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He leído recientemente, en una revista cultural prestigiosa, la entrevista del promotor de la publicación –un intelectual de renombre–, a un escritor destacado. En una de las primeras preguntas, el entrevistador afirma que la vida no tiene sentido. Por la respuesta, parece que el entrevistado da por buena la afirmación. Me parece que se trata de un a priori muy extendido en los ambientes culturales, intelectuales y mediáticos dominantes.

Me sorprende que personas tan inteligentes y cultas lo den por bueno sin más, porque, a poco que uno se detenga a pensar, resulta un tópico muy cuestionable. Que existimos y que la nuestra es una existencia dada es un hecho innegable, pero lo que se deduce de esto es más bien que si existimos será porque alguien lo ha querido y para algo, y no que la existencia carezca de sentido. El mismo obrar humano es un buen reflejo de esto, tenemos proyectos, tareas, somos creadores, etc.

La citada entrevista sigue con preguntas y respuestas interesantes, pero, al terminar la lectura, mientras paseaba por el centro de Madrid, pensé que, si de veras la vida no tiene sentido, tampoco lo tiene opinar sobre el bien y el mal, sobre la historia, sobre el presente o el futuro, ni lo tiene defender unas ideas o unos principios éticos como hacían ambos intelectuales, pues, de hecho, estaban opinando precisamente sobre el sentido. Por la misma razón, ¿por qué investigar?, ¿por qué la ciencia?, ¿por qué el arte?, ¿por qué el empeño del hombre por conocer las leyes por las que se rige el universo complejísimo en el que estamos, si no tiene sentido?, ¿por qué las preguntas sobre el bien y el mal, sobre lo justo y lo injusto…?

Me parece que el ateo hace un acto de fe mucho más irracional que el del que cree en Dios, porque sostiene que el universo complejísimo, del que sabemos aún muy poco, es fruto del azar. Además, esto nos avoca, tarde o temprano, a la desesperación, al pesimismo, al nihilismo, al cinismo, a quedar sometidos al más fuerte, o, en el mejor de los casos, a un estoicismo frío e inhumano que tampoco lleva a ninguna parte o, en un plano más superficial, a un carpe diem de telebasura, como puede observarse a menudo. Quizá vaya siendo hora de volver a plantear sin miedo las preguntas esenciales y de buscar respuestas esenciales.

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