En ciertas ocasiones, conversando –el arte donde se cuece lo mejor–, oyes hablar de algún lugar original que te espabila la ilusión, y no puedes por menos que, impelido por esos ecos sinceros, lanzarte a comprobar si en esa originalidad vive la verdad que la hace ser apetecible, además de apetitosa. 

El rincón en cuestión lo regentan unos jóvenes hermanos hondureños y abre sus persianas en el recodo que a la principal calle Real le ofrece la más serena Alejandro Alonso Pena –qué contraste el del patético apellido y el júbilo del inminente festín–. A través de una estrecha inapreciable escalera, arribas a las puertas de esta casa, cuya entraña, gracias a los amplios ventanales que abrigan los dos pisos, es luminosa, como lo es el espíritu de los albergueros: abierto cálido claro. Una vez dentro, no tarda en recibirte Héctor, el fetén anfitrión de esta familia: una de “esas caras que miran de frente, que no tienen temor a escuchar” –como cantan los Soneros de verdad–, que, aunque pretendan tapar con tiranos bozales, sonríen multiplicadamente por los ojos. La mirada y la palabra de Héctor te hablan del éxito mayor: saber que has hallado hogar. Después, sólo queda por averiguar si la brigada de los mandiles consigue llegar a esa altura con su arte, logra alcanzar el manjar. 

En mi primera visita –en la víspera de la fiesta del buddy Little–, supe que sí, que aquí la cocina es inquieta pasión universal –encuentras delicias latinoamericanas, más allá de Honduras, mediterráneas y orientales; y según va pasando el tiempo y van brotando las ideas, siguen cruzando fronteras–, que cada plato renueva el placer del anterior hasta la catarsis final, que cuando alzas el vuelo de la mesa lo haces más sano, más risueño, más libre, sabiendo que habiendo manos que obran así, no olvidaremos que somos hermanos. 

Paso ahora a bucear en las recetas de mi segunda visita –tan deleitosa como la primera–, porque las palabras del párrafo anterior se las puede llevar el viento, pero cuando las letras huelen, saben, alimentan… 

Para esperar a mi compadre e ir entrando en calor, mientras platico con Héctor, unos dados de queso curado de oveja bienacompañan a una dorada –novedosa para mí– combinación cereal, la Boston Lager de la familia Samuel Adams, un clásico en USA: buena fortuna la ovina y rico el caldo bostoniano, que viste estival ocaso anaranjado, huele a bosque y caramelo y sabe cítrico, dulce y tostado –en ese orden–, con espuma abundante y esponjosa y noble cuerpo.

En esa sonrisa espontánea que nace cuando la cerveza recoge el beso que el queso ha dejado en la boca, hace aparición el compay Miguelón: una de esas personas para las que el abrazo es primero. Y seguidamente, sale el puñal de la cocina, el genio en erupción: Noel. Y junto con Héctor, hacemos corro de cuatro en la mesa y la coloreamos: croquetas de la casa –prueba de fuego–, el taco de la tierra madre, el ceviche peruano y un arroz chaufa mixto.

Para comenzar a desahogar las fatigas cotidianas propias de todo hombre, se nos ofrece el collar de perlas con sus respectivas salsas –la de ají, la tártara y la de rocoto–: las de POLLO AL AJÍ: vivaces, gustosas, locuaces; las de BOLETUS CON AROMA DE TRUFA Y CEBOLLA CARAMELIZADA: avellana y golosina, beso y embeleso: ¡sorprendentes, hipnotizantes!; las de CALAMAR CON ALGA WAKAME: un profundo vuelo de mar; las de ROCOTO: ese sutil ingenio de hacer de dos leones –el chorizo y el rocoto– dos gorriones, una extraordinaria mezcla de fortaleza y delicadeza, ¡pura vitalidad!. Sobresaliente en el arte de la croqueta, en busca de la matrícula de honor. 

