“Quiero lograr que te levantes de la butaca, brindando al amanecer”, me espoleó el Canijo como colofón.

Esta mañana, la ración de vitaminas la recogimos en el Rincón de Murillo y la de amor en la Blanca. Rellenando los macutos, antes de abandonar la pensión, mi ángel guardián me puso en bandeja mis gafas de sol, perdidas durante un par de días.

Nos marchamos de la ciudad como llegamos: bebiéndonos la paz de Murillo, agradeciendo los tesoros encontrados en un banco de sus jardines.
Montados en el miniblack, emprendimos la vuelta a casa. Pronto tocábamos la lozanía de los campos, bien regados por las recientes lluvias. En el horizonte, se nos dibujaba un ilusionante apeadero, otra joya de Andalucía: Córdoba. A medida que nos acercábamos a ella, la panza con sus tambores nos indicó cual sería la primera parada del improvisado itinerario.

Entonces, me acordé de mi amiga María, cordobesa de raíz, y no dudé en llamarla y preguntarle dónde comería un cordobés en Córdoba. Gentilmente, me sugirió un abanico de nombres entre los que descolló claramente uno: Bodegas Campos.

Aparcamos, y fuimos directos al grano. La entrada, en la calle Lineros 32, parece una más de no ser por las letras que rezan en el dintel –BODEGAS CAMPOS– y que anuncian sin florituras lo que ofrece esta casa: autenticidad. Nada más cruzar la puerta, como en las mejores catarsis, comienzas a volar por un universo nuevo, en este caso, con un sabor tradicional, sincero, sugestivo. De su “sinfín de casas particulares, con sendos patios tradicionales”, comenzamos por conocer la taberna por la que se accede a los salones principales, en la que todo invita a disfrutar.

Bendita sería una próxima ocasión en la que pudiéramos “tabernear”, mas esta vez elegimos asentarnos en el ambiente del restaurante, un lugar… para besar: los arcos juegan con los ventanales acristalados, los riachuelos de sol con la luz de las lámparas y los faroles, los travesaños con las sillas, las paredes y puertas –frambuesa, blanco y verde– con la mantelería, los cuadros con los carteles de grandes ferias, unas hiedras colgantes con unas clivias flamantes, la buena acústica con el embeleso de los comensales… Todo está dispuesto para alcanzar el mejor placer: ese que aclara la mente y vigoriza el espíritu, descose la sonrisa y engrandece la vida.

Para empezar a paladear, maridando con unas rubias: PATÉ DE PERDIZ CON VELO DE PEDRO XIMÉNEZ Y POLVO DE ACEITE. Salvaje el sabor del ave, domado por el polvo de aceite y la dulzura del P. X., aderezado con la chispa de una picadita de almendras, pistacho y guindillas y acompañado con pan crujiente de naranja y pasas. Una receta sugerente y un resultado excelente.

Para seguir enloqueciendo: DADOS DE BACALAO FRITO CON MAHONESA DE AJO ASADO. Un volcán de ternura con lágrimas de sal y ajo, unas piezas cuidadas hasta la sutileza. Recuerdos de Babette, poder de abuelas.

El Mundo: atrás
El tiempo: ¿qué es eso?
El Cielo: todo

Y, ¡albricias!, llegó el famoso, el recomendado, el deseado: RABO DE TORO DESHUESADO CON CREMOSO DE PATATAS. La negra bestia hecha flor, bocado de niño, jugo celestial. Una cremosa piel de patata cubre cariñosamente la obra de arte. Salpicones de trigueros, ¿ajetes? y zanahoria al dente lucen sus mejores galas para adornar la maestra factura de este plato sin igual en el Mundo. ¡Todo corazón!. El Ribera del Duero de la casa despega el brillo con el que el manjar viste al paladar, para correr con más brío que nunca.

Siendo así de la cocina el querer, el postre se convierte en pertinente menester. Dos vasos de la piropeada agua de Córdoba precedieron a nuestras dos elecciones; el despiste se da en los mejores sitios.

Primera explosión: HELADO DE NARANJA AL ACEITE DE ARBEQUINA. La fuerza del cítrico zambullida en el dorado oloroso lago y mezclada con palmas de galleta y de Pedro Ximénez. Impresionante el impacto de texturas, seductora la unión de la naranja y el aceite. Esa realidad que brota donde se abraza de verdad y hace de un postre el summum del gozo. ¡El clímax!. ¡La eternidad del arte!. ¡El punto fantásticamente final!.

