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Esta vez queremos dar con un concepto –conceptualizando–, con una idea –idealizando–, con una grandeza –engrandeciendo–: esta vez queremos destrozar los actuales sistemas educativos y ofrecer una alternativa –revolucionando.

De vez en cuando nos inventamos palabras. Es lo que algunos llaman naming –parece ser que si le pones a algo su versión inglesa cobra importancia y seriedad, lo cual es una auténtica majadería: nada como nombrando–. Sin embargo, esta vez queremos dar con un concepto –conceptualizando–, con una idea –idealizando–, con una grandeza –engrandeciendo–: esta vez queremos destrozar los actuales sistemas educativos y ofrecer una alternativa –revolucionando.

Primero, ¿qué es eso de denominarlo educativo? La educación única y exclusivamente corresponde a los padres, y punto. Quien se quiera meter y, de hecho, se meta a educar a personas que no sea sus hijos están, por desgracia, corrompiendo la línea natural de crecimiento. Los padres educan, los demás formamos –eso en todo caso, porque la mayoría de las veces más bien deformamos–. La educación sólo se puede dar en un clima familiar, pero no en lo que ahora llaman familia, que parece que hoy en día cualquier grupo de entidades vivas pueden formar una familia… No. Nos referimos a lo que un hombre y una mujer construyen cuando se aman tanto que se comprometen para ser un sólo ser.

Partiendo, por lo tanto, de que nosotros no educamos, sino que formamos –o lo intentamos– es necesario acabar con el actual sistema de educación estatal o privado para conseguir formar de verdad y auténticamente a las personas. Un sistema que se basa en que un profesor entra en un aula, imparte una clase –mejor o peor–, y como el alumno es incapaz de recordar lo que se ha dicho le pone un examen, sabiendo que dos días después el alumno no recordará nada de nuevo…, es un sistema absolutamente absurdo. Luego les ponen una nota para que quede constancia de que pueden pasar a otra fase: prueba superada. Sin embargo, el hombre aprende haciendo, hablando, escribiendo, comunicando… y un no tan largo etcétera. Por eso proponemos un cambio, y lo hemos realizado.

Desde estos Ritmos, hemos iniciado un grupo de formación independiente, que surge de un concepto tan antiguo como los Sumerios y tan nuevo como como este Siglo, a saber: uno de los principales derechos que ostenta el ser humano es la autodeterminación, y para llegar a una autodeterminación adecuada es necesario conocer, mucho y bien. Por lo tanto, el conocimiento ha de darse para todos, ha de ser accesible a todos, y ha de realizarse en todos –no sólo en todas las personas sino también en todos los lugares: ha de ser universal–. De ahí llegamos a Universálitas.

No nos interesan los planes educativos estatales, eclesiásticos o sectarios. No queremos universidades o colegios, al menos no como están paridos a día de hoy. Queremos algo que sea libre, que busque la verdad y la encuentre, y que lo haga teniendo como método la belleza a través de tres realidades profundamente humanas: la lectura o arte de leer, la escritura o arte de escribir y la conversación u oratoria. Este grupo sigue la formación principalmente en línea, haciendo un buen uso de la nuevas tecnologías, aunque de vez en cuando formamos grupos de contacto para compartir experiencias (siempre en lugares comunes de interés), nosotros nos formamos en el mundo, no en salas asépticas, grises y monótonas. No contaremos con profesores ni con sofistas, sino con acompañantes (entrenadores), personas que por su pensamiento, por su cultura y por su compromiso son ejemplo de buena formación, de libertad y de búsqueda y contemplación de la belleza.

Buscamos un sistema que forme realmente, en el cual cada individuo pueda estudiar lo que sea de su interés, guiado y apoyado por auténticos profesionales y enamorados, que sepan quién es el hombre y cómo se accede a su grandeza. Buscamos un conocimiento universal, que no deseche ni menosprecie ningún tipo de conocimiento, ni de ubicación en dónde se pueda dar, porque queremos llegar a la verdad y no nos contentamos con la opinión o la ilusión.

Nos hemos hartado ya de imposiciones, ninguneamientos, vejaciones, autoritarismos de medio pelo, totalitarismos a la carta, y pseudointelectuales que creen saber muchísimo y no hacen otra cosa más que aplicar a sus enseñanzas un cansinismo agotador. El acceso a la verdad está muy lejos de todos estos pelagatos y mucho más cerca del hacer y de la belleza: del arte.

Así pues, quien quiera irrumpir en este nuevo siglo revolucionando algo que nadie se atreve a tocar pero sí a corromper cada día más que se una a la revolución, que se universalice.

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