Fase 1: pararse a pensar

Para reflexionar sobre el problema en la consulta, me gusta el Método Socrático, es decir, enseñar a base de preguntas que suelo hacer al cliente u orientado ―no me gusta la palabra paciente porque victimiza―. Esta serie de preguntas simples guían la comprensión y a la vez sirven de evaluación personal.

Primero comienzo con un tranquilo ¿Cómo va todo?, para que me cuente su situación y los hechos importantes que le están pasando. Inmediatamente después le pregunto ¿Desde cuándo te pasa? Y comenzamos con una cuestión extensa: ¿Cuáles es la historia del problema? De aquí es fundamental que cuente todos los hechos importantes que rodean al problema o tengan algo que ver. Esto no solo se lo pido para conocer las circunstancias, sino, sobre todo, para que él las reconozca, las pronuncie en voz alta, las haga conscientes, las resuma y las entienda. Es lo que se llama en psicoterapia procesar la información, lo cual ayuda bastante a entender cualquier trauma. El efecto consecuente es que la persona empieza a percibir que narrar lo sucedido, contanlo todo de seguido y en detalle, produce un desahogo y serve para ordenar por fin sus ideas. Y la clave no siempre es la interpretación o el apoyo que nos dé el profesional ―que también―, sino, en gran medida, el hecho de expresarlo y, así, estructurarlo en nuestra mente. El solo hecho de pensar, expresar, sintetizar y ordenar la información ya es sanador. Los psicoterapeutas estamos cansados de decirlo… Además, el hecho de que te escuchen se siente como un acto de alivio y de aprecio humano muy valioso. Todos, en algún momento, necesitamos que nos escuchen atentamente, y que nos escuchen sin prisa, con el reloj boca abajo y el sonido del móvil apagado. Todos, en especial el que está pasando por una crisis dramática. Deberíamos aprender a escuchar; y, sobre todo, aprender a escucharnos a nosotros mismos: ese pararnos a pensar, pararnos a ver cómo estamos.

Por supuesto, seguido de escuchar su historia es automático el ¿Cómo estás? pregunta tan importante como la anterior para empatizar con la persona, para saber cómo se encuentra tras estos hechos (lo que nos desvela síntomas, secuelas, alteraciones que tratar) y, más allá, para que lo exprese y se haga consciente de ello en todos sus matices. Qué bueno sería si nos preguntásemos de vez en cuando a nosotros mismos ¿Cómo te va?, ¿Cómo estás? como haríamos con un amigo. Si lo hiciéramos, nos querríamos más, confiaríamos más en nosotros, seríamos más felices y, por consecuencia, tendríamos más energía para amar a los demás.

Después del ¿cómo estás? se hace otra pregunta más existencial: ¿y tú, dónde estás? Es como decir ¿dónde estás tú en medio de esa historia? Los problemas no son lo más importante, la clave de la terapia siempre está en la persona. Yo como terapeuta suelo decir: la clave de la terapia no está en mí sino en ti.

No debemos centrarnos solo en la historia del problema ―aunque suele ser lo primero que les preocupa y lo primero que te cuentan―, sino que siempre debemos partir de la personacontemplándola desde todas las partes de su vida: debemos conocer su situación, su ambiente, sus relaciones, sus deseos, sus capacidades y fortalezas, cómo ha sido su vida hasta el momento, etc. Solo así podrá la persona ubicarse a sí misma en medio de todo esto. Pues el primer paso para orientarse es ubicarse: ¿de dónde vengo? ¿dónde estoy? Por eso es vital preguntar sobre la historia personal: ¿Cuál es tu historia, más allá del problema? Yo, como orientador, casi siempre suelo pedir a quienes llegan a consulta que escriban una autobiografía: es tarea obligatoria para todo el que quiera conocerse a sí mismo y arrojar luz sobre su vida.

De esta manera, partiendo de la persona, podremos encontrar la respuesta a la pregunta más terapéutica, la que da más luz y más esperanza otorga: ¿Y tú, quién eres realmente? La persona que sabe quién es nunca enferma. Es cuando nos olvidamos de quienes somos cuando enfermamos y aparecen los miedos, las tristezas, el estrés y el vacío vital. Entonces comenzamos a hacer todo tipo de estupideces que solo llevan a complicarnos la vida incrementando la angustia y el caos vital.

El maltrato, el estrés, el hedonismo, la superficialidad o la enorme carencia de vida interior nos llevan a olvidarnos de nosotros mismos, a no saber definirnos y a perder toda referencia vital hasta sentirnos perdidos, confundidos y desbocados. Por otro lado, hay personas que se creen que ellas son el problema, que su identidad está ligada al problema y ese es el mayor error que pueden cometer. Ambas opciones son desastrosas.

Si no tienes ni idea de quién eres, es imposible que distingas qué no eres, qué vacíos tienes, qué te hace sufrir, qué sucede, por qué sucede, qué papel ocupas en esa historia… En ese caso, necesitarás un orientador y formador personal, un profesional del Desarrollo Personal en quién confíes mucho y que te guíe mientras te ayuda a conocerte para poder así encontrarte contigo mismo, entenderte y definirte. Solo esto te ayudará a ser feliz y a poder seguir tu camino.

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