Al asombro y al piropo de las croquetas, le siguió el TACO “FLAUTA” HONDUREÑO: tortilla de maíz rellena de pollo, decorada con salsa rosa y mixto de vegetales, complementado por una salsa de tomate y queso y un encurtido de jalapeño. Crujiente y ligera la torta, tan suave como sabroso el meollo, llenando el paladar, sinceramente emocionante. “Un taco que destaca”.

Como sucede en los mejores sitios, como dice mi compay e come dice l’italiano, percibimos que el gozo va…: in crescendo!. Y la creatividad nos empuja a la alegría del cóctel: ¡la margarita de lima!, en su copa elegante, con su tajín chispeante –lima deshidratada, chiles y sal–. Evidentemente, el entusiasta baile de Nolle con la coctelera no puede sino dar lugar a una fusión espléndida, mesurada, digestiva, divertida. 

Se abrillantan más si cabe los ojos y más hormiguea la panza, porque es el momento de las palabras mayores, de uno de esos platos que, bien elaborados, resucitan a los “muertos”, el ceviche peruano: en esta ocasión, acompañada la corvina por el salmón, además del choclo y la canchita, y la cebolla roja; unos tostones–plátano macho frito– y unas hojas de lechuga decorando y, en el fondo, el jugo divino, la imprescindible leche de tigre. Al remover los ingredientes –acto fundamental, antes de hincar el diente–, cantan los apasionantes efluvios para aguzar el olfato, antes de que la frescura y la locura estallen juntas en la boca. Qué conjunción: la linda corvina, el ágil salmón, la crujiente canchita, el tierno choclo, la poderosa cebolla roja, el dulce plátano, el salvaje felino brebaje…, cada elemento regalando su esencia para una sola gloria. Combinado con la margarita, el placer se vuelve ¡selvático!. Y aliñado con el ají amarillo y el ají rocoto: ¡rocotonudo!. 

En pleno éxtasis, recibimos el último de los platos centrales: el arroz chaufa mixto, con pollo, ternera, cerdo y gambones. Con todo el sabor de la chicha, la sal del crustáceo y el aroma de la lima. Un plato sencillo, una amena guarnición propicia para zambullirla en el ceviche. 

Cuando las miradas ya sólo saben sonreír y las palabras ya sólo saben abrazar, la novedad del postre se hace notar: ayote estofado en miel de caña con helado de mandarina. La intensa dulzura de la unión de la cucurbitácea y el milagro de la abeja es aligerada por la cítrica alegría de la mandarina para una creación interesante, que se elabora tradicionalmente en Honduras en las fiestas grandes –la Semana Santa y la Navidad. 

Sólo las gentes sabias saben de la importancia de los detalles, y aquí así son, por eso, para aderezarnos la tertulia, nos convidan a un par de frascos de un sencillo trago triunfal –también típico de la patria y de otros lares americanos y también costumbre navideña–: el rompopo. En esta versión, se mecen, a fuego lento, el ron blanco, la leche y la canela, junto con la cáscara de la naranja. La guinda que invita al villancico –ro po pom pom, ro po pom pom…–, el cariño, la miel en los labios y la luz en los ojos necesaria para transformar el Mundo al caminar. 

Las gentes hondureñas son conocidas por su honradez y su brega. Comprobamos que en esta Casa, además de darse esas virtudes, se suma el coraje para llegar más allá: las sonrisas lucen estiradas, la bonhomía se respira y las ganas de hacer las cosas bien –y cada vez mejor– se palpan en cada detalle. Junto a Noel, prenden la candela Sara y Joel, y junto a Héctor mantiene la sala en orden y concierto Cindy. Estos son los nombres de las caras amables que protagonizan esta sincera bienvenida, este “pasen y vean, prueben, gocen y descansen”, esta experiencia maciza. 

Como termina la canción de los Soneros, hoy se celebró el encuentro de algunas almas que “siempre vivimos sonriendo”. 

¡Flipen en Takos Fritten!

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