Fase 7: amor y entrega

Llega la última fase con una pregunta que nos lanza con fuerza hacia la vida para abrazarla: ¿Qué puedes aportar al mundo?, ¿qué te pide la vida a ti? Aquí no hablamos ya de qué deseo hacer yo con mi vida, sino qué desea la vida de mí, es decir, qué es lo mejor que ahora puedo aportar. Esto puede suponer un último giro inesperado porque descubrimos que no todo se trata de nosotros: hay personas ahí fuera a las que podemos ayudar y eso merece muchísimo la pena.

A veces sentimos que no podemos aportar nada; si es así significa que no hemos entendido nada. No hemos descubierto el sentido de nuestra vida ni el valor extraordinario de la actitud personal: no conocemos nuestra grandeza. No hemos descubierto nuestro verdadero yo ni hemos entendido que nuestra mayor fortaleza ha nacido de una decisión personal: la decisión de querernos y querer a los demás. Tampoco hemos entendido que nuestro mundo cambia cuando cambiamos nosotros. Ni que la clave de todo está en aprender a enamorarnos.

Lo primero y lo mejor que podemos aportar al mundo es lo más profundo y personal que tenemos: nuestra actitud. Las personas extraordinarias lo son por su actitud, por su manera de ser. Las personas más impresionantes no lo son tanto por sus proyectos, su currículum, sus habilidades o capacidades, sino por su forma de estar en el mundo, su ejemplo, su cariño, su actitud ante la vida…, en resumidas cuentas, por su felicidad. Decía Bertolt Brecht que el regalo más grande que le puedes dar a alguien es el ejemplo de tu propia vida. Debemos revisar constantemente cómo es nuestra actitud ante las circunstancias y trabajar por mejorarla para ser siempre más libres, más inteligentes, más justos, más apasionados y ejemplares. El ejemplo es lo más contagioso que hay. ¿Tienes alegría? ¿Tienes paz? ¿Vives con entusiasmo? ¿Vives apasionadamente? ¿Vives enamorado?

El segundo aporte que podemos hacer es el cuidado de nuestras relaciones personales: cómo tratamos a nuestros seres queridos, familiares y amigos. Esto consiste básicamente en dedicarles cariño y tiempo. ¿Cuidas tus relaciones? ¿Eres buen amigo-padre-hermano…? ¿Cuanto llevo sin decirles «te quiero»? Subestimamos la importancia de expresar el amor; y no tiene porqué ser de palabra, también puede ser con el cario, el gesto, las obras o la mirada. Subestimamos la importancia del cariño, de la caricia y del abrazo. Como decía Julian Marías, la mayor expresión del amor no es el sexo sino la caricia. Subestimamos también el estar, es decir, el tiempo que le dedicamos a las personas, cuando es ahí donde se da la convivencia. Y no nos engañemos: lo mejor es tiempo de cantidad más que de calidad. Y, por último, subestimamos la importancia de otras cosas tan sencillas como la mirada: ¿Cómo miras a los demás? ¿Qué ves en ellos? Incluso: ¿Les miras a los ojos cuando te hablan? O más profundamente: ¿Qué ad-miras de ellos? ¿Te paras a pensar en cada uno de tus seres queridos…, en su vida, en cómo son, en cómo están, en lo que hacen? Es más: ¿Les dices lo que piensas de ellos?

El tercer aporte es nuestro trabajo y nuestra profesión: hacer bien nuestro trabajo y no dejar de mejorar e innovar en él, para beneficio de la propia empresa, de nuestros clientes y de la sociedad. Daré un matiz: no solo me refiero a nuestro trabajo profesional sino a todo trabajo o servicio que hagamos para los demás: servir a los demás, ser útiles. ¿Eres servicial? ¿Atiendes con cariño y profesionalidad? ¿Eres honrado en tu trabajo? ¿Mejoras, innovas, investigas mejores formas de hacerlo o te estancas y acomodas en lo de siempre?

El cuarto es el simple y sencillo amor al prójimo; tratar a los demás como te gustaría que te trataran a ti en su lugar: con empatía, respeto, bondad y generosidad. ¿Cómo tratas a tu vecino? ¿Te preocupas por tus compañeros de trabajo? ¿Qué piensas de la gente que ves por la calle? ¿Les juzgas o piensas bien de ellas?

Y el quinto es más extraordinario: la caridad. Con caridad me refiero a la entrega donal incondicional hacia los demás, empezando por los más necesitados: hacer obras de misericordia, ponerse al servicio, ponernos en el último lugar. ¿Consigues en algunos momentos amar a los demás más que a ti mismo? ¿Amas al que no puede devolverte el favor? ¿Amas gratuitamente? ¿Incluso al que no se lo merece? Esta es la mayor expresión del amor no obstante, para que pueda realizarse de forma sana, debe darse conforme se van cumpliendo los últimos 4 puntos: si no te amas a ti, si no amas a tus seres queridos, si no eres un buen profesional, si no amas a tu vecino…, es decir, si no haces lo fácil, ¿vas a amar a los pobres y a los más necesitados que están más alejados de ti que nadie y lo están pasando fatal? Es difícil. Se puede hacer, sobre todo en ocasiones puntuales, pero cuando nuestra vida es pobre no tenemos mucho que dar. Eso si, desde el primer momento en el que vamos creciendo personal y socialmente, podrán darse en nosotros pequeñas obras de caridad que enriquecerán a ambos: al que recibe y al que da. Estos actos sencillos de amor y generosidad, aunque son el último aporte, es el más valioso y el que da sentido a todo lo demás. La caridad mantiene vivo el calor de nuestra actitud. Consiste en actos que salen del corazón, son auténticos y espontáneos y nos mantienen enamorados.

Aquí termina nuestra serie sobre la terapia, sus faces y sus detalladas cuestiones para crecer, evolucionar y encarar toda crisis. Si a alguien le ha servido de algo, me daré por satisfecho. Pero en caso de necesidad, nunca dejen de consultar a un profesional, pues, si este es bueno y buen profesional, siempre merece la pena.

Seguimos caminando…

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