La guinda de la genialidad –de la casa la especialidad–: MILHOJA DE CREMA DE QUESO Y HELADO DE FRAMBUESA. Profundamente sensual –emociones en la piel–, elegante –el crepitar de la pasta filo, el punto perfecto, delicioso de la crema–, espectacular –con todas las gracias rojas: las moras, las grosellas y las frambuesas–. ¡Una diestra floresta de sabores!. La mejor milhoja que he probado: y no es un decir, es un arder, un latir.

Rafael –el maestro de sala– y todo su equipo nos sirvieron perfectamente, con profesionalidad y con humanidad. Debido al éxtasis alcanzado, olvidé preguntar el nombre de los magos invisibles que hacen de la cocina de esta casa un arte… para enamorarte y de la gloriosa gastronomía de Córdoba y de España un estandarte. De su exquisita despensa, escogí una botella de la perla de Arbequina y otra del Pedro Ximénez Viejo, un caldo superior.

Nos levantamos o, mejor dicho, alzamos el vuelo y conocimos algunas de las otras casas contiguas, pobladas de estancias –salones, patios, comedores– graciosamente dispuestas para compartir y festejar. En 1908, dio esta Casa sus primeros pasos dedicándose a la crianza de vinos de los pagos de Montilla y Moriles –en uno de los pasillos se pueden ver las orondas botas de roble–. Después de 80 años cuidando el buen beber, se lanzó a servir también el buen comer: ¡bravo triunfo!.

Un arder, un latir: parar en BODEGAS CAMPOS es vivir. Y si para gozar hemos nacido, aquí se vive para lo que se nace, y más libre, pues, tras la experiencia, uno se hace.

Con los dientes relucientes y el alma estirada, volvimos a la Tierra, a la tierra de Córdoba. Pasada la mezquita-catedral –pendiente de visitar–, nos salió al paso un chaval ofreciéndonos un recorrido por los patios de San Basilio y no dejamos pasar la oportunidad–en mayo, se abarrotan– de gozar anchamente esos poéticos recovecos. Qué pasión, qué trabajo bien hecho y qué perseverancia escondida en cada patio. ¡Qué sinfonía, qué deslumbrantes rincones, cien mil macetas coloreando corazones!.

El patio es el declive
por el cual se derrama
el cielo en la casa
Jorge Luis Borges

La andadura cordobesa resultó memorable. La andadura, por esos jirones de cielo, y la sentadura, en los Campos de la fruición.
En la calma de la carretera, entre los brazos de la primavera, llegó el momento propicio para abrir los frascos y oler las recientes mieles… Entramos en Madrid al caer la noche y aterrizamos en nuestras casas con una alegría nueva latiendo en el pecho y brillando en la cara.
Sevilla es una ciudad para recorrerla despacio, con todos los sentidos abiertos y el alma hambrienta. Sevilla es una ciudad para enamorarse…

Sevilla es adentrarse en sus placitas
y tumbarse en ellas

Sevilla es un bohemio deambular
por sus callejas soñadoras

Sevilla es paraíso y flor,
paleta y tarro

Sevilla es de naranjos vivos,
de azahar puro

Sevilla es sus balcones y sus rejas,
su libertad

Sevilla es sus clásicos faroles,
sus románticas luces

Sevilla es su gran plaza –la de España–
y su vergel –María Luisa

Sevilla es agua del Guadalquivir,
paz y palmeras

Sevilla es su faro del Oro

Sevilla es su catedral palpitante
y su Giralda triunfante

Sevilla es sus cruces bonitas
y su Crucificado:
todo sabe a Victoria

Sevilla es de la Más Guapa
–la Macarena, la de la Palma, la de la Estrella…–:
en su regazo está

Sevilla es la sonrisa y la belleza de sus mujeres,
el gracejo y la alegría de sus caballeros

Sevilla es salero, elegancia y buen gusto

Sevilla es castañuela y algazara

Sevilla es sus iglesias:
muchas y abiertas y acogedoras

Sevilla es de empedrado y tierra de oro

Sevilla es de alba, grana y albero,
de esperanza y azul

Sevilla es sus calesas y caballos impecables

Sevilla es niña y sorpresa,
dama y realeza

Sevilla es aire que despierta

Sevilla es solera y armonía

Sevilla es detalle y devoción

Sevilla es vida e ilusión

Sevilla es… alegría

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