé vivir el amor.

Pero me encantan las cosas pequeñas, aquellas que se igualan a besos escondidos en el viento del otoño. Son las pequeñas piedrecillas que nos marcan el camino hacia uno mismo, y hacia el centro de todos los demás corazones. Me quedan tantos abrazos que aceptar… que aún no sé por dónde empezar a hacerlo. Quizá comience por esos besos que me quieren dar y de los cuales siempre huyo: son esos besos que no busco… pero que siempre he necesitado.

III

Algunas veces se me va la chola, embarcada en locuras delirantes repletas de pan y vino. Sin embargo, en otras ocasiones la noto hueca, como si mi capacidad de recordar hubiera pasado a mejor vida. Entonces respiro y dejo que el humo llene toda esa capacidad de asombro para volverla pirata y lanzarla a mares personales de vicio y sin razón. Es como pescar con mosca. Y, a la postre, después de haber querido sin barreras, casi sin discreción, te recuerdan, con un mustio en la jeta, que nunca habías tenido ni puta idea de todo lo que te odian. No se debe andar con tanta luz, porque vas provocando el despertar de toda la mierda que vive a tu alrededor.

En muchas primaveras pasadas he ido dándome cuenta de lo que significa morir: ese desgarro interior en donde las ilusiones son escupidas de tu barro por exceso de raciocinio y defecto de belleza. Es entonces cuando te vas volviendo feo. Algunos subnormales te dicen que has de desprenderte, que así vivirás mejor…: todo es falso, nunca fue desprendimiento, sino ausencia de las armas adecuadas con las que vencer en la batalla de la alegría.

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